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Estrictamente personal | Raymundo Riva Palacio

Basta de candidez



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Lunes 12 de marzo de 2007

Basta de candidez

Como siempre, el complejo de inferioridad lleva a pensar que el encuentro Calderón-Bush en Yucatán será un nuevo momento en la relación bilateral

En medio de una cascada de dulces voces, el presidente George W. Bush llegará a México para disfrutar de la placidez de Yucatán, y con la expectativa de muchos que sea el reinicio de una gran relación con el presidente Felipe Calderón. Hay tantos deseos y tanta candidez circulando en la opinión política y pública mexicana, que se atreven a decir que de los minutos que se reunieron en Washington cuando lo visitó Calderón como presidente electo, surgió una muy buena empatía. Sensacional. ¿Otra vez dejaremos atrás la realidad objetiva histórica como hace seis años, y partiremos de la subjetividad para definir la relación de Bush con Vicente Fox como inigualable? ¿Otra vez presas del complejo de inferioridad que se manifiesta en el cuerpo de la ilusión? Por favor.

No hay que levantar ninguna expectativa. Bush llega a México y hará lo que siempre ha hecho: trabajar poco. La parte que más le interesaba a Washington, abordar con equipo y colaboración sus preocupaciones por el terrorismo dentro del territorio mexicano, se resolvió durante la reciente reunión ministerial de la ASPAN en Ottawa, y lo más notorio de la relación bilateral, la reforma migratoria, sólo que en el Capitolio apuraran el paso legislativo sobre una reforma limitada, podría darle a Bush y a Calderón un poco más de sustancia a sus discursos temáticos. La agenda prevista, por decirlo de una manera generosa, es relajada. Esto no significa que Bush no quisiera tener en Calderón un Presidente subordinado, como lo quiso hacer con Fox. Para nada.

La historia del descarrilamiento de la relación personal de Fox y Bush, que nació en el rancho San Cristóbal en Guanajuato cuando ambos eran presidentes electos, es una experiencia que no hay que olvidar. Irak marcó el cambio radical en la relación entre ambos. Él era un creyente, dijo una vez Fox a su gabinete, por lo cual no podía apoyar una masacre en Irak. Su oposición moral, no política ni principista, a la invasión a ese país y la guerra contra Saddam Hussein se mantuvo hasta el final pese a las presiones continuas de Bush que le hablaba por teléfono para exigirle el respaldo "como amigos", o el del jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, quien todos los días telefoneaba al secretario de la Defensa, general Clemente Vega, para lo mismo. La inamovible postura moral de Fox polarizó aún más a su desarticulado gabinete, y algunos de sus secretarios, junto con empresarios y cuando menos dos muy prominentes intelectuales, abogaron insistentemente en Los Pinos para que Fox respaldara incondicionalmente a Bush.

Lo correcto de la decisión, materializada en un voto en Naciones Unidas, no fue manejado correctamente a nivel público, donde a diferencia de Chile, que actuó igual que México, no buscó humillar a Estados Unidos. La casa presidencial estaba dislocada y sin ideas claras de cómo procesar el voto contra Washington. El representante en la ONU, Adolfo Aguilar Zinser, bombardeaba a Los Pinos con mensajes urgiendo a tomar una posición contra Estados Unidos -y subordinada a la de Francia-, señalando que estaban dadas las condiciones para ello.

Los asesores más sensatos de Fox recomendaban esperar para ver cómo se conformaría la votación, con la esperanza de que si fuera muy negativo para Bush, México podría abstenerse de votar en un sentido claro, lo que no es inusual en la diplomacia. La lógica de Aguilar Zinser se impuso al final. Pero si la burla pública era perjudicial, la manera como se quería vender el repudio a Bush era peor.

Un consultor estadounidense, Alan Stoga, al que le pagaba la oficina de Comunicación Social de la Presidencia 50 mil dólares mensuales, convenció al entonces titular Rodolfo Elizondo que Fox concediera una serie de entrevistas con medios estadounidenses para subrayar su deslinde de Bush.

Marta Sahagún, la esposa incómoda, se sumó a la idea de linchar mediáticamente a Bush, pensando que era una forma de posicionar al presidente mexicano en Estados Unidos. Era un absurdo, y así se lo explicaron varias personas que influían en él, como en aquel entonces su secretario particular Alfonso Durazo. Se desechó la idea, a cambio de un mensaje a la nación, políticamente innecesario de cualquier forma, pero que fue la única forma de conciliar la guerra civil en Los Pinos. Fox convalecía de su operación en la espalda y tuvo que grabar tres veces el mensaje, levantándolo de la cama cada vez. Aun en esos momentos, los más beligerantes intentaron sabotear el mensaje, cambiando el texto que finalmente leyó.

Como lo calculaban los menos aventureros, fue un desastre. Bush lo tomó como una afrenta directa y una traición. La relación bilateral, la real, no la discursiva, se puso en una congeladora. Se mantuvieron los contactos pero jamás regresó la confianza. Fox, que no entendía mucho de lo que había sucedido, siempre quiso recomponer esa relación sin éxito. Quien más notaba el enfriamiento era el entonces subsecretario de Relaciones Exteriores para América del Norte, Gerónimo Gutiérrez, quien después de ese incidente fue viendo cómo cada vez era más difícil lograr encuentros de alto nivel en la manera intensa y variada como se habían dado. Fox había pasado a ser uno más de los mandatarios mexicanos que terminaban mal con su contraparte estadounidense, aunque las razones por las cuales llegó a ese punto fueron muy diferentes a las sucedidas en el pasado.

En la historia de las relaciones hubo momentos de gran tensión en los que México jugó contra Estados Unidos. El voto aislado contra la expulsión de Cuba de la OEA marcó por décadas la relación de equilibrios en la política exterior mexicana. A Luis Echeverría lo amenazó directamente Richard Nixon con represalias si no rechazaban el ingreso de China a la ONU, pero en lugar de amilanarse, el presidente mexicano ordenó una campaña mundial a favor de Pekín. Miguel de la Madrid construyó en Contadora una opción diplomática para impedir la invasión de Estados Unidos a Nicaragua, que llegó a tal nivel de inminencia que un representante de Washington, Philip Habib, viajó a México para informar cuándo comenzaría. Carlos Salinas quería apoyar la invasión de Panamá que ordenó George Bush padre, pero se abstuvo después de explicar en Washington que domésticamente era imposible.

Cada presidente mexicano utilizó razones de Estado para enfrentarse a Washington. Fox lo hizo por razones morales sin asideras a la real politik. Y así le fue. Le llegó el momento a Calderón, quien empezará a lidiar con Bush en el umbral de ser un cadáver político, pero que como las fieras heridas, puede ser más peligroso. Ya lo decía un secretario de Estado, John Foster Dulles: "Estados Unidos no tiene amigos, tiene intereses". Cierto. Bush no es ni será amigo de Calderón; no es ni será su aliado. Que no se haga nadie ilusiones. Fox es la mejor fotografía de un naufragio por candidez.

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