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Itinerario Político | Ricardo Alemán

Fox, al cadalso

Nació en la ciudad de México en 1955 e inició en 1980 su carrera profesional como reportero del diario "A.M." de León Guanajuato. Ha trabaj ...

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En los últimos días de su gestión como "presidente del cambio", Vicente Fox no sólo ha jugado con fuego, sino que peligrosamente parece empeñado en "jalarle la cola al tigre", felino que de un zarpazo le puede cortar la cabeza y convertirlo en uno más de esa la larga lista de ex presidentes indeseables

Jueves 26 de octubre de 2006

Fox, al cadalso

El mandatario saliente podría incumplir la máxima de sacrificar su imagen para facilitar el arranque del nuevo gobierno

En los últimos días de su gestión como "presidente del cambio", Vicente Fox no sólo ha jugado con fuego, sino que peligrosamente parece empeñado en "jalarle la cola al tigre", felino que de un zarpazo le puede cortar la cabeza y convertirlo en uno más de esa la larga lista de ex presidentes indeseables.

Y es que al negarse a pagar los costos de la mayor crisis política, social y económica del fin de su gestión, como la de Oaxaca -que en rigor es de su autoría-, el aún presidente Fox rompería una de las reglas fundamentales, no escritas, de toda sucesión del poder y, sobre todo, del cambio en el peculiar presidencialismo mexicano. Es decir, Vicente Fox podría incumplir la máxima básica de sacrificar una porción de su imagen y popularidad como mandatario saliente, para facilitar con ese sacrificio el arranque del nuevo gobierno, de quien será su sucesor. Y el problema se complica más aún si se toma en cuenta que el nuevo gobierno será del mismo partido.

La historia del presidencialismo mexicano consigna ejemplos de ex presidentes que, con la responsabilidad del caso, sacrificaron su popularidad e imagen como ex presidentes, mientras que abundan los de aquellos que de manera irresponsable prefirieron llevarse a su museo personal las encuestas de popularidad, sin importar el tiradero que dejaron a su sucesor. Éste último puede ser el de Vicente Fox, un presidente que en por lo menos dos ocasiones se negó a resolver, por la vía de la fuerza pública, el conflicto de Oaxaca.

Entre las más recientes transiciones mexicanas destacan la de Gustavo Díaz Ordaz, el cuestionado presidente que a pesar de su distanciamiento con su sucesor, Luis Echeverría, asumió todo el costo político e histórico de la matanza del 2 de octubre de 1968. Eso le valió una ex presidencia tersa frente a su sucesor e incluso la encomienda de embajador de México en España. No ocurrió lo mismo a la salida de Echeverría, quien al pretender un trasnochado maximato -luego de que fue responsable del crimen de Estado de 1968 y de 1971-, fue expulsado literalmente a las islas Fidji.

López Portillo heredó el poder a Miguel de la Madrid, en medio de un desastre económico, pero tampoco estuvo exento de venganzas de su sucesor por la irresponsable devaluación del peso en septiembre de 1982. Los amigos más cercanos de López Portillo, como Jorge Díaz Serrano y el bárbaro Arturo Durazo Moreno, pagaron los platos rotos. El de Miguel de la Madrid fue un mal gobierno, anodino hasta en las venganzas y desde que seleccionó a Carlos Salinas como su sucesor prácticamente se hizo a un lado, a pesar de que estuvo ausente desde mucho antes de dejar el cargo.

A su vez, Carlos Salinas cobró escandalosas venganzas -no en la persona de su antecesor-, sino de quienes intentaron arrebatarle el triunfo en julio de 1988, entre ellos el entonces Frente Democrático Nacional y su germen partidista, el PRD, cuyos muertos fueron incontables. Pero además descabezó al sindicato petrolero, al llevar a prisión a Joaquín Hernández Galicia La Quina, mediante un grosero montaje. También destronó al líder magisterial, Carlos Jonguitud Barrios, lo que marcó el nacimiento del liderazgo de Elba Esther Gordillo.

Carlos Salinas heredó el poder a Ernesto Zedillo -luego del asesinato de Luis Donaldo Colosio-, y a los pocos meses éste cobró venganza al expulsar a Salinas del país, al estimular el estigma del "villano favorito" y al llevar a prisión a Raúl Salinas. La razón, que Salinas se negó a devaluar el peso en la parte final de su gestión, lo que provocó -por errores también acreditables al propio gobierno de Zedillo-, el "error de diciembre", la mayor crisis económica de los tiempos modernos.

Vicente Fox recibió de Zedillo una de las estafetas más tersas, sin grandes problemas políticos -salvo el no resuelto alzamiento del EZLN-, y con una solidez económica impensable. Pero seis años después, Fox parece empeñado en entregar a su sucesor, Felipe Calderón, un cochinero que lo muestra como un Ejecutivo timorato, incapaz de resolver los graves problemas creados por su fallida gobernación. Y es que el conflicto de Oaxaca -a pesar de su elevado nivel de conflictividad-, es sólo "la punta" de una madeja larga y enredada que deberá resolver el nuevo gobierno.

Todo indica que el conflicto oaxaqueño será una perniciosa herencia del foxismo al calderonismo, sucesión que a 35 días de que Felipe Calderón asuma el cargo ya amenaza con ser el peor escenario para el inicio de un gobierno que, de por sí, enfrentará severos problemas para afianzar la legitimidad política indispensable -y carente en el nuevo gobierno- para el arranque fuerte y exitoso de una nueva gestión. Pareciera que Fox prefiere cuidar su imagen y su popularidad, antes que sacrificar ese bono por el de la estabilidad del nuevo gobierno. Fox se puede convertir en el primer gran enemigo del nuevo gobierno. Y en política, en la lucha por el poder, y en el ejercicio del poder, los enemigos no son gratuitos, son de carne y hueso. Y el cobro de facturas llega, tarde o temprano. Fox puede estar ante el cadalso. Al tiempo.

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