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Atando cabos | Denise Maerker

Puro cuento

Realizó sus estudios profesionales en Ciencias Económicas y Sociales en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica, la Maestría en Cienci ...

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Lunes 19 de octubre de 2009

Fue como un espejismo, durante algunas semanas y a raíz de una serie de declaraciones, la agenda ciudadana parecía convertirse en lo políticamente correcto. La campaña a favor del voto nulo había surtido efecto y los partidos estaban dispuestos a soltar parte de sus privilegios para no seguir perdiendo legitimidad y generando más desinterés entre los ciudadanos. Felipe Calderón empezó con su discurso en Palacio Nacional: “Hay que reconocerlo, los ciudadanos no están satisfechos con la representación política y perciben una enorme brecha entre sus necesidades y la actuación de sus gobernantes […] Propongo que entre todos revisemos las reglas y cambiemos lo que haya que cambiar…”. En su comparecencia Gómez Mont le dio forma: “Para acercar gobierno y ciudadanía, el Ejecutivo federal considera indispensable zanjar en los tiempos de esta Legislatura la discusión sobre los mecanismos de democracia directa —plebiscito y referéndum— y la reelección consecutiva de legisladores y ayuntamientos”. Manlio Fabio Beltrones, coordinador de los senadores priístas, respondió a estos planteamientos de forma positiva. Algunos vieron perfilarse en el horizonte una alianza PRI–PAN que haría posible estas reformas. Federico Reyes Heroles en Reforma escribió: “Si el asunto va en serio podríamos estar en el umbral de una verdadera reforma democratizadora y liberal”.

El problema es que no va en serio. El PRI está tan lejos como siempre de querer sumarse a una reforma liberal o democratizadora. Manlio habla por él y no por su partido. El sector más pesado del PRI está en contra de todo: de la disminución del dinero que reciben los partidos, de la reducción de los plurinominales y de la reelección de diputados y presidentes municipales. Hace unos días escuché el argumento que dudo repitan en público y ante una grabadora: Dicen que la reelección es un mecanismo de movilidad social que si se cancela nos conduciría derechito a una nueva revolución. Los cargos de elección popular y los puestos públicos son vistos como medios para desahogar la presión de las bases, premiar y promover lealtades, permitir que unos cuantos afines se enriquezcan y mantener el control de grandes sectores. Nada más viejo. La eficacia y la transparencia no forman parte de este discurso, desde luego. Y ni hablar de una clase política más estable y profesional que genere condiciones para que la movilidad se dé, sí pero en la esfera productiva y no con el dinero de los contribuyentes. Es el mismo cuento priísta inaugurado por Calles en los años 30 del siglo pasado.



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