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David Huerta

Historia sexenal de una palabra



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    21 de agosto de 2003


    HACE unos meses, en unas cápsulas muy bien hechas del desaparecido canal de televisión por cable encomendado al cómico Andrés Bustamante, vi y escuché a un mexicano muy modesto que se presentaba de esta manera: "Me llamo Fulano de Tal y soy macuarro; para que me entiendan: soy albañil". La impresión que recibí fue grande, pues toda mi vida había escuchado esa palabra "macuarro", como un insulto; ese señor la utilizaba con naturalidad para hablar de su oficio, y de ahí mi desconcierto.

    Pensé y sentí que en alguna forma dignificaba la palabra; espero que algo así ocurra con otras palabras como, por ejemplo "mecapalero", que se utiliza para describir a quienes usan muchas "groserías" en sus comunicaciones ("habla como un mecapalero", se dice con desprecio y un poco de alarma). Los mecapaleros son y han sido, desde hace siglos, los esforzados cargadores de nuestros mercados populares; el mecapal es esa cinta que se ciñen a la frente para ayudarse en sus arduas y fatigosas tareas.

    El destino de esas palabras y muchas otras, claro está sellado, como con un lacre infame, por una dosis muy alta de conciencia de clase; con esto quiero decir que las clases "superiores" echan mano de ellas para dirigirse con desprecio a las clases "inferiores" o para hablar de ellas.

    Entiendo bastante bien, creo, cuáles eran las intenciones electorales y políticas de Vicente Fox cuando, durante su campaña por la Presidencia de la República, empezó a utilizar un "lenguaje popular". Es otro asunto, que rebasa la intención de estas líneas y mis capacidades y conocimientos acerca de él, saber con certeza si él habla así en realidad, en sus comunicaciones cotidianas; no dudo que conozca ese lenguaje, pues creció en un rancho aunque él sea un ranchero rico. Es un hecho que su desparpajo verbal causó impresión en el electorado y aun puede o debe decirse que esa impresión fue buena (favorable, positiva), pues ganó en buena lid en los comicios de aquel ya lejano julio del año 2000.

    Cuando le tocó hablar de sus proyectos económicos de vasto alcance social, y del aumento en la calidad de vida que promoverían entre los mexicanos, Fox usó la palabra "changarros", rápidamente descrita, con un lenguaje dizque moderno, como "microempresas". Es muy posible que la perspectiva de tener un changarro propio si se votaba por él le haya acarreado algunos votos, o muchos. Ahora, a la mitad de su gestión sexenal, la palabra aquella, de fuertes acentos populares, ha sufrido una nueva transformación en la mente, no ya del electorado, sino de la población que padece el inmenso fracaso de los proyectos que sonaban tan maravillosamente durante la campaña electoral.

    La última intervención de Fox en que habló de los changarros, o mejor, aludió a ellos, ha sido desalentadora. En una larga época, anterior a la Presidencia encabezada por Fox, tener un changarro significaba vivir pobremente, sin demasiadas esperanzas de prosperidad; al principio de estos tres años se convirtió en una promesa de ascenso social y acaso de bonanza; en esta tercera etapa la del desencanto del proyecto foxista, que no ha pasado de meras intenciones, la gente ha vuelto a sentir el viejo significado de la palabra "changarro", con sus connotaciones de pobreza incurable. No exagero si digo que en el destino o historia sexenal de ese vocablo se cifra lo que hasta ahora ha sido la presidencia de Vicente Fox.

    Las cifras oficiales sobre el empleo y el desempleo, dadas a conocer hace poco, fueron un duro golpe al régimen, publicitario y político, si es posible distinguir en estos tiempos una cosa de la otra. La invitación o sugerencia presidencial de "autoemplearse" para salir de problemas no satisfizo a la población; le sonó a ésta como un casi desdeñoso "arréglenselas como puedan" (complementario o corolario del "¿Y yo por qué?"), aun cuando la intención del presidente era del sin duda diferente y él hubiese querido que sonara a algo así como esto: "Creen sus propias empresas, no importa que sean pequeñas al principio".

    Lo cierto es que aquellas palabras de Fox sonaron, en cambio, como toda una exhortación al crecimiento desmesurado de la economía informal, la de tantos changarros provisionales y tradicionales, en la que no se pagan impuestos ni se hacen trámites engorrosos. ¿Cómo le habrá caído esa declaración de su jefe al señor Francisco Gil Díaz, tan empeñado como está en su trabajo, desde su changarro de la Secretaría de Hacienda en evitar a toda costa la evasión fiscal?

    "Changarro" ha vuelto a sonar como antes. No muy bonito, por lo que quiere decir en un país en crisis: tabla de salvación para apenas irla pasando. Atrás quedaron el mundo de las prometedoras microempresas y los deseos de "hacerla" en este mundo cruel y en este país tan complicado.

    El lenguaje popular le funcionó a Vicente Fox cuando estaba en campaña; pero con la Presidencia de la República a su cargo, las transformaciones han sido tremendas. Este es, sí, el gobierno "del cambio": el cambio que padeció su proyecto entre la campaña optimista y el ejercicio atolondrado del poder.

    A menos, claro, de que el desdén que la población mexicana sintió cuando su presidente la invitó a autoemplearse sea auténtico. A menos de que lo que le suceda a las mayorías no le interese al jefe máximo del Poder Ejecutivo, vieja sospecha o certeza que tuvimos y tenemos quienes no votamos por él en el año 2000. A menos de que Vicente Fox ejerza el poder no de manera atolondrada, sino con las muy claras intenciones de favorecer a los que tienen superchangarros o macroempresas, mientras a los demás se los llevan los mil demonios de la zozobra laboral, la apretura de la economía doméstica, el agobio insaciable de quienes no vislumbran un futuro aceptable o alentador por ningún lado, y menos que nada en la conducta del gobierno.



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