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Usos del poder | Alfonso Zárate

PRD, el extravío

Alfonso Zárate Flores, director general de Grupo Consultor Interdisciplinario, S.C. (GCI), es licenciado en Derecho por la Facultad de Derecho ...

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“De que la perra es brava…” Este domingo, la concentración convocada por Andrés Manuel López Obrador “en defensa del petróleo” sirvió para mostrar, otra vez, cómo la pugna por el control del aparato contamina todos los espacios; cada día crece la virulencia de los “puros” contra los “modositos” (también llamados “vendepatrias”)

Miércoles 27 de febrero de 2008

PRD, el extravío

“De que la perra es brava…” Este domingo, la concentración convocada por Andrés Manuel López Obrador “en defensa del petróleo” sirvió para mostrar, otra vez, cómo la pugna por el control del aparato contamina todos los espacios; cada día crece la virulencia de los “puros” contra los “modositos” (también llamados “vendepatrias”).

La virulencia entre “duros” y “negociadores” va in crescendo, con la salvedad de que la rijosidad y la intolerancia del núcleo que apoya a Andrés Manuel son inocultables. Los coordinadores parlamentarios del PRD ya lo experimentaron en carne propia: la gente de la Corriente de Izquierda Democrática (CID), que fundó y sigue dirigiendo René Bejarano, abuchea al diputado Javier González Garza y arremete con agua, botellas, palos y pancartas contra el senador Carlos Navarrete.

Cuando faltan menos de tres semanas para la elección del nuevo presidente del Comité Ejecutivo Nacional del mayor partido de la izquierda mexicana, la disputa entre Jesús Ortega y Alejandro Encinas parece inclinarse hacia Ortega. Dos datos recientes sustentarían esta lectura: 1) la decisión de impulsar a Porfirio Muñoz Ledo —y no a Leonel Cota o a Manuel Camacho— como coordinador del Frente Amplio Progresista (PRD, PT y Convergencia), y 2) la osadía de López Obrador de jugar abiertamente, exponiendo su capital político, a favor de la candidatura de Encinas.

Más allá de las violaciones estatutarias, la carta que el tabasqueño dirigió a los militantes exhibe la incongruencia de un “presidente legítimo” que, en el más puro estilo del viejo PRI, mete la mano al proceso interno de su partido y aumenta los costos de una derrota que no sería sólo de Encinas, sino de él mismo, y que haría más difícil su permanencia en el partido.

Pero antes de que se resuelva el dilema, distintos hechos anticipan la reedición de los rancios usos que han caracterizado a sus elecciones internas: acarreos, casillas zapato, rebase de los gastos autorizados, uso de recursos públicos, adulteración del padrón de militantes… “Todo se vale, menos perder”, parece ser la divisa en ambos bandos, así que a nadie sorprendería que la elección terminara en otro cochinero, o incluso en algo peor.

López Obrador tiene consigo al Frente Amplio Progresista y al movimiento social que congrega la Convención Nacional Democrática, pero para cumplir su leit motiv —hacerle la vida imposible a Calderón, encabezar la lucha de “los buenos contra los malos”— necesita ganar el control del partido. Un partido que en su mayoría de edad, y no obstante constituir la segunda fuerza en la Cámara de Diputados y la tercera en el Senado, acumula las más numerosas referencias negativas, cuya presencia electoral es marginal en la mayoría de los estados de la República y que no ha mostrado que se puede gobernar de otra manera, en congruencia con los compromisos definidos en sus documentos básicos. Una excepción es el Distrito Federal, donde sólo después de que López Obrador y Encinas dejaron la Jefatura de Gobierno, se concretaran la despenalización del aborto y la Ley de Sociedades de Convivencia, viejas banderas de la izquierda.

El partido que se perfiló luego del fraude de 1988 y que nació oficialmente el 5 de mayo de 1989 aparece extraviado, con una crisis financiera severa (el manejo de sus recursos ha sido heterodoxo, para decirlo suavemente) y afectado por escándalos de corrupción como los que desató Carlos Ahumada y que damnificaron no sólo al Señor de las Ligas sino a la propia Rosario Robles y a otros miembros de su equipo.

El PRD no ha logrado convertirse en una fuerza auténticamente nacional; con una escasa capacidad de autocrítica; “atado a prejuicios que llama lealtades políticas”, como escribe Carlos Monsiváis; negando la realidad, la más evidente —que, como reconoció Cuauhtémoc Cárdenas, el de Felipe Calderón es un gobierno legal y constituido—, enfrenta la disyuntiva de elegir al candidato de la burocracia partidista acostumbrado a los arreglos (“negocia, que siempre algo queda”, parece ser su divisa) o a otro que, a pesar de su trayectoria, aceptó el papel de candidato del jefe máximo y, por tanto, los apoyos de algunas de las tribus más nefastas.

Por lo pronto, los riesgos de ruptura crecen.



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