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José Antonio Crespo

Miguel Hidalgo:

Licenciatura en relaciones internacionales por El Colegio de México, Maestría en Sociología política y Doctorado en historia por la Univers ...

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    08 de mayo de 2003

    historia y democracia
    EL DÍA DE HOY habrá un acto conmemorativo en Guanajuato, del 250 natalicio de Miguel Hidalgo y Costilla, considerado oficialmente Padre de la Patria. Motivo para preguntar una vez más si la historia oficial en una democracia debiera preservar las mismas pautas que siguió durante un régimen autoritario.

    Muchos responderán simplemente que sí, que la historia oficial no tiene por qué cambiar cuando un régimen autoritario es sustituido por otro democrático. La historia oficial en cualquier régimen dicen debe fomentar en los niños un espíritu patriótico, amor y orgullo por la Patria, sin importar que para ello haya que deformar un tanto o un mucho la veracidad histórica.

    Por ejemplo, en 1861, Guillermo Prieto consideraba a los inmaculados héroes que pinta la historia oficial como "Instrumentos con que la Providencia realiza sus grandes designios". Por otra parte, afirmaba Napoleón que la historia es "una sencilla fábula que todos hemos aceptado", y recomendaba su manipulación ideológica y política: "El deber de la escuela es enseñar el catolicismo, la fidelidad hacia el emperador y producir ciudadanos consagrados hacia el Estado, la Iglesia y la familia". Pero eso supone mentir a los escolares en no pequeña medida, y de manera deliberada, lo cual no estará mal visto en un régimen autoritario, al fin sustentado en grandes mentiras oficiales. Habría que preguntarse si eso es lo más adecuado para la formación de ciudadanos en una democracia, es decir, con algún sentido crítico, capaces de manejar información fidedigna aunque no sea agradable y con tan amplio criterio como sea posible. Difícilmente esos propósitos serán resultado de una historia oficiosa como la que se sigue enseñando en nuestras aulas.

    ¿Acaso no tienen derecho los ciudadanos a conocer en algún momento una visión histórica más aproximada a la realidad en lugar de quedarse con una visión idílica del pasado que en nada ayuda a comprender el presente? El gran educador revolucionario, José Vasconcelos, advertía: "Vale más no tener ídolos que tenerlos falsos". Gran paradoja, dada la gran cantidad de ídolos falsos que produjo la educación posrevolucionaria. Y el ilustre historiador Luis González y González opina: "No es cierto que se desmejore el patriotismo por hablar de las podridas de los héroes. Es falso que la mentira piadosa sobre los próceres ayude a ser mejor ciudadano de un país". En cambio, dice Cicerón: "No saber lo que (realmente) ha ocurrido antes de nosotros, es como seguir siendo niños". Así, una democracia tendría que revisar la historia que se imparte en las aulas, no para sustituir unos héroes por otros, sino para aproximar la enseñanza histórica a la realidad, dando a los futuros ciudadanos elementos de juicio que les forme un criterio compatible con el ejercicio crítico de la acción democrática.

    Veamos el ejemplo del festejado de este día. La imagen de Miguel Hidalgo y Costilla transmitida en las aulas tiene poco que ver con el Hidalgo de carne y hueso, el que en realidad existió. Hay incluso una distorsión en su imagen física. Dice el historiador José Manuel Villalpando que el pintor del lienzo original de Hidalgo que aparece solemne y con sotana oscura se inspiró en el hermano del cura de Dolores. En cambio, un contemporáneo del jefe insurgente lo describe así: "Hidalgo vestía media bota, pantalón morado, banda azul, chaleco encarnado, casaca verde, vuelta y collarín negro, pañuelo pajizo al cuello, turbante con plumaje de todos los colores, menos el blanco". Nada qué ver con su estampa oficial.

    Más allá de su atuendo, Miguel Hidalgo y Costilla no fue precisamente el escrupuloso idealista que cree la mayoría de los mexicanos; alentó en sus huestes el despojo a las ciudades que tomaba (Guanajuato es el ejemplo clásico) y, peor aun, decidió el asesinato nocturno de numerosos civiles españoles incluidos niños y mujeres al desconocer cualquier salvoconducto que se les hubiera expedido. Narra José María Luis Mora: "Hidalgo, siempre prevenido contra los españoles y poco dispuesto a hacerles justicia, no necesitaba tanto para perseguirlos; así es que... resolvió deshacerse de todos... fueron condenados a morir todos los que se hallaban presos... no por un acto público, sino por una resolución privada de Hidalgo". Crímenes de lesa humanidad que hoy en día serían dignos de ser denunciados ante la Corte Penal Internacional.

    Tan fue así, que la esposa de Mariano Abasolo exhortaba a su marido a abandonar la causa del cura: "Con semejantes iniquidades de degollar a sangre fría a muchos inocentes, ¿cómo Dios ha de proteger?". Tan fue así, que Ignacio Allende exploró con otros jefes insurgentes la posibilidad de deshacerse del sanguinario cura, envenenándolo. No lo hizo, pero lo puso bajo virtual arresto, aunque cuidando que las huestes insurgentes no se percataran de tan vergonzoso cautiverio. Recuerda al respecto el historiador Jean Meyer: "A Hidalgo no le quedaba más que la apariencia del poder... De tal manera que lo hacían parecer como principal cabeza y lo tenían por parapeto, cuando viajaba en calidad de rehén (de los propios insurgentes)". Vale, pues, insistir en la pregunta; ¿conviene en una democracia formar ciudadanos engañados desde pequeños, cuando muy pocos de ellos tendrán oportunidad de desengañarse cuando sean adultos (básicamente, los historiadores profesionales y uno que otro aficionado)? ¿Conviene fomentar el patriotismo a partir de falsificaciones, al costo de minar la conciencia crítica de los ciudadanos? ¿Eso es propio de una educación cívica para la democracia? No lo creo.

    cres5501@hotmail.com



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