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Detrás de la Noticia | Ricardo Rocha

¡Ratón… Ratón!

Ricardo Rocha ha sido redactor, reportero, corresponsal de guerra, productor y conductor de programas.

En 1977 cubrió por dos meses la ...

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Jueves 26 de marzo de 2009

“¡Se oye el rumor de un pregonar… que dice asíii… el yerberito llegooo… lleeegó!”. Así, con el grito poderoso y dulcísimo de Celia Cruz, comenzaban los bailes en mi tirita de vecindad que era el 35 de Peluqueros en mero Tepito. Claro que pa’ festejar el triunfo del Ratón. ¿Cómo que cuál ratón? ¡Pos el único! ¡El glorioso! Raúl El Ratón Macías. Aquel que todo se lo debía a su mánager y a la Virgencita de Guadalupe.

Y es que El Ratón no era nada más un ídolo. Eso se queda corto. Era mucho más. Era un símbolo. Una leyenda viviente. También un orgullo grandote del barrio donde éramos pobres pero teníamos al Ratón. El era Tepito y el Tepito del Ratón se crecía con él y era todo México. Pa’ que me entiendan. Por eso la ciudad, que contenía la respiración durante toda la pelea, se hacía una fiesta cuando el Ratón nos daba un nuevo triunfo.

Recuerdo que el rito comenzaba con los hombres en torno a la radio y a una botella de ron blanco. Los rostros reflejaban los golpes narrados por el dinamismo de Antonio Andere y aderezados por los comentarios hondos y profundos de Paco Malgesto. Ni los escuincles nos atrevíamos a abrir la boca a riesgo de un coscorrón bien puesto. Hasta el rosario que rezaban las mujeres en el altar del Sagrado Corazón era apenas un murmullo también de silencio. Así, hasta el último segundo de la pelea de nuestro campeón mundial, que siempre se la rifaba a mandarriazos contra algún pinche extranjero que nos quería hacer menos a los mexicanos.

Por eso la fiesta era tan sencilla y tan grande. Bastaban unos refrescos y si acaso unas mediasnoches embarradas de frijoles y, si había, con queso de puerco. Todo con sabor a un gusto que ya nadie nos podía quitar. ¡Híjoles! Es que con El Ratón le ganabas a la pobreza y hasta te acercabas más a Dios y a la Virgen. Como aquella vez que después de una pelea —¿sería cuando atascó la Plaza México?— se corrió la voz a medianoche: ¡El Ratón va a ir a la Villa! Y ahí vamos medio adormilados y como una especie de corte de los milagros a acompañarlo a ver a la Guadalupana, todavía en el viejo templo. A dar las gracias, él por su victoria y nosotros por tenerlo a él, al Ratoncito, quesque así le pusieron porque desde chiquito ya andaba entre las piernas de los grandotes del gimnasio.

Luego, a construir la leyenda con su medio centenar de peleas y sólo dos derrotas. Después a filmar su propia vida en el cine. Y a rodearse de las chamaconas más guapas aunque el siempre fuera tan seriecito, tan esforzado, tan hombre, tan papá. Y tan hijo que se despidió de los encordados un 28 de febrero del 59 nomás porque su mamá se lo suplicó.

Años más tarde, me permitiría hacerme su amigo. ¿Se imaginan lo que fue para mí? ¡Entrevistarlo varias veces para mí solito! Como cuando aceptó apadrinarme mi Animal Nocturno y me dijo que “la pelea más fuerte de uno está fuera del ring”. Por cierto, no se por qué me acuerdo cuando me empanzonaba con mexicolas porque cada corcholata era una esperanza de un viaje en avión con él. O sea, con El Ratón en el cielo. Y pienso ahora lo mismo que entonces: a ver si se me hace.



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