Del cultivo del alma en los embotellamientos

Carlos Monsiváis es ante todo un hombre observador. Escritor que toma el fenómeno social, cultural, popular o literario, y que, con rápido b ...
Más de Carlos Monsiváis01 de diciembre de 2002
EL FIN DE LA CIUDAD no está muy cerca, pero se vislumbra, lo queramos o no, a diario, y ese anticipo de la fase terminal es el costo que todos pagamos por no deshabitarla y, a contrario sensu , es también el atractivo principal de la megalópolis. Si se quiere reducir el hecho a su expresión más absurda, y tal vez por eso más reveladora, valórese el uso doméstico del fin, del ya-nunca-másel-día-siguiente. Las quejas y las protestas son rituales, y nada anima tanto la sobremesa como la convocatoria del acabóse, pero todos retienen ambiciones y sueños en torno del porvenir de los hijos. Y la diferencia con otras generaciones es muy precisa: los proyectos surgen a sabiendas de esa agonía urbana que se expresa en las maldiciones por los embotellamientos, y en las enfermedades de las vías respiratorias, y en el miedo a los asaltos, y en el terror de ya no disponer de esa maldita especie en vías de extinción, el empleo. El fin de la ciudad es el fantasma que sojuzga las vivencias urbanas, y es la alegría secreta de estar aquí antes de que ocurriera. Premoniciones: "Y en un día como éste, serán tantos los asaltados que faltarán asaltantes, y el oficio del despojo se extinguirá ante la abundancia de la oferta (los asaltables) y la escasez de la demanda (los asaltantes)" ¡Ah, ciudad! Así que la delincuencia no te deja salir solo en las noches... El protocolo no varía, y la novedad es la eliminación de la frase explicativa: "Esto es un asalto". ¿Qué más va a ser si el individuo o los individuos amagan con revólveres, y si el hecho es tan común que incluso los nunca antes despojados están seguros de haber vivido ya la experiencia? Impera en la ciudad de México una sensación onerosa: aquí a nadie lo asaltan por vez primera, de tanto oír o leer al respecto ya a todos nos han capturado en un taxi, o al abrir la puerta de su garage, o en la calle a cualquier hora, o en el restaurante, o en su negocio, o en el salón de belleza, en la combi, o en el Metro, o al salir del Banco, o en donde quiera que ustedes gusten y ellos atraquen. En materia de asaltos no existe el día menos pensado . Con los dones anticipatorios de que disponga cada uno imagina o evoca las situaciones afrentosas: el delincuente insulta al asaltado y lo responsabiliza por los sufrimientos familiares; la víctima se angustia y se estremece en la cajuela, calculando las horas a transcurrir en el encierro; el despojado de anillo, reloj, dinero y ropa, busca en vano auxilio en el paraje desolado; atados en su departamento la pareja aguarda a la asistente doméstica olvidándose de que hoy es su día libre; el que quiso defender su automóvil "porque él no se deja de nadie" se recupera de las heridas en el hospital, y agradece al cielo que nomás le metieron dos puñaladas; en su departamentito, el burócrata llora al recordar que lo despojaron del sueldo de un mes, debe el abono del horno de microondas y con qué va a comer? Las sensaciones de rabia y de impotencia desembocan en la exigencia: "¡Mano dura! ¡El gobierno federal y el gobierno capitalino tienen que hacer algo! ¡No podemos seguir así! ¡Todo favorece a la delincuencia y nadie a la gente honrada!". Tienen razón en su enojo, ¿pero cómo se define la mano dura , y quién la ejerce? Desde hace por lo menos diez años resulta esencial la nota roja, la entidad antes al alcance por la intermediación del morbo, y hoy desdichadamente cercana. Se leen módicamente las publicaciones amarillistas, y se ven las noticias en su sección de escalofríos, y siguen con pasión y disimulo hipócrita los programas televisivos, que alivian sobremanera a los no incluidos en cada crimen, y al mismo tiempo reanudan sus temores. Quedan lejos los aspavientos del tipo del presidente Ernesto Zedillo, que en 1997 prohíbe dos series: Ciudad desnuda y Fuera de la ley , que desaparecen de Televisa y de Televisión Azteca. No importa, la demanda de nota roja persiste, porque en una ciudad cunde "el turismo de la violencia". En este orden de cosas, un hecho que ha conmovido a la ciudad entera, sin retórica alguna, es el multihomicidio de la familia Narezo y dos asistentes domésticas en una casa de la delegación Tlalpan. Es, desde luego, un Coolblood que espera a su Truman Capote, y es también la exhibición última de saña y monstruosidad moral. No hay explicación posible de estos crímenes: como los de Acteal, los de Aguas Blancas y los incontables horrores cometidos por los linchadores y los narcotraficantes, la imposición de la barbarie que media en el atraso y el abandono de la ética.
Son cada vez menos los que, por así decirlo, han nacido a pie , sin las ventajas y la protección incestuosa del automóvil, que es container y casa materna y cubículo y vaticinio de ese nicho en la eternidad que todos ocuparemos si respetamos las señales del tránsito piadoso. Y por eso, por el hábito ya invencible de nacer en vehículo, la amenaza más aguda en el horizonte psíquico es la posibilidad remota pero existente de aburrirse en un embotellamiento, en esos comentarios instantáneos donde el movimiento se demuestra inmóvil y con el motor encendido. Pero la carencia de aburrimiento no es por fuerza señal de equilibrio mental, y es tan frágil la estructura vehicular que cualquier incidente la desordena y asfixia: un auto descompuesto en el Periférico, la visita presidencial a un monumento, las marchas? ¡Las Marchas!!! La pesadilla de las ruedas renuentes, el fastidio, la indignación, el odio a las causas, a cualquier causa, porque las causas el empleo, la justicia social, la vida partidaria, la gana de fastidiar a quienes nos han fastidiado se han transformado en rémora de tránsito, el egoísmo que se olvida de quien a estas alturas del embotellamiento oye radio nada más para comprobar la existencia de voces distintas a la suya.
El fenómeno lleva tiempo, pero en los días recientes las marchas se convierten en la pesadilla recurrente. Los noticieros informan de las avenidas transitables, de los encajonamientos donde el tiempo transcurre siempre en contra de sus usuarios, los agravia, y casi literalmente, se convierte en el padre Cronos que devora a sus hijos. Sí, cada causa tiene o debe tener sus demandas legítimas, pero los atrapados en la inmovilidad no entienden de movimientos ajenos a su deseo (legítimo) de llegar a su destino, que se le vuelve inalcanzable, interminable, difuso. Las descargas de cólera de los embotellamientos, las sensaciones de impotencia que se multiplican, marcan la distancia creciente ante la sociedad (encarcelada en sus vehículos) y las cosas que requieren de la parálisis del tránsito.


