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Desconcierto en un concierto en Nueva York

Juan Hernández Enviado| El Universal
Jueves 06 de enero de 2011
Desconcierto en un concierto en Nueva York

ACCIÓN. El joven músico Jun Sun arrastra sus pies y mueve lentamente el piano. Va de un lado a otro, en una danza que jala a los espectadores que se van sumando. (Foto: JUAN HERNÁNDEZ EL UNIVERSAL )

En el Museo de Arte Moderno se presenta un performance en el que un músico toca un piano y se convierte en parte del instrumento

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NUEVA YORK.— En el atrio del Museo de Arte Moderno de Nueva York descansa un piano solo. Parece un piano como cualquier otro. No lo es. A este piano le han hecho un hoyo en el centro y sus creadores lo han convertido en escultura.

Los visitantes del museo lo miran curiosos, se detienen un momento y luego siguen su camino. Se dirigen a las salas en donde están las exposiciones de arte moderno y contemporáneo. El piano sigue ahí, solo.

Justo a la 1:30 de la tarde alguien se acerca a la escultura, la mira de frente, la rodea, luego la toca. El piano parece cobrar vida. El pianista se introduce por el hoyo que está en el centro del instrumento trastocado y transformado en otra cosa, ya no es más para lo que fue creado. No es un piano.

La cola y el teclado se convierten en la falda de un vestido amplio del músico. O quizá sean sus alas. El joven chino Jun Sun, de apenas 20 años, estudiante de segundo año de la Juliard School of Music -institución de educación artística de gran prestigio en todo el mundo- arrastra sus pies y mueve lentamente el piano. Va de un lado a otro, en una danza armoniosa, en la que jala a los espectadores que se van sumando curiosos.

Jun Sun viste de mezclilla, tenis y un suéter azul. Lleva lentes. Sus ojos rasgados se concentran en el teclado largo del piano. Empieza a tocar las teclas, las acaricia, apenas.

Las personas se arremolinan, caminan y tropiezan, chocan entre ellas y le abren paso al músico que parece dejarse ir en un vals suave pero amplio.

El sonido, de pronto, se vuelve una melodía conocida por todos. Es el Cuarto Movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven, o mejor “El himno a la alegría”.

Los rostros los espectadores, que ya danzan con el pianista de un lado para otro del atrio del museo, se van iluminando uno tras otro. todos juntos parecen una serie de focos que se van encendiendo y le proporcionan luz al espacio.

Van detrás, a los lados, al frente del pianista y del piano-escultura que ya se volvieron una sola cosa y se adueñaron del espacio y también del tiempo. Toman fotos, ríen y se miran sorprendidos.

“It is just marvelous!” (“¡es maravilloso!”), dice una mujer, quien se despoja de su pesado abrigo invernal, para poder caminar más ligera junto a la escultura viviente. 

Sobre la propuesta

En los descansos de los pisos dos y tres del museo, la gente mira desde arriba el evento. Afuera, el frío arrecia. El vidrio grueso de los altos ventanales detiene el viento helado. Adentro, corre el sudor y la emoción.

Jun Sun toca el piano desde adentro. No es el pianista que se sienta en un banco frente al teclado. Él sale de la entraña del piano para convocar el sonido de una pieza emblemática a nivel mundial.

Stop, repair, prepare: variations on Ode to joy for a prepared piano es el título de este performance que fue concebido por la estadounidense Jennifer Allora y el cubano Guillermo Calzadilla, el cual se realiza cada hora desde que abre y hasta que cierra el Museo de Arte Moderno de Nueva York.

Se trata de una propuesta enmarcada dentro de la tendencia más actual del arte contemporáneo, que busca trasgredir la convencionalidad de la forma, así como la relación entre el músico y el instrumento, y la relación de éstos y la música con el público.

“Para nosotros era muy importante salirnos de lo racional, de un orden lógico, para buscar en las emociones y los afectos internos. El universo que creamos parte de un sentimiento, y recurrimos a la escultura y al performance para lograrlo. Hicimos un hoyo dentro de un gran piano, en el cual se mete el pianista para tocar”, explica el creador.

El reto, comenta, fue elegir la pieza que sería interpretada. “Tenía que ser una pieza que se pudiera interpretar a través de ese hoyo en el piano. Debía de ser una pieza con un sonido conocido para todo el mundo, una obra musical simbólica. Esa es la razón por la que escogimos “El himno a la alegría”, de Beethoven”, asegura.

“Queríamos que sonara diferente. Reconocible pero extraña, incompleta. Subrayando el trabajo del pianista empujando el piano como algo difícil, algo pesado, desplazándose por el espacio. Trabajamos con diferentes pianistas en esta exposición. Cada uno tiene un arreglo musical diferente de la misma pieza. Este trabajo no está completo sin la presencia de un público, porque hay una relación recíproca entre lo que se toca, quien lo toca, quien lo escucha y observa. Nuestro objetivo principal es crear una relación fuerte entre la escultura (el piano), el pianista y la pieza musical que tiene una connotación de fraternidad, de hermandad”, agrega el artista.

La danza termina. El pianista sale del hoyo y se mezcla con la gente para luego perderse entre las galerías del museo. El piano-escultura vuelve a quedarse ahí, inmóvil. El público se retira. Cuando no queda alguien en el atrio, un hombre de gabardina arriba furtivamente al lugar, se acerca con pasos sigilosos al instrumento, lo rodea. Luego se aleja. Lo ve. Saca una cámara fotográfica y la dispara. La escultura y el hombre se mezclan en el espacio y el tiempo. Ahí queda la imagen.

 

 

 

 

 

 

 

 



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