La urbe y las antigüedades

Presentar a la sociedad una manera diferente de ver los barrios y la gente que habitó en ellos desde el siglo XIX hasta 1960 es el principal o ...
Domingo 05 de noviembre de 2006
Aquellos locales asemejaban un islote en el tiempo que recordaba a través de muebles, lámparas, adornos, pinturas y utensilios, que la realidad de nuestra urbe se cimentaba en el pasado, y que no importaba qué tan modernos parecieran soplar los vientos, algún día todo lo conocido se encontraría también en el polvoso aparador de alguna tienda de antigüedades.
En las calles del centro de la ciudad, así como en la Juárez y la Roma, comenzaron a proliferar desde 1940 algunas tiendas de gran tradición en objetos viejos en buen estado, que atraían las miradas de los parroquianos sin importar la clase social.
Para unos, adquirir algún artículo en estos establecimientos era añadir un toque de nostalgia a sus casas, mientras que otros veían en las antigüedades una inversión que algún día podría sacarlos de un apuro.
Si bien, los anticuarios del primer cuadro de la ciudad solían ser muy competitivos a la hora de amarrar una venta, existía entre ellos un código para establecer un estándar de precios, además de recomendarse mutuamente, cuando algún cliente buscara alguna pieza rara que no se encontraba en su catálogo.
Poco después del auge de estos negocios, comenzó a surgir en la ciudad un mercado informal de antigüedades en algunos tianguis y estanquillos improvisados. Progresivamente lugares como La Lagunilla comenzaron a lucrar con todo lo imaginable que tuviera textura y olor de tiempos pasados.
En los aparadores de tales negocios podía encontrarse desde un fonógrafo con todo y su colección de discos, pasando por catalejos, camafeos, candelabros, cubiertos de plata; hasta llegar a comedores de finas maderas, grandes espejos biselados, viejos óleos e incluso artefactos mecánicos caseros que en su tiempo fueron tomados como una gran innovación tecnológica.
Casi en ninguna tienda había objeción para los mirones ocasionales, sobre todo los que domingueaban sin rumbo y eran atraídos por aquellos adornos con densa pátina, esas maderas gastadas que habían sido nuevas en la época de los bisabuelos o los detallados diseños de joyería que por ser tan elaborados estaban descontinuados con la llegada de la fabricación en serie.
La mayoría de las veces el precio de un objeto se fijaba de acuerdo con la posición social que mostrara el cliente o, bien, su interés, en caso de tratarse de un cazador de piezas raras. Para los expertos de este negocio, el regateo se convirtió con los años en una nueva modalidad del póquer, donde sin barajas ni apuestas, salía victorioso aquel que no daba su brazo a torcer.
Lo más recomendable, según afirma el lector Daniel Villaseñor, quien durante muchos años atendió, junto con su padre, una tienda de antigüedades en la colonia Cuauhtémoc, era que el cliente fijara con astucia la atención del vendedor en algunos objetos que no tuviera la intención de adquirir. Una vez que el regateo llegara a su punto máximo, lo mejor era tirar la toalla y retirarse, pero antes de salir, casi como si fuese un premio de consolación, preguntar por la pieza deseada y ofrecer un precio bajo.
A menudo los anticuarios eran conocidos por su habilidad para embaucar ingenuos. A veces adquirían valiosos objetos de colección por una bicoca en bazares o en los menajes de casa que se anunciaban en los periódicos. De la misma forma, aquellas piezas sin valor, a las que solían llamar "chapas" o "chácharas chinas", por dar el gatazo de ser muy caras, eran vendidas a algún presuntuoso ignorante en las perlas de la virgen.
Debido a la dificultad para fijar precios para objetos sin antecedente y para los que la ley de la oferta y la demanda era algo obsoleto, hasta estos viejos lobos cometían errores de vez en cuando y soltaban mercancías por las que hubiesen recibido 10 veces lo pagado por el cliente.
No era raro que una humilde y polvosa lamparita relegada al rincón de las ofertas, hubiese pertenecido, por ejemplo, a la colección personal de los Habsburgo, o que dentro de esa carpeta con viejos timbres postales que había sido adquirida a una viuda neófita en filatelia, estuviese escondida una estampilla más cara que los retablos de la Catedral.
Entre las anécdotas de este ramo, don Daniel Villaseñor recuerda cuando la actriz María Félix acudió a su tienda con unas amistades y miró por largo rato una caja de espejos con marcos de bronce que tenía pequeños cajones estilo vitral.
Prendado desde hacía muchos años por la gran belleza de la actriz, nuestro lector recuerda cómo se acercó a ella y entre nerviosos tartamudeos le ofreció bajarle el precio marcado en la etiqueta, ante lo cual la Doña respondió:
-¡Qué amable!, pero no, gracias, ¡está horrenda! Sólo quería decirle que acabamos de pasar por La Lagunilla y vimos una igualita, al doble. ¡no sea baboso, súbale el precio o lo van a tomar por novato!
Aquella cajita de vitral nunca fue vendida y se conserva hasta la fecha en el librero de nuestro lector, siempre libre de polvo y pulida con esmero en honor a su famosa consejera.
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