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Estrictamente personal | Raymundo Riva Palacio

Lo caliente de la ´guerra fría´



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Viernes 11 de mayo de 2007

Lo caliente de la ´guerra fría´

Si en su acervo personal falta una probadita de lo que fue la ´guerra fría´, la línea imaginaria que divide a las dos Coreas es el lugar a visitar

PARALELO 38, Corea del Sur.- Llegar a la última frontera real de la guerra fría parece muy fácil. Se contrata en Seúl un tour por 50 dólares que lo lleva a uno hasta Imingak, un destino turístico a tres kilómetros de Corea del Norte, donde se encuentra el Puente de la Libertad, por donde cruzaron más de 13 mil prisioneros de guerra al firmarse el armisticio que partió este país, exactamente por este punto, en 1953. De ahí otro autobús lo lleva al Puente de la Reunificación, que algún día, esperan aquí, conecte nuevamente al norte. El tour es surrealista. Todo luce simple y, sin embargo, es donde el mundo encuentra su espectro más cercano a una guerra nuclear.

En ese puente todo cambia. Cruzándolo, aún en territorio de Corea del Sur, lo caliente de la guerra fría aparece. Los soldados, los explosivos contra tanques, las baterías antiaéreas, las 700 mil minas sembradas en esta montañosa región que no se han podido desactivar. El paralelo 38 es una franja desmilitarizada de cuatro kilómetros, dos de cada lado, de 148 kilómetros de longitud. Es la línea imaginaria más real que existe en el mundo y desde hace 54 años persigue a las dos Coreas, con sus 6 millones de muertos en una guerra de mil días y 10 millones de familias rotas por la separación.

El tour continúa en el Túnel 3. Descubierto por los surcoreanos en 1978, mide mil 635 metros de largo, y tiene dos de ancho y dos de alto. Sólo se pueden visitar 250 metros de esta vena de granito, húmeda y claustrofóbica que construyó Corea del Norte para desplazar a 10 mil soldados por hora y atacar Seúl, a sólo 52 kilómetros de aquí. Hay otros tres túneles. Uno similar a este, pero más corto, y dos más por el que podrían movilizarse tanques. Cruzan del norte al sur a 17 metros de profundidad, y se cree que cuando menos hay otros 20 en distintos escondidos en la zona.

Con todo, el Paralelo 38 no tiene la tensión que privaba a lo largo del Muro de Berlín, ni provoca la misma sensación entre rispidez tropical y jolgorio que se siente junto a la alambrada que rodea la base de Guantánamo, el enclave estadounidense en el occidente de Cuba sellado con 17 kilómetros de minas para evitar los malos pensamientos, y convertido hoy en la prisión ideal para violar todas las normas del derecho internacional.

Sin embargo, es tan serio como el ya casi inexistente muro berlinés, y su derrumbe mucho más complejo que la maniquea rivalidad entre el Oeste y el Este, que representaban dos ideologías y formas de ver el mundo antagónicas. China, Estados Unidos, Japón y Rusia usan el Paralelo 38 como una metáfora para su estrategia, mientras las dos Coreas juegan su destino como si estuvieran en una partida de ajedrez. En Pyongyang, la capital norcoreana, Kim Jong II, el dictador hijo de un dictador más duro, Kim II Sung, amenaza con su programa nuclear a Estados Unidos, y Corea del Sur insiste que la reacción, si bien firme, tiene que ser gradual, porque no es como parece. "Es su última carta para sobrevivir", dice Yeo In-Kon, el especialista ruso en el Instituto Nacional de la Unificación, de Corea del Sur.

En el poderío nuclear Corea del Norte sí tiene su última arma para negociar el fin de Corea del Norte. Sumido en la bancarrota y hambriento su pueblo, el régimen parece débil, aunque no tanto para imaginarse un colapso en el corto plazo. Los norcoreanos aprendieron de la experiencia germano oriental, donde la reforma económica (perestroika) y la liberalización política (glasnost), produjeron el colapso. Su moraleja es que, lejos de abrir, hay que cerrar el sistema. "Están convencidos que una mínima reforma provocará su caída", dijo un diplomático en Seúl. "No se van a mover en esa dirección".

Para la reunificación de las Coreas, ese paso es la primera condición. Pero se ve distante. Tanto como la segunda condición, que las potencias involucradas acepten esa unión. Se inclinan más por el statu quo. China, de quien pende en buena medida el futuro de Corea del Norte, ve en la unificación una amenaza para el desarrollo del noreste de su país, y en particular por la influencia que tendrían los coreanos sobre Manchuria, un territorio que perteneció a Corea. A Japón tampoco le interesaría ver a una Corea unificada, por la amenaza para su supremacía económica en la región y por la posibilidad de ser el primer punto de los desplazados. Estados Unidos tampoco, porque de darse la reunificación sería muy probable que Corea estableciera una alianza más sólida con China, su mercado natural. Rusia parece ser al único al que podría realmente interesarle, porque podría impulsar su desarrollo en toda esa zona económicamente atrasada.

Todos los surcoreanos, desde un punto de vista emocional, desean la reunificación, aunque no se ponen de acuerdo en los cómos y cuántos. Desde un punto de vista racional, a los jóvenes no les gusta nada la idea por el alto costo que anticipan. Un escenario real, planteado por Yeo In-Kon, es que una vez dadas las condiciones pudiera darse la reunificación en un plazo de 20 a 30 años, con costos que oscilarían entre 250 mil millones y mil millones durante los primeros 10 años. En el caso de Alemania, cada año han invertido 100 mil millones de dólares, con un total hasta ahora de 16 mil millones. Alemania Occidental era cuatro veces más grande que la Oriental, y el gasto por cada alemán oriental reunificado se prorrateó entre cuatro. En esta parte del mundo, hay dos surcoreanos por un norcoreano, por lo que la carga sería repartida entre menos personas. Un economista del gobierno estima que el costo final podría agotar 50% de los activos de cada surcoreano.

Los surcoreanos, de cualquier forma, preparan la reunificación. En esta zona del paralelo 38 han construido puentes y carreteras que sólo necesitan la conexión al norte, queriendo ganar tiempo al futuro. Construyeron una hermosa estación de ferrocarril, Dorasan, que confían que llegue a conectar la red ferroviaria surcoreana con el transiberiano ruso y el transchino. En frente de la estación levantan una inmensa oficina de inmigración que evoca la Isla Ellis, Nueva York, por donde entró la inmigración a Estados Unidos, y un parque de la paz para celebrar el fin de un país partido.

Parafraseando a Tayllerand, tienen prisa pero van despacio. Quieren una vía pacífica para la reunificación, sabiendo que un colapso como el alemán puede arrojar a las montañas a más de 2 millones de leales a Kim Jong II, según Yeo In-Kon, para librar una guerra de guerrillas. Es lo peor que podría suceder para las dos Coreas, para las potencias y para el mundo, después de la amenaza nuclear. Vistas todas las posibilidades, los surcoreanos más realistas dan ánimo al subproducto turístico de la guerra fría. No se estima en el horizonte cercano que los tours al Paralelo 38 desaparezcan. Hay tiempo para quien todavía desee una probada caliente de la guerra fría.

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