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Ecuaciones + notas estridentes, los científicos en el rock and roll

Guillermo Cárdenas Guzmán| El Universal
Lunes 22 de marzo de 2010
Experimentan fuera del laboratorio y entre sus instrumentos no sólo hay matraces, microscopios o cromatógrafos, sino también guitarras, teclados y amplificadores

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Llega el ansiado momento del ensayo. Entre marañas de cables y aparatos, los integrantes del equipo revisan cada conexión para asegurarse que el suministro eléctrico está en el voltaje apropiado; que los amplificadores de señales no tienen fallas; que la ventilación del lugar es adecuada y la temperatura no es muy elevada, pues de lo contrario requerirán hidratación suplementaria.

Un secuenciador, una interfase digital, un monitor y un par de lap top cargadas con distintos programas de cómputo ayudan a agilizar la ardua labor que de otra forma tardaría horas. Los integrantes del equipo aguardan impacientes la señal del líder, deslizan los switches de sus instrumentos, encienden las luces y comienzan el experimento.

A diferencia de otros, este ensayo es realmente inédito, pues no busca desentrañar las claves moleculares del ADN ni estudiar la deformación de materiales o los sistemas complejos, sino cautivar a los numerosos curiosos que comienzan a congregarse alrededor del grupo. El bullicioso escenario -literalmente hablando- luce muy distinto al habitual y silencioso rincón del laboratorio.

Viene la primera ovación de los asistentes y los ejecutantes se congratulan al sentir una satisfacción igual o quizás mayor a la que les proporciona publicar un paper en una revista especializada o ganar un premio. Son los científicos rockeros, quienes cerca o lejos de los reflectores demuestran que los estereotipos son sólo eso y que la vida de un investigador, lejos de ser monocromática y aburrida, puede tener tantos matices como una nota musical.

Los ejemplos sobran, con Brian May (ex guitarrista de Queen), Art Garfunkel (cantante del dúo folk Simon & Garfunkel) y Dexter Holland (guitarrista y vocalista de The Offspring) como figuras prominentes. El primero es físico y astrónomo doctorado en el Imperial College de Inglaterra. El segundo posee una maestría en Historia del arte por la Universidad de Columbia, mientras Holland es maestro en Biología molecular por la Universidad del Sur de California.

Pero los científicos mexicanos no “cantan mal las rockeras”. Aquí una muestra -tal vez no representativa, pero sí emblemática- que incluye a expertos muy reconocidos en sus áreas, quienes de vez en cuando dejan a un lado el rigor metodológico y las ecuaciones para soltarse el pelo y alimentar su pasión por el rock and roll. Ellos son Baltasar Mena Iniesta, Gustavo Martínez Mekler, José Franco López y Luis Espinosa Arrubarrena.

Una dosis de Naftalina

Baltasar Mena Iniesta nació en España, pero se naturalizó mexicano. Estudió Ingeniería mecánica en la UNAM, hizo una especialización en Mecánica de fluidos en la Universidad de Tolouse, Francia y obtuvo su maestría y doctorado en la Universidad de Brown, en Rodhe Island (EU). Hoy labora en el Instituto de Ingeniería de la UNAM, donde prosigue sus estudios sobre deformación y flujo de materiales (reología), área en la cual es pionero en el país.

También es pionero del rock, pues formó su primera banda, Los sonámbulos, en 1956 -a los 14 años-, cuando en el país no había estaciones de radio que tocaran este género musical. En la aventura lo acompañó otro científico universitario también guitarrista, Federico Arana, doctor en Biología, pintor, y escritor, autor del libro Guaraches de ante azul, la historia del rock en México.

“Federico Arana y yo hicimos un grupo cuando estudiábamos la preparatoria en el Instituto Luis Vives, en 1956; compramos unas guitarras y comenzamos a practicar, pero todo era de oído, aunque él había estudiado piano. Hacia finales de 1960 grabamos nuestro primer disco con Musart, cuando ya estaba yo en Ingeniería”, rememora Mena, galardonado con el Premio Nacional de Ciencias y Artes en Tecnología y Diseño en 1997.

Tras esa producción, Mena, también vocalista y quien se dice influido por Gene Vincent, Little Richard y Jerry Lee Lewis, permaneció poco más de un año con Los sonámbulos y al final los dejó. Arana entretanto se unió a The Sinners, que en 1965, poco antes de emigrar a EU en busca del triunfo, acogió en sus filas también a Mena. Partieron y una vez allá decidieron llamarse Tequila.

“Después de terminar la carrera me metí de lleno a la música. Nunca me interesó trabajar como ingeniero ni lo he hecho. Me dediqué a dar clases de inglés y matemáticas en las preparatorias y a tocar rock and roll en los cafés cantantes. Luego (con The sinners) nos fuimos a Los Ángeles con la idea de triunfar; finalmente, por problemas de permisos, tuvimos que regresar a tocar a Tijuana por 10 dólares diarios cada noche”.

Mena dejó a la banda y al terminar su doctorado, en 1975, regresó a la UNAM. Ahí se unió otra vez con Federico Arana, Olaf de la Barreda (ex Canned Heat) y Freddy Armstrong, entre otros, para dar vida a Naftalina, que transitó del blues al rock. Esta agrupación, que ha grabado siete discos y está por lanzar otro bajo el sello PyP, se mantiene tocando hasta hoy: “Los científicos buenos son buenos también en otras cosas: música, literatura o deporte”, dice el ganador del Premio Científico UNESCO 2001.

Banda jurásica

Luis Espinosa Arrubarrena cursó Biología en la Facultad de Ciencias de la UNAM, pero desde antes de terminar la carrera laboró en el Instituto de Geología, donde se enamoró de esta ciencia y continúo aprendiendo de ella. Luego completó una maestría en Ciencias con especialidad en Paleontología en la Universidad Estatal de California, en EU. Hoy investiga, entre muchas otras cosas, a peces fósiles mexicanos.

“Cuando estudiaba secundaria en el Colegio Tepeyac, en 1966, un amigo me invitó a formar un grupo. Comenzamos en las fiestas, kermes y cafés cantantes y seguimos tocando hasta la preparatoria y la universidad. Pero esa etapa se acabó y cada quien siguió un camino totalmente ajeno al rock y al arte”, recuerda el también director del Museo de Geología de la Máxima Casa de Estudios.

Luego, dice, en 1994 el colegio organizó una fiesta de generación y bajo la iniciativa de Ricardo Dadou, antiguo integrante del grupo Heavy Sound, se decidió relanzarlo, ahora como banda con el nombre Jurassic Band, que hace una doble alusión jocosa a los “dinosaurios”.

“Cuando nos presentamos por primera vez (en la nueva etapa) me subí al escenario con un fémur de dinosaurio; era de fibra de vidrio, porque uno real no lo hubiera podido cargar”, cuenta el vocalista y ocasional guitarrista de la banda “prehistórica”, que llegó a hacer algunas grabaciones profesionales y que actualmente actúa de vez en cuando en bares, fiestas y reuniones presentando material propio y covers de Chicago, su principal influencia.

Para Espinosa esta actividad artística corre paralela con su labor científica, a la cual no podría remplazar por razones prácticas: “En México, si te dedicas al rock tus hijos se mueren de hambre”. Con todo, le ha dado grandes satisfacciones en sus relaciones personales con amigos y familiares. “Les digo a los jurásicos que si aguantamos otros 10 años, entonces sí nos van a pagar muy buena lana porque la música ya va a ser antropológica”, bromea el paleontólogo.

Las plumas atómicas

Gustavo Martínez Mekler tuvo que decidir si estudiaba Música o Física. Finalmente optó por ésta y la cursó en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Luego completó una maestría en Matemáticas y un doctorado en Física en las universidades de Warwick y Manchester (las dos en Inglaterra). Trabaja con física no lineal y sistemas complejos abordando temas interdisciplinarios, en especial de biología teórica. Hoy está adscrito al Instituto de Ciencias Físicas y al Centro de Ciencias de la Complejidad, ambos de la máxima casa de estudios.

El científico, quien sólo había tomado algunas clases de piano, fundó en 1969 junto con algunos amigos, el grupo La comuna, que bajo la influencia de Pink Floyd y Procol Harum hizo exploración musical con piezas de hasta 30 minutos de duración. La agrupación logró cierto reconocimiento al llegar a presentarse en el Palacio de Bellas Artes, la Alameda Central (DF) y la Feria de San Marcos.

“Al principio tocábamos en fiestas para conseguir dinero con qué pagar los instrumentos. Tocábamos música de grupos en inglés como The Rolling Stones, The Beatles o The Who, pero en los conciertos sólo material propio, que poco a poco se fue haciendo más en español”, comenta el físico y ex tecladista.

La comuna fue uno de los ganadores en 1971 del primer concurso pop del gobierno del DF y grabó con Peerless un sencillo de título homónimo con cuatro canciones. “Nos ofrecieron aparecer seis veces seguidas en el horario estelar de Siempre en domingo (programa de variedades que transmitió Televisa de 1969 a 1998). Les dijimos que ni muertos nos iban a ver platicando con Raúl Velasco. A la semana siguiente nos rescindieron el contrato y el disco se retiró”, recuerda el doctor Martínez Mekler.

La banda se desintegró en 1975 y a ello siguió un prolongado periodo de silencio. En 1981, junto con los ex integrantes de La comuna, el poeta Alberto Blanco y el bioquímico Alberto Darszon y con el apoyo de los también poetas Jorge González de León y Luis Cortés Bargalló, se fundó otra agrupación: Las plumas atómicas, en alusión a que los integrantes eran literatos y científicos. Su última aparición formal fue en 1985 y luego han tenido reuniones esporádicas.

“En la música hay una parte de comunión, de compartir emociones; eso también se da en la ciencia, aunque con menor intensidad. Las dos son actividades creativas: después de mucho tiempo de darle vueltas a algo, de repente cuaja una idea y las piezas entran en su lugar. Hay esquemas y reglas, pero a veces se rompen. Se encierra uno cinco horas y sale como en otro espacio, renovado pero al mismo tiempo agotado”.

 

 



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