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El mundo según Guerra | Gabriel Guerra Castellanos

Terrorismo

Es presidente y director general de Guerra Castellanos y Asociados, empresa líder en temas de comunicación estratégica.

Tiene una ampl ...





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Viernes 19 de septiembre de 2008

El del terrorismo es un concepto un tanto amorfo e inasible, difícil de tipificar y de definir, si bien es —un poco como los patos del refrán— inconfundible. Nadie que vea o sufra un acto terrorista puede tener la menor duda de lo que se trata, digan lo que digan leyes o tratados internacionales.

Para el inocente que ve su vida truncada o acotada no hay confusión posible, por más que autoridades y políticos debatan significados y fórmulas rebuscadas para definirlo o para combatirlo.

El Diccionario de la Real Academia, fiel compañero en muchas otras ocasiones, poco ayuda en ésta. Su lacónica definición de TERRORISMO es “1-Dominación por el terror; 2-Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror”. La acepción de TERROR es un poco más amplia: “1-Miedo muy intenso; 2-Persona o cosa que infunde terror; 3-Método expeditivo de justicia revolucionaria y contrarrevolucionaria; 4- Época, durante la Revolución francesa, en que este método era frecuente...”

Intento otra ruta, la de los libros de texto, y me encuentro con una descripción bastante más detallada de mi propia autoría, en un libro de historia de Editorial Castillo, que lo mismo define que diferencia el acto terrorista como una acción violenta motivada por intereses políticos, ideológicos o religiosos en contra de personas inocentes, con la intención de causar terror entre la población e influir en los gobiernos y la opinión pública. Muy distinto a un acto de resistencia a una ocupación militar o a un régimen dictatorial que reprime o aterroriza a su propia población.

Mi infaltable diccionario de cabecera, el de Política de Norberto Bobbio, Nicola Matteucci y Gianfranco Pasquino (Siglo XXI Editores) me aclara que el terrorismo y el terror son casi tan antiguos como el pensamiento político, recordando lo mismo la apología que del terror de Estado hace Maquiavelo en sus “Discursos sobre Tito Livio”, al hablar de la necesidad que hay de usarlo para “controlar el Estado (es decir el poder)...” que la distinción ideológica que hacían Lenin, Trotski y hasta el Che Guevara, que rechazaban el terrorismo que mata a civiles inocentes a la vez que condonaban actos violentos como el asesinato o el sabotaje con fines revolucionarios.

La comunidad internacional buscó ocuparse del tema por vez primera cuando la Liga de las Naciones formuló un convenio para prevenir y castigar el terrorismo en 1937, pero la Liga misma estaba ya condenada a la inoperancia y la irrelevancia por la cruenta inminencia de la Segunda Guerra Mundial. No fue sino hasta 1963 cuando la ONU adoptó la que sería la primera de 13 herramientas relacionadas con el terrorismo, aunque en un principio acotadas ya al secuestro de aeronaves, la toma de rehenes o el ataque a “personas protegidas” (léase diplomáticos). Apenas en 1997 se menciona al terrorismo como tal en el “Convenio internacional para la represión de los atentados terroristas cometidos con bombas”, al que le siguen otros relacionados con el financiamiento del terrorismo, o el uso de armas nucleares para el mismo fin.

De regreso a Bobbio y sus amigos, se puede racionalizar el uso del terrorismo cuando persigue objetivos ya nacionales o de clase, por razones de humanidad o de Estado, pero nunca, nunca, cuando se asume como parte de una estrategia o metodología criminal.

Aunque pueda sonar paradójico, el verdadero terrorista es alguien que está luchando por su país o por su pueblo, por su libertad o por sus creencias, pero nunca, nunca se puede catalogar así a un criminal, a un delincuente común, por sanguinario y cruel que pueda ser. No honremos con ese nombre a los asesinos de Morelia.



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