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Itinerario Político | Ricardo Alemán

Oaxaca al revés

Nació en la ciudad de México en 1955 e inició en 1980 su carrera profesional como reportero del diario "A.M." de León Guanajuato. Ha trabaj ...

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Martes 31 de octubre de 2006

Oaxaca al revés

No se entiende por qué un Estado democrático tuvo miedo al uso de la fuerza pública para evitar que creciera el conflicto

En un largo mensaje electrónico, un mexicano que vive en algún lugar de Europa dice estar atento a lo que ocurre en su tierra, Oaxaca. Intenta sin suerte entender lo que está ocurriendo, pero su sólida formación en países con una larga cultura democrática, de respeto al derecho y aplicación de la justicia, de respeto a los derechos humanos, le impiden entender lo que llama el "México al revés", que es un fenómeno aplicable a todo el país, pero que se manifiesta con más claridad en el "Oaxaca al revés" que vivimos.

Ese mexicano educado en democracias formales no entiende, por ejemplo, de qué democracia se habla en México cuando un grupo social fundamental para la democracia, el magisterio, protesta contra los presuntos abusos del poder paralizando la educación de un millón de educandos. No entiende cómo es que no existe autoridad capaz de impedir ese crimen de lesa humanidad. No entiende cómo es que se paga el salario a los maestros que no cumplen con su misión, y cómo es que recibirán los salarios caídos y hasta un bono económico.

No se entiende cómo un gobierno como el de Vicente Fox -que inauguró la democracia electoral en México- ofrece más de 40 mil millones de pesos para la nivelación salarial de los maestros, cinco meses después de que esa fue la demanda de origen, con lo que se creó un espacio de ingobernabilidad y ruina económica de un estado como Oaxaca. ¿Quiere decir eso que son efectivas y permitidas por el Estado mexicano la presión ilegal, el chantaje, la ilegalidad, la anarquía, el crimen, la violación de libertades básicas y de los derechos humanos?

No se entiende por qué un Estado democrático, legalmente constituido como el que encabeza Fox, tuvo miedo al uso de la fuerza pública para evitar que creciera el conflicto, para impedir el vandalismo, la guerrilla urbana en el centro de Oaxaca, las barricadas, el estado de excepción, la creación de tribunales populares y juicios sumarios, la denigración pública de los que esos tribunales consideran enemigos, la destrucción de oficinas públicas, el asalto a estaciones de radio y canales de televisión, el uso de esos medios para estimular el terror y llamar al ajusticiamiento de los que se oponen a ese vandalismo. En una democracia real los reclamos legítimos del magisterio y de la APPO se resuelven por los canales institucionales, mientras la barbarie desatada, los grupos radicales se contienen mediante el uso de la fuerza pública.

No se entiende cómo mientras el vandalismo impide siquiera el libre tránsito de los oaxaqueños, meses después de que estalló la crisis se decide llamar al diálogo entre el gobierno y los promotores de la violencia. Y otra vez las mesas de diálogo se convierten en la legitimación del uso de la violencia contra la estabilidad del Estado. Porque no sólo se cumplen hasta el colmo las demandas de origen de los rebeldes, sino que se pacta la impunidad de la APPO y el magisterio, como si fuera juego de niños lo que han provocado en Oaxaca. Esos diálogos no fueron más que la validación de que la violencia, la ilegalidad, y el crimen son instrumentos legítimos en la democracia mexicana.

No se entiende cómo el gobierno de Ulises Ruiz despliega, de manera impune, grupos paramilitares que con armas de alto poder enfrentan a los rebeldes -los que si bien deben ser reprimidos con el uso de la fuerza pública no pueden ser sujetos de venganzas policiacas-, lo que convierte a esos grupos paramilitares en enemigos del Estado, iguales a los que dicen combatir. Y tampoco se entiende cómo es que nadie hace ni dice nada sobre los grupos paramilitares que también existen entre los rebeldes de la APPO y el magisterio, los que han asesinado a más de uno de los oaxaqueños que piensan y actúan distinto a ellos, que fueron muertos a golpes, degollados, a navajazos.

No se entiende que la impunidad reine en Oaxaca, que a pesar de que el número de personas muertas supere a los 15, y que no exista un solo detenido, un solo juicio contra los responsables. Se entiende que los encargados de velar por los derechos humanos denuncien la violación de las garantías individuales en el caso de las acciones policiacas y parapoliciacas, pero no se entiende el silencio sobre las atrocidades cometidas por la APPO y el magisterio. No se entiende la razón para permitir que frecuencias radiales, en Oaxaca y el DF -ilegales y en manos de los rebeldes-, sean poderosos instrumentos para estimular la violencia, más que las reivindicaciones sociales.

No se entiende el concepto de democracia del gobierno de Vicente Fox, del sistema de partidos -PRI, PAN, PRD, Convergencia, PVEM, PT y otros-, de instituciones del Estado como las cámaras del Congreso, que defiendan sus alianzas, sus cotos de poder, sus venganzas políticas y hasta personales, sus gobiernos, por sobre el interés superior de la nación y de Oaxaca, por sobre el interés de los oaxaqueños, y por sobre la razón de ser del propio Estado mexicano; razón que no es otra que la defensa de los bienes y las personas. Pronto caerá Ulises Ruiz, pero si en México se vive en una democracia real, también deberán caer las cabezas de los promotores de la revuelta. Al tiempo.

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