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Leo Zuckermann

Magno testimonio



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    20 de noviembre de 2002


    EL ARCHIVO FOTOGRÁFICO Casasola de la Revolución Mexicana es un testimonio, como pocos, de uno de los actos más trascendentales de nuestra historia. En 1970, Gustavo Casasola, utilizando este archivo, editó una serie de biografías ilustradas de los actores más importantes del primer movimiento revolucionario del siglo XX. Este 20 de noviembre vale la pena recordar algunas de las imágenes de una historia apasionante que captó la lente de los Casasola.

    En el tomo dedicado al general Porfirio Díaz, el ilustre dictador sale retratado con esa mirada profunda que lo caracterizaba. Vestido de militar, pletórico de medallas, o de traje con sombrero de copa y bastón, Díaz inaugura un sinfín de obras de infraestructura que se hicieron durante sus múltiples presidencias. Ferrocarriles, edificios, monumentos, avenidas, drenajes y muelles. Un mandatario activo que, por lo menos en el rubro de la obra pública, le dejó mucho al país. Por supuesto, las fotografías chocan con la imagen de la historia oficial posrevolucionaria. En los libros de texto gratuito, y en la retórica del régimen político priísta, Díaz era un villano retrógrado. No había matices. Se negaba cualquier tipo de reconocimiento. Ciertamente, Díaz no era una "blanca palomita". Esto queda claro en las fotografías. Siempre sale serio. Nunca sonríe. El rostro transmite lo tremendo y autoritario que era. No hay duda al respecto. En una imagen de 1909, a las vísperas del movimiento revolucionario, el general Díaz aparece con su permanente rostro adusto acompañado del presidente de Estados Unidos, William Taft, quien amablemente sonríe a la cámara. Interesantes son, también, los retratos de su salida al exilio en 1911. Hay una donde una gran multitud lo está despidiendo en el puerto de Veracruz al embarcarse en el "Ipiranga". El general se ve entero y con mucha dignidad. Al despedirse, en la escalerilla del vapor alemán, Díaz saluda con su sombrero blanco. Las imágenes contrastan con la idea creada posteriormente de que el dictador se había ido del país como un perro sarnoso abucheado por toda la población. De su exilio hay un retrato que llama la atención. Es de 1914 cuando el kaiser Guillermo II lo invitó a observar maniobras militares en Alemania. El que fue el mejor general juarista, personaje decimonónico por excelencia, tuvo la vida para ver el comienzo de la primera gran revolución del siglo XX (la mexicana) y de la Primera Guerra Mundial. Nunca supo el desenlace de ambas: murió en 1915 en París.

    Del tomo dedicado a Venustiano Carranza destaca la serie de su huida de la ciudad de México que lo llevaría a su muerte. Siendo Presidente de la República, el otrora primer jefe, abandona la capital ante la amenaza de los sonorenses. Sale rumbo a Veracruz y es atacado por varios flancos. A caballo, su comitiva cada vez se hace más escasa. Es tristísimo ver cómo se desenvuelve esta historia. En una choza del pueblo de Tlaxcalaltongo, cuya foto aparece, es asesinado el 21 de mayo de 1920. Hay tres retratos que ponen los pelos de punta. Se trata del cadáver de don Venustiano rodeado de sus fieles acompañantes y de los médicos que le practicaron la autopsia. Esta serie de la huida y del asesinato contrasta con las fotos anteriores donde aparece un líder popular en tiempos de gloria. El poder es muy canijo, sobre todo en una revolución. Carranza fue abandonado poco a poco. Murió solo y traicionado en una casucha.

    La biografía ilustrada de Zapata es la que tiene más fotografías clásicas de la Revolución. Se observan, por ejemplo, campesinos de calzón de manta, con grandes sombreros, cananas al pecho y carabinas 20/20 montados en el techo de ferrocarriles con destino a la siguiente batalla. Dignos generales zapatistas, vestidos de charro, enarbolando un estandarte con la Virgen de Guadalupe, a su entrada triunfal a la ciudad de México. Campesinos sopeando sus conchas en Sanborn`s. Y la famosísima foto del general Zapata, junto con Francisco Villa, en Palacio Nacional, el primero viendo cómo el segundo se atrevía a sentarse en la "maldita" silla presidencial. Emiliano Zapata, caudillo de Morelos, también fue asesinado. Aparecen tres fotos de su cadáver acompañado de sus seguidores. Destaca una en la que tres mujeres indígenas, cubiertas sus cabezas con reboso, velan el cuerpo ensangrentado. El rostro tiene la mueca de la muerte. El famoso bigote está desalineado.

    El libro de Villa es el que tiene las imágenes más sangrientas. Hay muchos retratos de muertos en batalla, fusilados en paredones o ahorcados en postes telegráficos. Villa, a diferencia de Díaz, aparece como un hombre muy expresivo. Varias veces se le ve carcajeándose. En otra, sale llorando como magdalena al pronunciar un discurso ante la tumba de Madero. Destaca la serie de imágenes de su incursión a Columbus, Nuevo México, única ocasión en que una fuerza extranjera invadió y atacó el territorio continental de Estados Unidos. ¡Qué agallas! Luego vienen las de la expedición punitiva estadounidense que, al mando del general Pershing, entró al territorio nacional para vengarse de la afrenta villista. A caballo y en automóviles de la época, los yanquis buscan, sin éxito, al centauro del norte que estaba bien escondido en la sierra. Al no hallarlo, los estadounidenses se cansaron y acabaron por retirarse. Sin embargo, Francisco Villa no escapó de la muerte revolucionaria por excelencia. En 1923 fue acribillado a balazos. Aparece, como en ocasiones anteriores, la foto de su cadáver. También tiene el bigote desalineado.

    De Obregón, la foto más impresionante es la de su operación cuando le amputaron el brazo derecho. A diferencia de las biografías anteriores, ésta contiene más retratos de la vida cívica del país posterior a la lucha armada. Es lógico. Aquí ya se ve un país en vías de pacificación y de formación institucional. En los tomos de Elías Calles y Cárdenas es todavía más patente esta característica. Estos dos morirían de causas naturales. No así Obregón, quien fue el último gran revolucionario en morir asesinado. Aparecen, en su tomo, las imágenes del magnicidio en La Bombilla y del asesino, León Toral.

    Lógicamente los mexicanos cada vez perciben más lejana y ajena la Revolución. Las maravillosas imágenes del archivo Casasola nos permiten acercarnos, por lo menos un poco, a este acontecimiento que marcó para siempre el destino histórico de México. Vale la pena recordarlas hoy que se cumplen 92 años del comienzo de la que fue la primera gran revolución del siglo pasado. Una revolución que, desgraciadamente, ya se está olvidando.

    leo.zuckermann@cide.edu



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