Recordando la muerte de mi madre

Presentó su primera exposición individual a los 14 años de edad y presume de trabajar en su obra todos los días. Su acerbo incluye escultur ...
Lunes 11 de septiembre de 2006
De vez en cuando mi esposa y yo visitamos mi antiguo estudio.
Para acceder al mismo, ella ideó una escalera de caracol. Vemos con tristeza que se ha ido deteriorando, aunque para nuestra tranquilidad, los libros de la biblioteca no han sido afectados por la humedad. Algunos de los muebles, todos antiguos, sí manifiestan cierto descuido. Hay basura que cae del techo; pero este problema no es grave, porque puede resolverse si dedicamos algunos días del mes para limpiarlo. Algunos de mis grabados están bien protegidos porque los hemos guardado en cajas de cartón cubiertos con hojas de plástico.
Ayer por la tarde, nos dedicamos a revisar uno de los muebles donde encontramos cartas y fotografías de épocas diversas. Con tristeza descubrí un documento que imaginaba perdido. Se trata de un título de derecho a uso perpetuo, donde mi madre fue enterrada. Fue expedido el 13 de agosto de 1975 por el Panteón Jardín. La descripción de la perpetuidad dice que los restos están en la gaveta número 14 de la Cripta Monumental 1-A; de acuerdo con el recibo número 164618 consta que pagué 15 mil pesos. En una cajita de plástico encontramos unos cabellos de mi madre, que posiblemente corté el mismo día de su muerte, acaecida en el Hospital Inglés. En el momento de su fallecimiento estaba yo cerca de ella. Me acompañaba el doctor Teodoro Cesarman, que al notar un estiramiento me dijo que ya nada se podía hacer, mi madre había dejado de existir.
En el convento de San Francisco, donde en aquel entonces mi hermana Guadalupe era la madre superiora, hubo una misa de cuerpo presente. Un coro de monjas cantaron un himno que decía: "Amén, amén, amén. Bendición, gloria y sabiduría. Honor, poder y fortaleza. Honor, poder y fortaleza. Honor y poder damos a Dios. Bendición, gloria y sabiduría. Acción y gracias demos a Dios. Amén. Quiénes son y de dónde vienen. Estos son los que vienen de la gran tribulación. Y lavaron sus túnicas y las blanquearon con la sangre del Cordero. Amén".
Muchos de mis amigos asistieron al convento para acompañarme en esos momentos de profunda amargura. Recuerdo a dos de ellos ya fallecidos: Fernando Benítez y Salomón Laiter. Este último, siendo judío, fue llamado por mi hermana para que leyera las exequias.
En aquel tiempo escribía artículos semanales en el diario El Sol de México. Uno de ellos lo dediqué a mi madre. Con hondo sentimiento me referí al profundo amor que siempre tuve por quien ahora ya no estaba en este mundo. Al término del artículo dije algo, muy conmovido: "He sufrido una doble orfandad. La pérdida de mi madre y la pérdida de Dios".
Llevado por el dolor había dejado de creer en Dios. Me hice descreído y pensé que mi ateísmo era definitivo. Pero al paso de los años, estando viviendo en Sevilla, recuperé de nuevo la fe. El "milagro" sucedió en una iglesia en la que se veneraba a la Virgen del Rocío. Llegué hasta el altar donde estaba la imagen y recé un Ave María. Abandoné el templo, reconfortado porque había vuelto a la religión católica, de la que sigo siendo devoto y seguiré siéndolo hasta el final de mis días.


