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Detrás de la Noticia | Ricardo Rocha

‘El violín’ y los soldados

Ricardo Rocha ha sido redactor, reportero, corresponsal de guerra, productor y conductor de programas.

En 1977 cubrió por dos meses la ...

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Jueves 03 de mayo de 2007

‘El violín’ y los soldados

Usted necesariamente tendrá que verla o por lo menos oirá hablar de ella: El violín es la película 100% mexicana más impactante de todos los tiempos y también la más premiada a nivel mundial en toda la historia del cine mexicano. Es también un compendio brutal y conmovedor de ese otro México marginado, injusto y con frecuencia violento que pervive en gran parte del territorio nacional.

El violín no le da concesiones a nadie: ahí están las operaciones militares de arrasamiento y quema de casas y pueblos; la bestial violación de una indígena por vía anal —¿le dice algo?— con gritos tan desgarradores que se quedarán para siempre en la memoria; la ejecución en caliente de quienes se niegan a delatar a sus compañeros y el aplastamiento de los derechos humanos con las armas. En contraste, la película humaniza un tanto a los soldados al mostrar a alguno compasivo por el hambre indígena y a su capitán tan despiadado como fascinado por la música.

El violín cuenta la historia de don Plutarco, viejo violinista pueblerino de oficio, con un hijo guerrillero en cualquier parte de este país. Así que la acción podría transcurrir en Guerrero, Oaxaca, Chiapas, igual que en La Huasteca o en Veracruz. Las mismas condiciones de miseria infrahumana que de explotación inclemente y sometimiento insultante. Por eso es un relato sin lugar ni tiempo. Pero absolutamente realista. En un blanco y negro tan documental que parece arrancar sus escenas a la verdad histórica. Como el carguero de redilas que hace de camión de pasajeros y que hasta en los tumbos por las veredas me recuerda dolorosamente aquel que llevaba a los 17 campesinos masacrados en el vado de Aguas Blancas.

Por eso es probable que El violín no sea una película “reveladora”, como reza el lugar común para llamar la atención sobre los filmes de estreno. Porque posiblemente la mayor parte de lo que ahí se ve o se dice ya lo sabíamos, lo imaginábamos o lo suponíamos. Sin embargo, la clave no es el qué sino el cómo. Y es en este punto, donde esta modesta producción cinematográfica alcanza alturas de obra de arte. Aprieta el corazón y no lo suelta. Apela a la razón sin darnos tregua. Su debutante director Francisco Vargas y su entrañable protagonista don Ángel Tavira logran una comunión extraordinaria entre sí y una complicidad permanente con un tercero que somos nosotros sus espectadores.

El violín llega además en un momento crucial del debate sobre las fortalezas y debilidades de una institución como el Ejército que los viejos situaban junto al presidente y a la Virgen de Guadalupe como intocables deidades sagradas.

Y es que tan sólo en los meses recientes, dos son los negros episodios que cuestionan severamente a la soldadesca de este país: la violación ejercida por militares en Castaños, Coahuila, y el horrendo caso de Ernestina Ascencio en Zongolica, Veracruz. En el primero, que por cierto motivó el merecido Premio Nacional de Periodismo a Soledad Jarquín, 13 bailarinas y sexoservidoras de la zona de tolerancia fueron violadas y golpeadas en julio de 2006 por una veintena de soldados de la Sexta Zona Militar de Múzquiz en un episodio en el que aún no se hace justicia y que fue denunciado en su momento por monseñor Raúl Vera López, obispo de Saltillo.

El de Ernestina Ascencio es caso aparte. Una denuncia documentada de violación tumultuaria de soldados sobre la que se descubren y hacen públicas evidencias no sólo de la Procuraduría veracruzana, sino hasta de la propia Secretaría de la Defensa Nacional que en su comunicado de prensa 019 del 6 de marzo de 2007 admitía: “Peritos especialistas llevan a cabo el dictamen pericial en materia forense, consistente en comparar el líquido seminal recogido del cuerpo de la hoy occisa con muestras de sangre que se tomen del personal militar”.

Bastó sin embargo un comentario del presidente Calderón de que Ernestina había muerto de gastritis para que todo diera un giro de 180 grados. Y que la Comisión Nacional de los Derechos Humanos rabiara como nunca, no para defenderlos sino para exonerar al sospechoso principal: el Ejército mexicano. Hoy, hasta la Procuraduría de Justicia de Veracruz se contagió de gastritis.

Y sólo El violín nos hace justicia.

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