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Itinerario Político | Ricardo Alemán

Banalidad vs. realidad

Nació en la ciudad de México en 1955 e inició en 1980 su carrera profesional como reportero del diario "A.M." de León Guanajuato. Ha trabaj ...

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No sabemos de quién fue la ocurrencia de vestir de militares a los hijos del presidente Felipe Calderón —Juan Pablo y Luis Felipe—, y de presentarlos con un tufillo monárquico en el balcón central de Palacio Nacional durante el desfile del 16 de septiembre

Miércoles 19 de septiembre de 2007

Banalidad vs. realidad

La ocurrencia de vestir de militares a los hijos del Presidente ha provocado una dura crítica

En el pasado, la izquierda hizo su aporte a ocurrencias y ‘chabacanerías’ del poder

No sabemos de quién fue la ocurrencia de vestir de militares a los hijos del presidente Felipe Calderón —Juan Pablo y Luis Felipe—, y de presentarlos con un tufillo monárquico en el balcón central de Palacio Nacional durante el desfile del 16 de septiembre.

Lo que es cierto es que el asunto ha provocado una dura crítica de los calderofóbicos que ensayan todo tipo de explicaciones y buscan códigos ocultos, mientras que voces oficiosas insisten en que se trató de un mensaje —bien o mal calculado—, que por lo menos en su concepción buscó enviar una señal pública y mediática de que la familia presidencial —y por añadidura su pertenencia partidista y de su gobierno—, están del lado de las instituciones, sobre todo en momentos de actos violentos.

En todo caso, si ese pretendió ser el mensaje —o si de plano se trata de una ocurrencia infantil que confirmaría que el poder los hace iguales—, el “tiro le salió por la culata” al Presidente, ya que sólo consiguió llenar de parque las cananas de sus malquerientes, quienes —según del bando de que se trate—, lo emparentan con los desplantes locuaces de Vicente Fox, por un lado, y de Andrés Manuel López Obrador, por el otro.

En la memoria de muchos aún están presentes los excesos y las torpezas de Vicente Fox, quien desde el 1 de diciembre de 2000 arrancó su toma de posesión con un chabacano saludo a sus hijos —antes de saludar con el ritual del Congreso de la Unión—, lo que mostró desde entonces de lo que estaba hecho como gobernante. En esas fechas, por cierto —finales de 2000 y principios de 2001—, para muchos de los que votaron por Fox y que lo defendían ardorosamente, la ocurrencia era vista como una muestra de la “frescura” del nuevo gobierno. ¿Ya se olvidó?

Pero en el pasado reciente la izquierda mexicana también hizo su aporte a las ocurrencias y chabacanerías del poder —en este caso del no poder—, cuando el señor Andrés Manuel López Obrador se autodefinió como ganador “legítimo” de la contienda electoral y hasta se aventó la puntada de organizar un lucidor evento en el zócalo capitalino, en donde asumió el cargo de “presidente legítimo”, enfundado, ¡claro!, en la “legítima banda” presidencial. El ridículo del poder —o del no poder—, y de la política, que los hace iguales.

Pero más allá de estrategias, símbolos, códigos o mensajes fallidos —que por cierto sólo han servido para el regocijo del respetable—, y de lo ridículo que resulta que la opinión pública dedique —dediquemos—, tiempo y espacio a la banalidad de la política y el poder, lo cierto es que en los centros reales de poder, entre los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial; entre partidos políticos, gobernadores y hasta entre políticos a secas, la realidad política va ganando terreno la polarización que desencadenó la contienda electoral de julio de 2006.

Y es que si alguna lección dejaron las reformas electoral y fiscal que aprobaron los partidos representados en el Congreso —y que para unos son cuestionables y para otros ejemplares—, es que más allá de la polarización y las peleas que parecían insalvables entre PAN, PRD y PRI, se abrieron espacios reales para la política; el acuerdo, la negociación y el pacto político. En todo caso lo cuestionable es que mientras que los políticos dejan a un lado sus diferencias para llegar a acuerdos, sea por intereses o conveniencias, entre la sociedad quedan vivas las heridas y los rencores y se llega el extremo de banalizar la realidad.

Se puede criticar lo que se quiera, con o sin razón, el resultado de las reformas electoral y fiscal; la forma como se llevaron a cabo; sus alcances, beneficios o retrocesos. Pero nadie puede negar que en los hechos, frente a la realidad política, desapareció el riesgo del “choque de trenes”, de la anunciada parálisis del Congreso y del gobierno de Felipe Calderón, de la confrontación sin sentido entre “buenos” o “malos”, entre “legítimos” y “espurios” y que como resultado de esa pelea delirante se pudiera tirar a la basura el voto que capitalizó Andrés Manuel López Obrador.

Por encima de las frustraciones, heridas abiertas, rencores y rencillas que los políticos sembraron en amplios sectores sociales —como el cuento del fraude, los motes de “legítimo” o “espurio”, el “cero diálogo” y hasta el “peligros para México”— se impusieron la realidad política y conveniencia entre partidos, legisladores y gobernantes. Nos guste o no, se abrió paso a una “reconciliación temporal y por conveniencia” que por esa misma razón, por la “conveniencia” y por el desprecio a electores y seguidores, no se reconoce de manera pública. Detrás del engaño discursivo, de la canalización de la política, la caricatura del adversario, del odiado, se ocultan la terca realidad política de los acuerdos interesados, la negociación, el pacto. Y al final de cuentas, como siempre, se deja “colgados de la brocha” a electores y seguidores, “a la gente”.

¿Alguien tiene duda, con un poco de honestidad, que desde la toma de posesión de Calderón, pasando por el primer Informe, el ‘Grito’, las reformas electoral y fiscal, fueron resultado de una negociación pactada, en donde los actores centrales fueron los señores Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador? No ven esa realidad, que es parte de la realidad política e interesada de los centros reales de poder, sólo quienes se niegan a verla, aquellos que no quieren aceptar que a través del Congreso y mediante una alianza entre PAN, PRD y PRI, cada fuerza política consiguió lo que quería.

Le pueden seguir apostando a la banalidad de los uniformes militares, la supuesta censura, al cuento del fraude, lo que quieran —sobre todo los voceros del señor “legítimo”—, pero cada vez queda claro para más ciudadanos que los políticos y los gobernantes —sean de derecha o de izquierda—, no comen lumbre y no son suicidas; que pactan, negocian y acuerdan, casi siempre a espaldas de sus electores y seguidores, lo que tienen que pactar, acordar y negociar para sus intereses y su sobrevivencia. Cuesta trabajo creerlo, sobre todo para los fanáticos, pero en los hechos se impuso la realidad política, la negociación entre los odiados PAN y PRD. Y si mañana tienen que pelear de nuevo, también lo harán. Al tiempo.

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