El luto que se avecinaba

Presentar a la sociedad una manera diferente de ver los barrios y la gente que habitó en ellos desde el siglo XIX hasta 1960 es el principal o ...
Domingo 21 de septiembre de 2008
“¡Goya! ¡Goya! ¡Cachún Cachún ra ra! ¡Sal al balcón, chango hocicón!”, eran los gritos que hacían resonar el Zócalo capitalino como la mayor caja sonora de que se tenga memoria en nuestra ciudad.
¡Goya! ¡Goya! ¡Dos, cuatro, seis, ocho, diez, doce!, gritaban los estudiantes hasta detenerse en el número 32, cifra de los compañeros que habían resultado heridos por la fuerza pública en las manifestaciones realizadas unos meses antes.
El 28 de agosto de 1968, tan sólo cinco semanas antes de los hechos de Tlatelolco que cambiarían en espíritu y conciencia el rumbo de la nación, una de las mayores concentraciones de estudiantes tuvo lugar en el centro mismo de la urbe, donde fue izada la bandera rojinegra, símbolo de aquella juventud mexicana que siguiendo los gritos de cambio que se generaban a nivel mundial, veneraban a su manera a Emiliano Zapata, Miguel Hidalgo y Benito Juárez.
Si uno aventaba una piedra en cualquier dirección le daba con seguridad a un estudiante, prácticamente todos se encontraban ahí; algo tan poco usual que era capaz de unir a los chavos de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) con los del Instituto Politécnico Nacional (IPN), a los de la Escuela Nacional de Maestros con la Escuela Normal Superior.
Incluso, asociaciones de padres de familia estuvieron presentes así como intelectuales, obreros y maestros, algunos de estos últimos simpatizantes de Javier Barros Sierra, el valiente rector de la UNAM.
La reunión de estudiantes comenzó cerca del Museo de Antropología, para después seguir por avenida Paseo de la Reforma, ante las sorprendidas miradas de miles de capitalinos; poco después llegaron a avenida Juárez para terminar haciendo su entrada por 5 de Mayo y Madero.
Obviamente aquel despliegue de solidaridad intimidaba a cualquiera. No eran bandoleros, eran estudiantes; no eran acarreados, llegaban por voluntad propia ¿qué ocurriría si decidían seguir la fiesta por mucho tiempo más y cumplir promesas como aquella que involucraba a los Juegos Olímpicos?
Para muchos expertos, la gran concentración de aquel día en el Zócalo, representaría el verdadero detonador de aquellos arteros sucesos de la plaza de las Tres Culturas un mes más tarde.
Para cuando el tumulto alcanzó su mayor número, un grupo de estudiantes entró a la Catedral y por casi 40 minutos se apoderaron de las torres.
Por varios segundos, como dirigiendo a una orquesta conformada por los gritos de la muchedumbre fueron tocadas las campanas que se escucharon por toda la explanada y hasta las calles circunvecinas… Sin embargo, sólo algunos escucharían en aquel tañido, el sonido del luto que se avecinaba, la llegada de aquel día cuando la ciudad perdería para siempre su inocencia.


