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Bucareli | Jacobo Zabludovsky

Semana petrolera

Periodista y licenciado en Derecho por la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México. Inició sus actividades period ...

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En el Novedades de don Rómulo O’Farrill, Bucareli 27, publiqué algunos reportajes y fui colaborador permanente de la página editorial con una columna nombrada Clepsidra por el director Ramón Beteta

Lunes 24 de marzo de 2008

Semana petrolera

Se comprueba una vez más: la memoria es una facultad que olvida. La semana pasada, al hacer una revisión de mi paso por Bucareli, omití un capítulo intenso y prolongado del oficio.

En el Novedades de don Rómulo O’Farrill, Bucareli 27, publiqué algunos reportajes y fui colaborador permanente de la página editorial con una columna nombrada Clepsidra por el director Ramón Beteta. Ahí encontré compañeros y maestros legendarios: Mario Rojas Avendaño, jefe de información, y Fernando Mora, jefe de redacción. Y un personaje inteligente, Fernando Canales, gerente creador del suplemento cultural con más influencia habido en México, a cargo de Fernando Benítez. Al grito de hueso corría el Chinchihuillas desde la máquina del reportero al escritorio del jefe, tenga su papel. Voces y teclas, humo y una que otra mentada.

Omito deliberadamente dos escalas porque no fueron en Bucareli aunque tampoco lejos. A dos cuadras, en la calle de Doctor Mora, costado poniente de la Alameda, hoy jardín sobre las ruinas del terremoto, olí por primera vez la tinta de las rotativas de El Nacional, ayudándole a corregir pruebas de galeras a Luis Felipe Ureña Uribe, inquilino de un cuarto de azotea en mi vecindad, San Jerónimo 124. Los días libres de escuela iba con él y de vez en cuando rematábamos, premio al deber cumplido, con Santa la de las veladoras, en el Callejón de San Miguel, una accesoria destartalada que de día nunca fue estanquillo y de noche nunca llegó a taberna, muelle último de trasnochadores sedientos y riquillos en busca de un baño de pueblo más que de sorpresas anecdóticas. Recuerdo a Santa: Luis, cómo me traes a este chamaco. El chamaco llevaba ya algunas horas de vuelo. Otros correctores de pruebas en El Nacional: El Chino Corona y Joaquín Bauche Alcalde. Leí para disfrutar más que para corregir, a Mónico Neck, seudónimo de Antonio Ancona Albertos. Antes que las señales para el linotipista aprendí a jugar póquer con baraja española y a no llorar cuando perdía.

A la sombra del Monumento a la Revolución, en Ezequiel Montes y después en Vallarta 20, la revista Siempre. Gratitud y recuerdo especiales merece José Pagés Llergo. Ya expliqué, en otro Bucareli, a qué grado cambió mi vida y me enseñó, antes que los secretos del periodismo, los principios de la amistad. Cumplí cada semana con el compromiso de mi artículo. Y hasta el último minuto de su vida con el de la lealtad.

El miércoles fue aniversario de la expropiación petrolera y el tema de los tesoros terrestres, someros o profundos, creció sin transparencia. Al gobierno mexicano le bastó en 1938 un solo discurso para expropiar sus yacimientos a las compañías extranjeras. Al de 2008 no le bastan mil declaraciones, entrevistas, documentales de televisión, anuncios de radio y columnas franca o secretamente pagadas para devolvérselos. Con la eficacia de una venta de Doritos, nos quieren convencer de las bondades de aliarnos con aquellos viejos conocidos que con otros nombres regresan a lo mismo. Setenta años duró su weekend, no estaban muertos, andaban de parranda. “Las compañías petroleras”, dijo el presidente Lázaro Cárdenas esa noche, “se han obstinado en hacer, fuera y dentro del país, una campaña sorda y hábil…

Han tenido dinero… dinero para la prensa antipatriótica que las defiende. Dinero para enriquecer a sus incondicionales defensores... Pero para salvar de la destrucción las cuantiosas riquezas que significan los gases naturales que están unidos con el petróleo en la naturaleza, no hay dinero, ni posibilidades económicas, ni voluntad para extraerlo del volumen mismo de sus ganancias.” Podría haberse dicho el miércoles pasado.

El presidente Felipe Calderón, después de garantizar que “el petróleo es y seguirá siendo de los mexicanos”, usó el verbo “transformar”, en el que todo cabe, planteando la necesidad del apoyo de “empresas especializadas” para acceder a “las enormes riquezas existentes” donde Pemex no puede llegar, como en las aguas profundas del golfo de México.

Jesús Reyes Heroles fue más claro al pedir que se modifique el marco jurídico de la empresa que dirige, porque “No es razonable que Petróleos Mexicanos realice por sí mismo prácticamente todas sus operaciones críticas, sin flexibilidad para apoyarse en otras empresas nacionales o extranjeras…”. Clarísimo, la no privatización tiene sus asegunes.

En el Zócalo, Andrés Manuel López Obrador anunció un plan de resistencia civil pacífica que comenzará mañana martes, si el Ejecutivo presenta una iniciativa de reforma energética.

Otra vez la memoria: el niño de nueve años, alumno de quinto en la escuela primaria República del Perú, San Jerónimo 112 bis, dejó sus cuatro domingos ahorrados en la caja para pagar la deuda petrolera, formó junto a sus compañeros en el patio, todos con la blusa blanca de los días de fiesta, y aunque no era lunes se cantó el Himno Nacional. Orgullosos, seguros, unánimes. Setenta años después, el viejo sigue pensando y sintiendo igual, convencido de que fueron los 20 centavos mejor invertidos de su vida. Aquel día de 1938 un águila voló sobre México. Hoy lo que queda del niño solo ve zopilotes. Despierta esperanzas el sorpresivo discurso juarista de Felipe Calderón el viernes en Palacio Nacional. Es una toma de posición. Si expresa una voluntad política, debe traducirse en hechos que defiendan lo que Juárez hace siglo y medio, cimientos de un Estado amenazados hoy más que nunca. El ¡Viva Juárez! de Calderón estimula mi optimismo de principio de semana.



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