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Si no me quitan el texto lo corregiría al infinito

Fernando Figueroa| El Universal
Viernes 10 de septiembre de 2010
Si no me quitan el texto lo corregira al infinito

INSPIRACIÓN. El autor dice que puede generar la mejor historia, pero si no tiene definido el punto de vista, no resulta nada bueno. (Foto: CIRTESÍA AGUSTÍN SALINAS )

En una visita a Venezuela, Daniel Sada contó que alguna vez Juan Rulfo le dijo: “No escriba cuentos de vanguardia sino tradicionales, le va a ir mejor”.

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En una visita a Venezuela, Daniel Sada contó que alguna vez Juan Rulfo le dijo: “No escriba cuentos de vanguardia sino tradicionales, le va a ir mejor”. Le comento a Sada que, por lo visto, no le hizo caso a Rulfo, ya que su nuevo libro está compuesto por 11 narraciones breves y arriesgadas, tan es así que la primera de ellas está escrita en verso.

El ganador del Premio Herralde 2008 (por la novela Casi nunca) está en la sala de su departamento, toma café en taza grande pero debe ser exprés porque le pinta los labios de negro, en contraste con un rostro extremadamente pálido; se levanta para las fotografías y da 10 pasos rumbo al comedor, regresa al sillón donde estaba, pero ahora con la respiración agitada.

No le pregunto por su salud porque ese no es el tema, sino el volumen Ese modo que colma (Anagrama), donde hay buenos textos, excelentes y magistrales, como “Un cúmulo de preocupaciones que se transforma”. Él señala que su intención en este libro fue “buscar nuevas estructuras del cuento”.

 

 

Empecemos por el final y olvidemos las novelas: ¿Cuáles cuentos se llevaría a una isla desierta?

Cuentos romanos, de Alberto Moravia; los dos tomos de Edgar Alan Poe que tradujo Cortázar; Las mil y una noches; Cuentos orientales, de Marguerite Yourcenar; Primeras historias, de Gimaraes Rosa; Gavillas de fábulas sin amor, de Camilo José Cela; Los cuentos de Canterbury, de Chaucer; cuentos de Chéjov, Borges, Kafka. Y por supuesto, El llano en llamas.

 

¿Cree en el mito de que Arreola corregía la prosa de Rulfo?

Son leyendas que se inventan; tal vez alguna vez le haría una sugerencia, pero no creo que haya pasado de ahí.

 

¿Los cuentos de “Ese modo que colma” nacen como tales o algunos iban a ser novelas?

“Un cúmulo de preocupaciones que se transforma”, que tiene la lógica de un sueño, iba a ser novela, al igual que “Atrás quedó lo disperso”, que es un alegato sobre las diferencias entre la literatura imaginativa y la informativa. Se convirtieron en cuentos porque no quiero acumular historias, ya tengo demasiadas en la cabeza.

 

Y si los cuentos quedan redondos, entoncces para qué buscarle tres pies al gato, ¿no?

¡Es tan difícil hacer cuentos! Decía Edmundo Valadés que el buen cuento es aquel que se lee en una sola sentada y no se olvida nunca.

 

Lo imagino corrigiendo obsesivamente…

Sí. Me regocija mucho estar corrigiendo. Si no me quitan el texto de la mano lo corregiré al infinito. Cuando me pidieron Antología presentida, para Conaculta, me vi tentado a cambiar todo, pero me dijeron que no era posible.

 

Su nuevo libro inicia con un cuento en verso (“El gusto por los bailes”). Es un lujo que se le permite a un Premio Herralde, ¿no?

Yo así lo mandé y no me dijeron nada. Ese cuento tiene su métrica, y yo quisiera que se leyera como un corrido.

 

En el cuento que da título al libro, hay cabezas decapitadas en la hielera de una narcofiesta. ¿El arte imitando a la vida?

Yo no me guío por los temas; los temas no hacen literatura. Lo que se dirime es el talento. Puedo generar la mejor historia del mundo, pero si no tengo definido el punto de vista, no resulta nada bueno.

 

A usted se le alaba el buen “oído” a la hora de crear personajes. ¿Siente a Garibay como un maestro en ese sentido?

Ricardo Garibay tenía buen oído para unas cosas y para otras no. Sabía recrear el lenguaje de todo tipo de gente: un ingeniero hablaba como ingeniero, un albañil como albañil y un boxeador como boxeador. Yo creo que lo aprendió de Ibargüengoitia.

 

Usted nace en Mexicali, pero todas sus raíces están en Coahuila y los Saraperos de Saltillo son bicampeones. ¿El beisbol no le dice nada?

Curiosamente, mi papá fue gerente de Las Águilas de Mexicali y yo fui mascota de ese equipo. Aprendí a jugar beisbol antes que a leer y escribir. Era pitcher, pero nunca milité y jamás pensé en dedicarme a eso. Tengo un cuento donde aparece el beisbol, se llama “Cualquier altibajo”, que está en el libro Registro de causantes.

 

La verdad, no me lo imagino leyendo de niño “La Ilíada” y “La Odisea”.

En el pueblo tuve una maestra muy apasionada por la literatura y ella tenía una biblioteca muy completa, en la que había varias versiones infantiles de La Ilíada y La Odisea. Parece ficción, pero es verdad. He creado muchos pueblos y algunas veces dudo si el pueblo de mi infancia lo inventé o es real, pero esa maestra sí existió.

 

A estas alturas, ¿usted es un escritor del norte o chilango?

No sé de dónde soy. Mi papá era un agrónomo que cambiaba de chamba a cada rato y cargaba con toda la familia de una ciudad a otra; eso me obligó a ubicarme en todos lados. En la presentación de Casi nunca, Heriberto Yépez dijo acertadamente que no soy norteño ni barroco ni costumbrista ni nada de lo que se dice acerca de mí.

 

El personaje de “Casi nunca” anda metido en un triángulo amoroso y, curiosamente, es un agrónomo.

Ja, ja, ja. Mi padre murió hace 15 años, pero mi madre vive y leyó el libro. Dice que son puras mentiras, ja, ja, ja.

 

 



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