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El Waterloo de Andrés



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La declaración del vocero del PRD de que el 1 de diciembre ellos serían quienes controlaran el derecho de admisión a la Cámara de Diputados y que impedirían la toma de posesión de Felipe Calderón como Presidente, no era una más de las bravatas acostumbradas de Gerardo Fernández Noroña

Lunes 04 de diciembre de 2006

El Waterloo de Andrés

En rebeldía, generales y soldados de López Obrador se negaron a acatar sus órdenes de impedir la toma de posesión de Felipe Calderón

La declaración del vocero del PRD de que el 1 de diciembre ellos serían quienes controlaran el derecho de admisión a la Cámara de Diputados y que impedirían la toma de posesión de Felipe Calderón como Presidente, no era una más de las bravatas acostumbradas de Gerardo Fernández Noroña. Andrés Manuel López Obrador y el ala más radical de sus seguidores estaban decididos a ello. Metieron golpeadores a San Lázaro para bloquear los accesos al salón de plenos e impedir el quórum para la ceremonia de investidura, e introdujeron huevos para lanzarle a Calderón cuando apareciera en el salón y gases lacrimógenos para tirar dentro del recinto cuando, como esperaban, el Estado Mayor Presidencial tratara de repeler las agresiones al Presidente.

Al final, quienes bloquearon los accesos al salón de plenos y le pusieron cadenas a las puertas fueron choferes de legisladores perredistas, pero desde muy temprano de ese día se había desechado la agresión de los huevos y la utilización de los gases lacrimógenos. Más aún, el número de diputados y senadores perredistas en el salón del pleno de San Lázaro era inferior a los 100, y para cuando comenzó la sesión, los empellones y golpes previos, el tumulto y los silbatazos de los perredistas durante el acto de investidura fueron un epílogo diferente del intento de asonada legislativa. Lo que se vio en la toma de posesión, más allá de la conclusión de un grotesco espectáculo que había comenzado 72 horas antes, fue otro tipo de golpe del PRD, pero no a las instituciones, sino en contra de quien las desafió. En efecto, ese día, los perredistas decidieron separarse de López Obrador.

Si López Obrador está derrotado en definitiva dentro del PRD falta todavía por verse. Lo que sí le sucedió fue que encontró un Waterloo en San Lázaro que vivió, como Napoleón en la vieja Bélgica, como consecuencia de sus propios errores. Las instrucciones de impedir la toma de protesta fueron desoídas. Las motivaciones comienzan desde el 20 de noviembre, cuando López Obrador tomó posesión como presidente legítimo. Cercanos a él habían tratado de evitar que lo hiciera, pero fracasaron. No fue inusual. Desde que se empecinó en ser llamado presidente legítimo, su mentor Enrique González Pedrero, con quien trabajó en el gobierno de Tabasco, trató de hacerle ver el error. Durante una difícil sesión de 90 minutos, encontró un muro a la racionalidad que expresaba. Las cosas empeorarían.

El 20 de noviembre marchó sobre los perredistas. En su discurso marcó una agenda legislativa que no era la que estaba negociando el PRD en el Congreso y el Senado, y le ordenó al próximo jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, que no aumentara el precio de la leche. Anunció luego una iniciativa de ley contra monopolios que, como la que este lunes sobre presupuesto, tampoco estaba en las líneas de negociación legislativa. Días después, en una reunión para discutir las acciones del 1 de diciembre, uno de sus cercanos planteó: ¿de qué se trata? De tomar sólo la tribuna para impedir que tome posesión Calderón, o de derrocarlo. Los moderados, que estaban por hacerle pasar un muy mal rato a Calderón, pero sin romper el orden constitucional, ya ni siquiera hablaron. Pensaban, dijo uno de ellos, que era imposible.

Como tenían la promesa del PRI que si había violencia y la policía golpeaba a legisladores o a la gente se retirarían del salón del pleno para romper el quórum de la sesión, prosiguieron en una lógica de ruptura de la legalidad. Sin embargo, de acuerdo con legisladores perredistas, desde el martes previo a la toma de posesión, López Obrador rompió la comunicación con los coordinadores perredistas en el Congreso, Javier González Garza, y en el Senado, Carlos Navarrete. El ala más radical acusó de "traidores" a los miembros de Nueva Izquierda, que encabeza Jesús Ortega y a la que pertenece Navarrete, por buscar una negociación política para el día primero. El PRI, en tanto, había acordado con el PAN en la víspera del 1 de diciembre la Comisión de Cortesía que recibiría a Calderón en San Lázaro. Esta comisión era estratégica. Como cuerpo representativo del Congreso, en dado caso que no existieran condiciones para que Calderón rindiera la protesta ante el pleno, tenían la autorización de la mayoría para recibir por escrito la protesta, con lo cual el panista habría cumplido con el requerimiento constitucional.

Antes de las siete de la mañana del día primero, acercándose la hora de la verdad, los diputados perredistas tuvieron una reunión para terminar de decidir sus acciones. Carlos Navarro, de Torreón, planteó la pregunta clave: ¿qué vamos a hacer? ¿Impedir con violencia la toma de protesta? Si lo hacemos así, no quedará más ruta que la violenta, dijo. Como el paso hacia la ilegalidad era inevitable en esa lógica, González Garza lo apoyó, junto con una mayoría de los diputados. Ni huevos, ni gases lacrimógenos al pleno, acordaron. A esa hora en el zócalo, la dinámica era diferente. El presidente del PRD, Leonel Cota, urgía a López Obrador marchar hacia San Lázaro, y acusaban a Dante Delgado, líder de Convergencia, de haberlos traicionado. Los representantes del PT, otro partido de su coalición, sugerían que tomaran por asalto el Palacio Nacional a través de la puerta posterior, en la calle de Moneda. López Obrador asentía. Lo que ustedes quieran, haremos, les dijo. Pero tomó la decisión contraria. Al Congreso no, sino a Chapultepec, ordenó, nada de violencia, ni siquiera pintas en las paredes. ¿Qué sucedió?

López Obrador no mordió el anzuelo de la radicalización violenta. Mientras se decidía la estrategia, hablaba por teléfono con algunos incondicionales en San Lázaro, quienes le daban un reporte de lo que sucedía. En el Congreso no había mucha fuerza perredista, por lo que iban perdiendo fuerza y posiciones. El PAN iba conquistando terreno en el salón de plenos mientras el EMP iba asegurando por pequeños territorios el paso de Calderón. El PRI había negociado integrar el quórum, y los dirigentes del PRD en el Congreso, siguiendo la línea política de los líderes de las corrientes, decidieron dejar de ser rehenes de López Obrador. Cuando éste realizó su mitin en Chapultepec, había menos de 30 legisladores perredistas con él, y Ebrard había sido el gran ausente del acto político. Los gobernadores Lázaro Cárdenas y Zeferino Torreblanca fueron a la toma de posesión, y Amalia García, que no fue, acudió a la comida de gobernadores con Calderón el sábado. Varios líderes perredistas que acompañaron a marchas forzadas a López Obrador en la postelección decían desde el viernes que había llegado el momento de ponerle un fin a ese liderazgo. El día primero mandaron la señal pública del rompimiento general con López Obrador quien, por esencia y carácter, difícilmente asimilará pacíficamente el golpe.

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