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Editorial de EL UNIVERSAL

José López Portillo

Inspiración en el interés público, responsabilidad, búsqueda de la verdad, de permanente justicia y del cumplimiento de los derechos humano ...





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    18 de febrero de 2004

    AL irse el ex presidente José López Portillo se cierra un momento importante de la historia reciente del país. Tuvo la responsabilidad de presidir a México en una etapa de cambios tan acendrados que él mismo se definiría posteriormente como el último presidente de la Revolución Mexicana.

    Antes de entregar el poder a una generación de políticos más identificados con las nuevas corrientes de la ortodoxia financiera internacional, López Portillo ejerció el poder centralizado y vertical construido y sofisticado por los gobiernos emanados del movimiento revolucionario de 1910, preocupados por mantener estable la hegemonía de la élite gobernante en torno de la cual radicaba la unidad del partido oficial y el gobierno pero fieles al ideario de la Revolución que obligaba a responder a las necesidades sociales bajo un discurso netamente popular y a la defensa de la soberanía nacional.

    Es así que durante su gobierno se desarrolló una intensa agenda agraria y se consolidaron ambiciosos programas de desarrollo social, como el Sistema Alimentario Mexicano, que partía de la idea de abarcar al mayor número de mexicanos posible, aun cuando para ello hubiera que establecer una amplia red de subsidios económicos en múltiples aspectos de la vida nacional. Proteccionismo que se trasladó incluso al aparato productivo, vía la negativa de integrar al país al Acuerdo Mundial de Aranceles y Comercio (GATT), argumentando razones de soberanía comercial.

    En lo internacional México se identificó entonces con el gobierno de Cuba, apoyó al naciente gobierno sandinista de Nicaragua, defendió la soberanía panameña sobre su canal y reconoció estatus beligerante a la guerrilla salvadoreña. Se ayudó con petróleo barato a Latinoamérica impulsado por el sueño bolivariano.

    Durante su administración hizo convivir el discurso del populismo revolucionario con los vientos de cambio. A él correspondió emprender una reforma política trascendental para el país, por la cual la mayoría de las fuerzas políticas reales tuvieron expresión partidista, conjurando con ello buena parte de la inconformidad social heredada del conflicto del 68 y de la guerrilla de los años 70.

    También a él correspondió lidiar con muchos de los síntomas del debilitamiento del "milagro" económico de los años 60. Comenzó su sexenio con una histórica devaluación y lo terminó con otra fuerte turbulencia cambiaria. La esperanza que campeó en los años intermedios de su mandato fue la creciente riqueza petrolera que se desarrolló como nunca antes. Su final intento de respuesta a los problemas financieros pasó por la aplicación de una de las más radicales formas del ejercicio de gobierno a que la Constitución faculta a un presidente de la República: la nacionalización de la banca privada.

    José López Portillo fue un hombre de su tiempo. Fue, también, un gobernante de muchos errores. No obstante, ejerció el poder con las reglas escritas e implícitas que fueron pilares del régimen durante más de siete décadas, pero atisbó que el cambio era inevitable y que no reconocerlo traería más males al país que beneficios.

    Sólo la distancia histórica pondrá en su lugar exacto el valor de López Portillo dentro de los mandatarios mexicanos. Por lo pronto, no es posible cerrar los ojos a la realidad de que buena parte del país que hoy tenemos es producto de las decisiones que se fueron tomando durante esos años. El análisis serio de aquella administración es vital para entender el México que hay que retomar y todo aquello de lo que se debe prescindir.



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