Enrique Serna ataca de nuevo
Viernes 04 de julio de 2008
Enrique Serna, un solvente narrador, también es un gran ensayista. Desde hace 20 años no ha dejado de ejercitarse en el género colaborando en periódicos y revistas, pero hasta hoy sólo había publicado Las caricaturas me hacen llorar, miscelánea de ensayos que en 1996 lo revelaron como uno de nuestros críticos sociales y culturales más agudos.
Ahora con Giros negros (Ediciones Cal y Arena. México, 2008), Serna confirma no sólo el filo de sus agudezas, sino también el dominio de un estilo en el que, entre otras cosas, reflexión no rima con solemnidad. En apariencia el título sólo corresponde a las dos primeras partes del libro, en donde el autor consigna en textos que navegan entre el ensayo y la crónica, sus recuerdos sobre los últimos años de una vida nocturna capitalina hasta cierto punto inocente con cabarets de ficheras que bailaban al ritmo de la música tropical hasta finales de los 90, poco antes de la inauguración de los antros “deshumanizados”, con teiboleras frías y calculadoras, y animados por el enloquecedor punchis-punchis.
A esos textos que podrían sonar a más de lo que otros cronistas de los bajos fondos nos han recetado en libros predecibles en los que lloran por su cabellera y juventud perdidas y de paso suspiran por la evolución de un inframundo que realmente nada tiene de idealizable, Serna le da un giro agradecible. Con sano autoescarnio, él no se pinta en sus recuerdos como el Juan Camaney de los congales del pleistoceno, sino como un borrachín más, a veces el más joven y el más zopenco, entre aquella disoluta corte de los milagros. En la diferencia está el hallazgo.
Pero el título de giros negros, como él mismo explica, tiene que ver con lo que hace algunos años se propuso al escribir una columna con ese mismo título en la revista Letras Libres:explorar “los giros negros de la vida cultural, política y erótica, los bajos mundos de la farándula y la academia, las patologías neuróticas del hombre contemporáneo…”
Esa es una obsesión de Serna como ensayista y narrador. Sólo hay que recordar que con su novela El miedo a los animales provocó más de un disgusto hace años porque, inspirándose en Balzac, se propuso retratar, aunque en clave para los iniciados, la hipocresía, incongruencia y corrupción de esa pintoresca comedia humana que es el medio cultural mexicano. Por algo en un chiste del gremio hoy se dice que Serna es para las letras lo que Cuauhtémoc Blanco para el futbol: insolente, bravucón y pendenciero; en una palabra, un naco hecho y derecho. Pero, eso sí, nadie puede escamotearles el oficio.
Bajo el concepto de giros negros, entre otros temas, Serna reflexiona sobre los videotizados armados con celulares, que pagan miles de pesos por ver un espectáculo en vivo y, ya frente del escenario, deciden disfrutar el show a través de una pantallita, como si estuvieran delante del televisor en casa; sobre las ridiculeces del lenguaje políticamente correcto que exige llamar a las personas con discapacidad “personas con capacidades diferentes”, o “adultos en plenitud” a los ancianos; sobre el ancestral racismo mexicano, o sobre las tortuosas relaciones de los periodistas y de los intelectuales con el poder.
Los mejores entre los poco más de 50 textos breves, quizá “La edad de la chingada” y “Los cobradores”, dos ejemplos listos para figurar en una nueva antología del ensayo hispanoamericano.



