aviso-oportuno.com.mx

Suscríbase por internet o llame al 5237-0800




José Antonio Crespo

Del triunfalismo al fatal derrotismo

Licenciatura en relaciones internacionales por El Colegio de México, Maestría en Sociología política y Doctorado en historia por la Univers ...

Más de José Antonio Crespo



ARTÍCULOS ANTERIORES


    Ver más artículos

    26 de agosto de 2004

    A don Víctor Urquidi
    EL nivel del deporte en cada país, dicen sociólogos y antropólogos, es en buena medida reflejo de lo que es ese país, de su nivel de desarrollo, de educación, de organización. En el caso mexicano habría que agregar también el nivel de corrupción, que nos cala los huesos institucionales aun en estos tiempos de voluntad democrática. Sabemos que eso más o menos tangible que hemos llamado idiosincrasia explica buena parte de la conducta de los países (o de la mayoría de sus habitantes), y que es resultado de su respectiva evolución histórica, política y cultural. Parte de la idiosincrasia mexicana ha sido pasar, pendularmente, de una actitud de extremo triunfalismo a un oscuro derrotismo. En un escrito de 1566 se afirmaba que "los novohispanos tienen entendido que ellos serán el corazón del mundo".

    Ya en la Independencia, por alguna extraña razón (tal vez porque éramos el "cuerno de la abundancia"), pensábamos que muy pronto seríamos una potencia mundial en todos los sentidos. Un entusiasta editorialista señalaba que el país había sido creado "para dar la ley a todo el mundo". No se podía decir en aquel entonces que teníamos complejos de inferioridad. "Todo eso prueba escribió Lucas Alamán la idea exageradísima que los mexicanos se hacían de la importancia de su país".

    Desde luego, tendríamos en breve tiempo también la capacidad militar para derrotar a quien se nos pusiera enfrente, a quien osara con su planta profanar nuestro suelo, como dice el Himno. Tras aplastar una rebelión en Zacatecas, en 1835, y con rumbo a hacer lo mismo en Texas, un general mexicano comentó a un testigo extranjero: "Vamos ahora a dar una buena lección a nuestros insolentes vecinos (los estadounidenses) y, en seguida, a la orgullosa Inglaterra". A lo que su interlocutor, socarronamente, preguntó: "¿Pensáis hacer algo también contra Francia y Rusia?". "Tal vez un poco más tarde respondió ufano el oficial mexicano, aunque hasta ahora no nos han dado motivos de queja". Y antes de la guerra de 1847, un diputado jalisciense auguraba: "No digo las fuerzas de Estados Unidos, sino las del mundo entero se estrellarán aquí".

    ¿De dónde surgía tal poderío militar? Según Santa Anna, no de haber enfrentado a las potencias mundiales, sino de nuestra larga experiencia en guerras civiles, motines y cuartelazos, que habían formado "un pueblo tan guerrero como paciente y eminentemente capaz de acción bajo todo estímulo de gloria".

    Por supuesto, tras las derrotas en Texas, de Veracruz en 1838, y sobre todo en la guerra contra Estados Unidos, los sueños de opio dieron lugar a un enorme derrotismo. Pasamos rápidamente de un polo anímico al otro. José María Iglesias, al conmemorar la Independencia, tras la guerra contra los estadounidenses, se quejaba amargamente: "La mayoría de la República es la que con justicia reporta el cargo de no haber hecho la guerra con el valor y la constancia que se requerían para nuestra salvación... el himno del triunfo se convierte en un gemido de lamentación".

    Este ciclo pendular del triunfalismo al derrotismo parece surgir una y otra vez en el ámbito deportivo, en cada copa mundial de futbol, en cada olimpiada. Cierto que el deporte no es la guerra, aunque sí es una simulación pacífica de ella. Las potencias económicas y sociales suelen convertirse en potencias deportivas.

    Y a la inversa, los países mediocres, desorganizados y poco creativos, arrojan pobres resultados en el deporte. En México los medios y patrocinadores tienen gran responsabilidad en ello hacemos crecer artificialmente las expectativas sobre nuestras posibilidades, antes de chocar nuevamente con la dura realidad del fracaso.

    En lo que hace al futbol, es una vieja y permanente historia que los comentaristas inflan a nuestros jugadores con fines mercadotécnicos y publicitarios, para ser desmentidos por una agria frustración nacional. Las Olimpiadas en Atenas son nueva muestra de ello. Lejos de mejorar nuestro desempeño deportivo, vamos de mal en peor.

    Del espíritu triunfalista no quedó exenta la máxima estrella deportiva, Ana Gabriela Guevara, al anticipar: "Mis rivales me verán desde atrás". Sí, todas menos una, Tonique Williams, de Bahamas. El 75% de los mexicanos creía que ganaría el oro. Vino después la medalla de plata de la ciclista Belem Guerrero (la mejor ciclista mexicana "del mundo", dijo algún comentarista), pero no se le han rendido, ni de lejos, los mismos honores que a Guevara.

    Así, ante el gran ridículo deportivo, el enrarecimiento político, el rezago económico y la decepción democrática, cabe recordar unas tristes coplas compuestas a la sombra de la derrota frente a Estados Unidos: "Para la guerra no somos. Para gobernar, no sabemos. Entonces, ¿para qué seremos?". Buena pregunta del bardo popular, que al parecer sigue sin cabal respuesta.

    cres5501@hotmail.com

    Profesor investigador del CIDE



    ARTÍCULO ANTERIOR
    Editorial EL UNIVERSAL Un Hoy No Circula más justo


    PUBLICIDAD.