Benito Juárez

Carlos Monsiváis es ante todo un hombre observador. Escritor que toma el fenómeno social, cultural, popular o literario, y que, con rápido b ...
Más de Carlos Monsiváis23 de marzo de 2003
¿En qué sentido es nuestro contemporáneo? Su mensaje y su obra corresponden al ámbito convulso que impulsa la secularización, y su grandeza llega hasta nosotros no por el cúmulo de calles y avenidas con su nombre, sino por ser tan determinante en la ruptura de la cerrazón mental de una sociedad. ¿Qué significa desconocer, negar, odiar, repudiar a Juárez en 2003? Demasiado al mismo tiempo: - Profesar el anacronismo que es garantía de ignorancia y de amor al pensamiento único y mínimo. (¡Ah, esas consignas de "Juárez se arrepintió al morir de su pacto con el diablo"!) - Favorecer devotamente la ley del más fuerte (aplaudir por ejemplo al país poderoso que invade y destruye al país débil). - Santificar el prejuicio (exigir educación religiosa en las escuelas públicas, admitir hoy a través del silencio y el desdén la persecución por motivos de creencias, etcétera). - Ignorar la Historia, no la deidad de los pueblos sino el ordenamiento sencillo de hechos y de resonancias de los hechos. - Imaginar el regreso de la sociedad a "la Edad de Oro del sometimiento a la autoridad emanada de Dios" (con todo y certificado de origen). No ha ido muy lejos el antijuarismo de los albores del siglo XXI. Se ha visto a un Presidente de la República rechazar férvidamente a don Benito ("Quítenme de allí ese retrato"), prometerle al clero católico la vuelta al poder, besar el anillo de otro jefe de Estado y arrodillarse ante él, rezar escénicamente ante cámaras en un acto oficial en Los Pinos. De manera opuesta, ese mismo gobernante ha discrepado con justicia y razones de la movilización de guerra que violenta a fondo el derecho internacional y se dirige al exterminio de un pueblo que no es responsable del tirano atroz que lo gobierna. En primera y última instancia, Vicente Fox aprovecha el legado de Juárez: el respeto al derecho ajeno es la paz. De muchísimas maneras, el retrato de don Benito continúa en Los Pinos. Se admita o no, los grandes líderes son parte de la autobiografía de sus connacionales, partícipes a fondo de las instituciones, los mitos, las leyes. De allí la importancia de la lectura de sus trayectorias (Juárez fue muy autoritario; Sarmiento fue racista), porque ningún sentido tienen las canonizaciones laicas y los grandes errores no disminuyen las aportaciones extraordinarias. * * * Juárez en su tiempo. El efecto de la actitud y del pensamiento de los liberales de la Reforma, esa generación irrepetible y portentosa, se filtra en la vinculación de las personas con sus libertades. "Y no se piense tanto en cuánto nos falta para la gran democracia, sino en todo lo que no tendríamos sin ellos". Véase una reflexión de Juárez en sus "Apuntes para mis hijos", cuando evoca su enfrentamiento con los canónigos de Oaxaca, irritadísimos por la ley de administración de justicia de 1855. Para ellos el gobernador Juárez es un hereje y un excomulgado, y proyectan no recibirlo cuando, en atención a la costumbre, asista al Te Deum en Catedral. Don Benito considera el uso legal de la fuerza y se decide por otro camino: ?resolví, sin embargo, omitir la asistencia al Te Deum, no por temor a los canónigos, sino por la convicción de que los gobernantes de la sociedad civil no deben asistir como tales a ninguna ceremonia eclesiástica, si bien como hombres pueden ir a los templos a practicar los actos de devoción que su religión les dicte. Los gobiernos civiles no deben tener religión porque siendo su deber proteger imparcialmente la libertad que los gobernados tienen de seguir y practicar la religión que gusten adoptar, no llenarían fielmente ese deber si fueran sectarios de alguna. Este suceso fue para mí muy plausible para reformar la mala costumbre que había de que los gobernantes asistiesen hasta a las procesiones y aún a las profesiones de monjas perdiendo el tiempo que debían emplear en trabajos útiles a la sociedad. Por alguna extraña asociación de ideas, recordé lo anterior ante una noticia: el gobernador de Nuevo León invita y asiste a una misa en favor de la paz. La causa es noble, no lo es tanto el olvido de las leyes o, lo más seguro, su perfecto desconocimiento. * * * Juárez en su tiempo. Las Leyes de Reforma le abren el espacio a la mentalidad moderna, no tanto el privilegio de unos cuantos sino el derecho de educarse seguido de la existencia de alternativas. Una de las ventajas de situar a Juárez en sus circunstancias es el comprender la cuantía de sus hazañas al lado de sus imposibilidades y limitaciones. Juárez y el sector liberal en torno suyo resisten la furia eclesiástica (las excomuniones son los misiles de la época), dos poderosas intervenciones extranjeras, el odio de los "aristócratas" que se diga lo que se diga (y sus descendientes lo han probado) ya sueñan en la portada de la revista Hola , la malignidad de los conservadores con su "Religión y Fueros", a las redes de bandolerismo, las divisiones internas, la pobreza del erario. Y la energía, la generosidad social, el impulso crítico y la lucidez de estos liberales crean las bases de la nación comunicada desde el principio con el exterior por la cultura y la racionalidad. Juárez en su tiempo. Para entender al indígena zapoteca, fuera de la magnífica serie de Francisco Toledo, que moderniza al personaje y jubila las versiones marmóreas, hay que situarlo bajo el acoso, los insultos, las persecuciones, las difamaciones. A su yerno Pedro Santacilia le escribe don Benito el 6 de abril de 1865: "No hay más arbitrio, por lo visto, que seguir la lucha con la que tenemos, con la que podemos y hasta donde podamos. Este es nuestro deber; el tiempo y la constancia nos ayudarán. Adelante y no hay que desmayar". El tiempo y la constancia le han dado la razón y no deja de ser curioso entender ahora, bajo una luz inesperada, buen número de sus pensamientos y causas. Ahora, el atraso de los descendientes de aquella derecha lleva al alegato belicista más lamentable que se conoce: "Los principios son para principiantes" (y entonces, es de preverse que los fines se guarden en las grandes cuentas bancarias). Y en su tiempo, Juárez es menos de bronce y menos impasible de lo que se supone. A Pedro Santacilia, en Saltillo con su familia, le escribe el 12 de diciembre de 1863: "Mucho celebro que mi querido Pepe siga bien con ese clima. Así se robustecerá y se desarrollarán mejor sus potencias intelectuales por aquello de mens sana in corpore sano . Le encargo a usted cuide mucho de que ni él ni sus hermanas se impregnen de las preocupaciones que produzcan las prácticas supersticiosas de esas pobres personas. Me alegro que las muchachas bailen, lo que les hace más provecho que rezar y darse golpes de pecho". Juárez en su tiempo. Y en el nuestro, nos movemos mucho más libremente gracias a él y los liberales de la Reforma. En esto Carlyle tiene razón: "La historia es la esencia de innumerables biografías". En el caso de México, la de Juárez en forma destacadísima.
¿QUÉ SIGNIFICA ser juarista en 2003? Una operación de lealtad a un pasado liberador, un homenaje al heroísmo intelectual, civil y militar que creó el proyecto nacional, y no mucho más. Como todo gran líder, Benito Juárez corresponde intensamente a la Reforma liberal, y a sus logros excepcionales, y no es muy productivo extraerlo de su época. Fue un visionario pero ante todo es el mayor estadista mexicano del siglo XIX, el que sintetiza la lucha por hacer surgir del caos a las instituciones posibles y deseables, y el aprendizaje de la civilización a través del enfrentamiento a la intolerancia.


