El espacio, el transporte público y el cuerpo
Viernes 23 de febrero de 2007
El espacio, el transporte público y el cuerpo
S.G.L.
En su calidad de transporte público, un camión, un vagón del Metro o del tren ligero, un trolebús y un pesero se convierten -aunque efímeros- en lugares de reunión. Mientras dura tu viaje, mi viaje, o sea antes de que te bajes o yo me baje, creamos y compartimos un lugar. Y ocupamos un espacio y adoptamos ciertas posturas corporales.
Pero hay de posturas a posturas. Al subirse en el camión uno podría encontrarse a un pasajero parado con el compás de los pies abierto y tomado del travesaño horizontal formando con los brazos un ángulo casi de 45 grados: ese es un hombre cuya postura corporal no sólo ocupa un considerable espacio, sino cuyos codos son un arma de temer. Un movimiento inesperado del camión (algo frecuente, por cierto) y ese codo va a dar a la cara o pecho del vecino o vecina de al lado.
Pasar detrás de estos hombres por el estrecho corredor que conduce a la puerta de bajada es una travesía durante la cual uno tropezará con la saliente rodilla de otro pasajero sentado. Para un hombre que al sentarse abre las piernas, separa completamente las rodillas y deja caer los brazos para formar otra vez con los codos una punta afilada, no es suficiente un asiento, sino la mitad del otro y, si se puede, un pedacito más. Que en un sillón en el que caben cinco sólo se acomodan tres es una prueba de que los hombres son expansivos a costa de los demás: esos tres cuerpos distendidos, pegados el uno al otro, delinean una especie de forma o espacio o lugar que irradia hostilidad, rechazo y autoritarismo.
Al subirse en el camión y toparse con una mujer que no va sentada, uno encontrará un espacio diseñado por alguien que lleva el compás de los pies cerrado y una de cuyas manos la lleva sobre el pasamanos mientras la otra cae sobre el bolso que cuelga del hombro. Siempre sensibles al comportamiento abusivo de los hombres, las mujeres de pie "cavan" en su sitio para ganar más lugar: cuando pasa un hombre por detrás, ellas se mecen de un lado a otro (y viceversa) con la loable tarea de sacarle más espacio al espacio y evitar ser tocadas (abusadas).
Ocupando un asiento, y sobre todo si visten falda, suelen unir una rodilla a la otra, cruzar las piernas si llevan pantalón, poner los hombros ligeramente redondeados y colocar los brazos y las manos sobre el regazo. Con esta postura corporal ceden sin decir palabra alguna, y con prudencia, la mitad del asiento al compañero de a lado.
Al compartir el lugar, en el asiento para cuatro caben seis y alguien más, porque a la sugerencia de "se mueve un poquito por favor", ellas se deslizan, se encogen como para comprimirse a sí mismas y dejar espacio. Una al lado de la otra, los cuerpos de las mujeres así acomodadas trazan -a diferencia de los hombres- los límites de un espacio amable, relajado y discreto.
Cuando comparten el lugar hombres y mujeres, el espacio adquiere la forma de dominio: si alguna mujer viaja en medio de dos hombres, ella casi es asfixiada. En la orilla, la prudencia y el silencio se tornan en invisibilidad: las mujeres casi desaparecen y sólo vuelven a ser visibles cuando piden permiso para bajar y dejan el asiento a la señora que, amablemente, cede el lugar al niño, quien toma ya el asiento como lo haría un hombre adulto.
Hora pico
J.C.B.
Miren ustedes cómo ha cambiado el temple de nuestros literatos en apenas un siglo de viajar en el siempre catastrófico sistema de transporte público de la ciudad de México.
Manuel Gutiérrez Nájera, en su Novela del tranvía, todavía pudo permitirse la compasión por los demás pasajeros e imaginar para ellos una suerte y una manera de vivir. El sentido del tiempo era otro y los cuerpos entonces viajaban separados con decencia. Pero ya Salvador Novo, que sentía una debilidad erótica por el olor a gasolina, se trepaba en los camiones urbanos a sacarle la plática a los choferes, diálogos nada platónicos que, suponemos, terminaban horizontalmente. El autobús empezó a ser un contenedor sexual, algo que, varias décadas después, Efraín Huerta expresó con alevosía en su poema Juárez-Loreto:
La del piernón bruto me rebasó por la derecha:/ rozóme las regiones sagradas, me vio de arriba abajo/ y se detuvo en el aire viciado: cielo sucio/ de la Ruta 85...
Lo que viene después es una celebración báquica (y si se quiere machista) de los rozamientos, las raterías, los amores tránsfugas y las eyaculaciones precoces, publicada en un año ya tan remoto como 1974, cuando la ciudad empezaba su viaje sin retorno al Apocalipsis, y cuando no teníamos ni idea de la cantidad de gente que estaríamos para presenciarlo. La ciudad creció mucho. Y desde el origen fue el caos. Y he aquí que las multitudes tuvieron necesidad de transportarse. Y Corona del Rosal hizo el Metro. Y los chilangos(as) descubrieron que el pecado original es un asunto entre muchos en plena hora pico.
Después (claro) llegó Carlos Monsiváis, y lo que dijo quedó grabado en la sicología social como tablas de la ley: "El Metro es la ciudad, y en el Metro se escenifica el sentido de la ciudad, con su menú de rasgos característicos: humor callado o estruendoso, fastidio docilizado, monólogos corales, silencio que es afán de comunicarse telepáticamente con uno mismo, tolerancia un tanto a fuerzas, contigüidad extrema que amortigua los pensamientos libidinosos, energía que cada quien necesita para retenerse ante la marejada, destreza para adelgazar súbitamente y recuperar luego el peso y la forma habituales".
Pero el Metro no es el espejo sudoroso de la ciudad sino, tal vez, su subconsciente apiñado. El infierno, que Dante imaginó repleto de gente, quizá no es tan infernal. La sexualidad de los mexicanos -reticente, ladina, hipocritona, barroca, desbocada- viaja en Metro. Y nuestro sentido del cuerpo, las nociones de deseo y represión, se templan ahí cotidianamente. El cuerpo urbano sólo se explica en la multiplicación infinita de los cuerpos.
Un cuerpo pegado a otro cuerpo pegado a otro cuerpo pegado... etcétera.
El Metro es también nuestro surtidor de prodigios. Tengo un amigo al que llamamos La Vanesa. Todos los días viaja desde Pantitlán a su trabajo en el Centro. Un día se dio cuenta que un buen mozo la observaba desde el otro extremo del vagón. Todos los días a la misma hora miraba al muchacho que la miraba ardorosamente. Un día la multitud los empujo hasta dejarlos frente a frente. Vanesa bajó los párpados. En silencio se tomaron de la mano y así siguieron hasta que llegaron al Centro, donde se separaron sin hablarse. Una semana, día tras día, hicieron lo mismo. Hasta que, por fin, bajaron en la estación Allende y se hablaron: descubrieron que los dos se llamaban Alejandro y que eran del mismo signo.
Claro que nadie le cree la historia a Vanesa y todo el mundo hace suposiciones más gruesas. Pero yo sí se la creo. Pienso que en el Metro puede ocurrir absolutamente lo que sea, hasta el pudor.
Los integrantes del colectivo La Primera Dama son: Vizania Amezcua, Juan Carlos Bautista, Adriana González Mateos y Saúl Gutiérrez.


