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Prolonga la vida de los libros

Yanet Aguilar Sosa| El Universal
Martes 05 de marzo de 2013

Jerónimo Cruz Flores, el encuadernador y restaurador mexicano de 72 años trabaja desde cerca de 25 años en la Biblioteca de México "José Vasconcelos" en La Ciudadela, hoy llamada "La ciudad de los libros y la imagen". Alma Rodríguez Ayala / EL UNIVERSAL

El guerrerense estudió encuadernación en la Escuela de Artes Gráficas y prioriza la restauración de libros como la salud de un ser humano enfermo. Alma Rodríguez Ayala / EL UNIVERSAL

Por las manos de Jerónimo Cruz han pasado miles de libros, tanto incunables, como volúmenes que tienen entre 300 y 400 años. Alma Rodríguez Ayala / EL UNIVERSAL

Este restaurador de la vieja escuela ha salvado de la muerte a cientos de libros o al menos les ha alargado la existencia. Alma Rodríguez Ayala / EL UNIVERSAL

En cinco décadas no sólo ha restaurado libros, sino también cientos de documentos y ha sido testigo privilegiado de los avances en la restauración de libros y documentos. Alma Rodríguez Ayala / EL UNIVERSAL

Jerónimo Cruz tiene siempre dos o tres personas le ayudan, ya que tiene diversos pendientes en las obras de restauración de La Ciudadela. Alma Rodríguez Ayala / EL UNIVERSAL

El guerrerense tiene un alto porcentaje de títulos de los cinco fondos bibliográficos personales, adquiridos en 2012, que requieren intervención urgente. Alma Rodríguez Ayala / EL UNIVERSAL

Prolonga la vida de los libros

OBRA FINAL. Jerónimo sostiene un libro restaurado de Sor Juana. (Foto: EL UNIVERSAL )

En la Biblioteca de La Ciudadela, el restaurador y encuadernador Jerónimo Cruz Flores desempeña una labor artesanal; ha dedicado más de 50 años a salvar libros

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La restauración de libros en México ha transcurrido a la par de la trayectoria de Jerónimo Cruz Flores, el encuadernador y restaurador mexicano de 72 años que trabaja desde cerca de 25 años en la Biblioteca de México “José Vasconcelos” en La Ciudadela, hoy llamada “La ciudad de los libros y la imagen”. Él, comenzó en este oficio cuando no existía una idea clara de la restauración ni tampoco se había fundado la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía “Manuel del Castillo Negrete”.

El guerrerense que radica en el Distrito Federal desde hace 50 años, que tiene tres hijos y cuatro nietos, y que estudió encuadernación en la Escuela de Artes Gráficas, asume la restauración de libros coma la salud de un ser humano enfermo.

“Un libro es como un ser humano, cuando llega enfermo a un hospital el médico le dice: ‘tiene que tomar esto o lo otro’, cuando llega a quirófano es porque requiere un trato mayor; igual un libro cuando llega en muy mal estado entra directamente a cirugía, porque le vamos a dar un trato mucho mayor; cuando nosotros salvamos un libro es como cuando un médico salva a un enfermo, es una gran satisfacción que le queda a uno, saber que ese libro va a estar ahí todavía para estar en consulta”.

Por las manos de Jerónimo Cruz han pasado miles de libros, tanto incunables, como volúmenes que tienen entre 300 y 400 años, y otros libros jóvenes de no más de 15 o 20 años. A lo largo de 55 años de carrera -de los cuales estuvo 30 en el Archivo General de la Nación, varios de los cuales sólo los dedicó a la encuadernación-, este restaurador de la vieja escuela ha salvado de la muerte a cientos de libros o al menos les ha alargado la existencia.

En cinco décadas no sólo ha restaurado libros, sino también cientos de documentos. Jerónimo Cruz Flores ha sido testigo privilegiado de los avances en la restauración de libros y documentos. Cuando él empezó, el proceso incluía lavar los libros y documentos con clarasol, resanarlos con engrudo y encuadernarlos con cola de carpintero. En el aprendizaje se percataron que las fibras del papel se rompen con el cloro. “Nos dimos cuenta que podíamos tener el papel en buen estado dos años, pero cinco o seis años después el papel se abría completamente”.

De ese tiempo a la fecha las técnicas han cambiado, también la importancia que el Estado le da a la restauración y la encuadernación en el salvamento bibliográfico. Hoy en día, el proceso de restauración es menos agresivo, las normas dictan que los documentos y libros no deben ser lavados, determinan que la mejor técnica de conservación es “laminarlos” con papel japonés –que es un papel de algodón muy transparente que se pega a la hoja y le brinda protección y flexibilidad-, y exigen que utilicen para ello, adhesivos que se desprenden fácilmente en caso de requerirse.

“El tipo de adhesivos que estamos usando ahora es reversible, ¿qué quiere decir esto?, que si nosotros aplicamos mal una restauración pasamos un poco de humedad y se puede eliminar fácilmente; al principio, en los años 50 cuando empezó la restauración, se usaba mucho el engrudo, también en la encuadernación se utilizaba cola de carpintero; posteriormente nos dimos cuenta que el engrudo atrae muchos microrganismos y por lo mismo se eliminó, el adhesivo que usamos hoy en día es natural, no tiene tanto problema con los hongos, y también nos dimos cuenta que la cola de carpintero atraía muchos insectos”, señala Cruz Flores.

Su labor se ha multiplicado

Jerónimo Cruz goza haciendo su trabajo, aunque en este momento no lo hace con las mejores condiciones, aunque dos o tres personas le ayudan, no tiene su taller en forma pues es parte de los pendientes en las obras de restauración de La Ciudadela; a esa complicación se suma un asunto mayor: con la apertura de los fondos personales de José Luis Martínez, Antonio Castro Leal, Jaime García Terrés, Alí Chumacero y Carlos Monsiváis - a los que se sumarán los fondos recién adquiridos de Julieta Campos y Enrique González Pedrero, y Abraham Zabludovsky-, su trabajo se ha multiplicado.

Si antes se afanaba en restaurar el Fondo Reservado, que aún tiene muchísimos libros por restaurar, y también restauraba y encuadernaba muchos libros de la Colección General de la biblioteca debido al gran uso; hoy en día, ni siquiera sueña con darse a basto. Hay un alto porcentaje de títulos de los cinco fondos bibliográficos personales que requieren intervención urgente.

Jerónimo Cruz Flores ha visto cómo se incrementa la labor de los restauradores, que aunque son fundamentales no todos los archivos ni bibliotecas cuentan con un taller de restauración para salvar más libros. Sabe también que es un proceso costosos y por eso las autoridades no autorizan los recursos tan fácilmente. Aunque no precisó la inversión, cita como ejemplo la restauración total de Crisis sobre un sermón de un orador grande entre los mayores de Sor Juana Inés de la Cruz que pertenece al Fondo Bibliográfico José Luis Martínez, un libro que llegó deshojado dentro de un sobre y tuvieron que intervenir al 100% y encuadernar en piel. Ese libro se encuentra en un nicho.

Al ver el producto final cualquier debería decir que vale la pena el esfuerzo, no siempre es así por la inversión, tan sólo una hoja de papel japonés vale 80 pesos y para un libro como el de Los sermones del hermano Roberto de Roberto Caracciolo, que requirió unas 30 hojas mínimo para poder repararlo, aparte la piel, los adhesivos y todo el trabajo de cosido.

Alfredo Cruz Flores ama su labor todavía tan artesanal en pleno siglo XXI, tiene claro que implica riesgos, varios de sus colegas se han infectado las uñas y los dedos con hongos, sin embargo vale la pena y por eso cada día se esmera. Pero aún trabajando de sol a sol hay un límite de libros que puede restaurar. “Cada persona hace alrededor de diez libros por persona al mes, con lo que apenas sacamos unos 30 o 40 libros mensuales, es poco pero es un trabajo prácticamente artesanal”.

Pensó en poner su propio taller en casa, pero vio que no tenía sentido, ninguno de sus tres hijos siguió su oficio. Quería hacer más por los libros de manera independiente porque hay mucho por hacer por los tesoros bibliográficos que hay en México. Él sueña pero la realidad es dura, todo daña a los libros: que subrayen, que resalten, que pasen las páginas con el dedo ensalivado, por supuesto que lo mutilen o que ellos al restaurar refinen el libro. “Es como cortar un dedo o la uña a una persona”.



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