La primera
Domingo 13 de abril de 2008
Lejos de la sensualidad y cerca del calor
Estos días la ciudad de México arde y el calor se convierte en el tema de conversación obligado por la multitud de desconocidos que en la fila del banco, el elevador o el tránsito, al más mínimo gesto, se interpelan a causa del padecimiento común para comentarlo con la misma escueta convencionalidad que suele acompañar también al tiempo de lluvias o al frío.
Mientras la ciudad alcanza los 30 grados vaticinados por la mujer que dicta las recomendaciones del tiempo, hombros, piernas y pies se desnudan; salen a desfilar las faldas ligeras, las playeritas de tirantes y, aunque con ciertos recatos por tratarse de una ciudad, uno podría suponer que llegó la hora para que la sensualidad tome las calles y se apodere en la certeza de que el calor y el sexo suelen transitar por caminos semejantes, eso no es más que un espejismo, pese a los hombros desnudos que continuamos encontrando en cada esquina.
En la ciudad de México el calor no tiene la humedad ni la brisa que incita en los puertos. En el DF, pese a que muchos lleguemos a la oficina semidesnudos, vivimos esclavos de continuar imbuidos en el estado de alerta y el trabajo, la sensatez y la razón. Y la razón, ya se sabe, nunca tiene calor. Quizá por eso las expresiones sobre el mal común de estos días jamás murmuren: “Estoy que ardo y deseo que una mujer arda conmigo”. No, lejos de eso, lo que escuchamos murmurar son los abundantes improperios e insultos que la masa de aire caliente recibe a la más mínima provocación, y que lejos del ingenio, quizá por el pensamiento aletargado, suelen caer siempre en el lugar más común: “Me estoy asando”, por ejemplo.
Lo único que nos queda de la ilusión tropical es el sudor: ese líquido turbio y sin fineza, relacionado más con la barbarie que con el sofisticado perfume de la seducción. La barbarie caliente, que despide olores incómodos encapsulados en el transporte público, que corre por las sienes y empapa de manera delatora —sucia— ciertas partes de la camisa.
Alejados de la transpiración sensual, lúbrica de los grandes romances salvajes que inspira el calor en los puertos, nosotros sudamos, caemos víctimas del desodorante que nos traiciona en público a la media hora o del paso del tiempo que nos transforma en entes repulsivos. Preferimos no acercarnos, no tocarnos. Pedimos bebidas con hielo no por su glamour, sino como un acto de esperanza para recuperar la compostura, pero como todo acto de fe, la nuestra suele derretirse junto con los hielos antes de siquiera experimentar la más leve insinuación de frescura.
Lánguidos, abotagados y sudorosos, comprendemos entonces que el calor es un tema seductor, pero como suele ocurrir cuando recordamos amores pasados y volvemos a amarlos en retrospectiva para alcanzar el clímax cuando imaginamos la primera vez que los vimos, el calor es tema que se ama más y del que se puede hablar y escribir mejor cuando hace frío.
vizania74@yahoo.com.mx
A ritmo de primavera y calor
Con voz estentórea, el orador del mitin advierte de los riesgos de la privatización de Petróleos Mexicanos. Creo saber de que se trata el tema y prefiero mirar la blancura de la camisa de quien habla y la de los vestidos de quienes escuchan. Algunas personas se limpian el sudor de la cara con un pañuelo igualmente blanco o colocan la mano sobre la frente a manera de visera. Otras más cubren su cabeza con una pañoleta ¡blanca! A un lado mío una mujer vestida de tehuana, apenas susurrando, dice a su acompañante: “me enteré que estaremos a más de 30 grados”. Todos ahí, hombres y mujeres tenemos calor.
Y es fácil enterarse del clima porque los periódicos, la radio y la televisión dan el aviso: “Una ola de calor envuelve al valle de México. Tendremos temperaturas que nos habíamos tenido en 100 años. En varios días, el termómetro superará los 30 grados”. ¿Es una mala noticia? Quién sabe, pero la voz de los médicos no se hace esperar: “Recomendaciones básicas para estos días de mucho calor: vista ropa ligera y de color claro, evite que niños(as) y ancianos pasen mucho tiempo encerrados en un coche, no coma en la calle, refrigere los alimentos, tenga a la mano suero oral y visite a su médico en caso necesario”.
Es la primavera y el calor. Uno toma, por ejemplo, el autobús y encuentra asientos disponibles porque nadie quiere sentarse “en el lado en el que da el sol”, aunque todos(as) estemos amontados en “el otro lado”, evitando los rayos solares y buscando la ventanilla abierta. Y en el Metro los burócratas se aflojan la corbata y se tocan los sobacos para cerciorase (¡otra vez!) que la camisa está mojada de sudor. Alguien más, un anciano se queja de que los ventiladores no funcionan y “que este Metro es una porquería”.
En la calle la gente prefiere caminar bajo la “sombrita” o llevar en la mano un paraguas que en estos días es parasol: de color verde diluido y rematado con unas orejas de conejo (¿o son de ratón?). Y lucir blusas y camisas de manga corta, faldas por arriba de las rodillas, pantalones de pescador color beige, pantaloncillos, ombligueras, chancletas en lugar de zapatos, cabello peinado en chongo, gorras y sombreros.
En un parque, una mujer sentada con una botella de agua en la mano mira cómo, en medio de empujones y risas, algunos niñas(os) vestidos con uniforme de secundaria se dan un chapuzón en una fuente (“no, a mí no, debajo de la blusa no traigo nada”), mientras un grupo de personas con uniforme azul y el almuerzo en el Tuperware dicen: “Allá, en ese árbol, bajo la sombrita.” Y ahí, bajo ese árbol, el vendedor de BonIce y el señor del carrito de paletas hacen su agosto en abril.
¿Quién se puede sustraer a este ritmo y paisaje de primavera y calor? No, por cierto, aquellos(as) que en las cafeterías y restaurantes buscan la terraza o la banqueta: “Afuera o adentro. Afuera, por favor.” Ni aquellos que en lugar del “tradicional americano” prefieren el café frío, con crema batida y chispas de chocolate. Sí, en cambio, una pareja de enamorados que, a mitad de la acera, sin resguardo alguno, se besan apasionadamente. Y, también, un punk, quien vestido completamente de negro, con la mirada perdida y sentado en la glorieta de Insurgentes a pleno rayo de sol, parece no importarle que un transeúnte exclame entre asombrado y cariacontecido: “Qué calor. Estamos a más 30 grados centígrados”.
saulescri@yahoo.com


