Manuel López Ramos

Ha estado inmerso en la literatura y en la música. Ha dado clases en instituciones de altos estudios, entre ellas la Universidad de California ...
Martes 13 de junio de 2006
A fines de 1957, una mañana fuimos presentados por Otto Mayer-Serra. Hombre joven, argentino por dentro y por fuera, es guitarrista y hermano de la actriz Marga López. Intercambiamos direcciones y teléfonos.
Semanas después, Manuel sugiere que nos veamos. Anda en busca de manager. Iniciamos trabajo y amistad. Recitales en la provincia. Conciertos con orquesta. Actuación sobresaliente al lado de Kurt Redel y la Sinfónica de la Universidad.
Allí empezó todo. La República de arriba abajo y una grabación sugerida por James Stagliano, primer corno de la Sinfónica de Boston y director artístico de una compañía de discos. Chacona de Bach, Sonata de Castelnuovo-Tedesco, piezas de Tárrega y Gómez Crespo, entre otros. Elogiosas reseñas de High Fidelity y Saturday Review que ayudan a franquear las puertas del mundo.
Las primeras giras: Washington, Nueva York, Londres, Holanda, Suiza; una vuelta por Italia y otra por Grecia. Bellas palabras de la prensa, augurios de brillante carrera. "Este joven artista es de la raza de los grandes", dice una publicación parisina. Pero Manuel tiene esposa e hijos. Se va imponiendo la nostalgia, enemigo feroz del concertista. También el gusanito de la enseñanza, que es ancla muy poderosa.
López Ramos va alternando quehaceres para cumplir con el principal de todos, que es el de vivir. En 1962 formaliza clases que ya había venido dando. Funda el Estudio de Arte Guitarrístico, del que saldrán, en las primeras hornadas, Alfonso Moreno, Minerva Garibay, Maricarmen Costero, Mario Beltrán, Enrique Velasco, la hija Cecilia y Jesús Ruiz, el yerno. Incontables cursos por aquí y por allá, con un prestigio que va haciendo crecer más al maestro que al intérprete.
Al relatar pormenores de nuestra convivencia me obligaré a reseñas tan embarazosas como la de un concierto en Tingüindín, Michoacán, donde tuve que revisarle las colas del frac por si conservaban algún resto de las urgencias despachadas en la oscuridad de un retrete de hoyo, mientras el público aguardaba en la parroquia, único escenario viable del pueblo. También evocaré que su primer recital de Nueva York no fue lo mejor, por culpa de un imbécil que le anunció, en el momento de salir al escenario, la presencia en la sala del gran empresario Kurt Weinhold.
Pasa el tiempo. Sigo mi camino y Manuel el suyo. Creo que resiente mi lejanía, tanto como yo la de él. Se multiplica en quehaceres que le permiten su gloria mayor: cultivar con acierto amoroso a la progenie. La guitarra sigue viento en popa. La teoría se vuelve método y el método virtuosismo. La escuela de Miguel Michelone da la técnica, el evangelio de Andrés Segovia señala el camino. Los discípulos pasan de pléyade a caudal.
Casi medio siglo después, el arte ha permitido a Manuel conquistar la escena y el aula, la calidad humana lo ha llevado al mejor de los triunfos, que es el del hombre. La vida, que nos había alejado, vuelve a juntarnos. Hacemos planes de muchachos y nos comemos el mundo, como si nuestro bocado fuera eterno. Somos otra vez falange fraternal. Nuevo impulso al libro de memorias, refundición de los cuentos, rescate feliz de las mejores grabaciones.
En 2005 muere Marga López. Manuel empieza a morir con ella. No hay esposa, hijos, ni nietos capaces de impedirlo. Menos todavía podemos los amigos. Si es necesario aceptar como verdad que los muertos vienen para llevarse a los vivos, tengo mucho que reclamarte, Marga, porque te llevaste a Nolín, dejándonos sin él a tantos que tanto lo queríamos. Mi compañera Carmen quiere endulzarse y endulzarme el trance: "Manuel ya armó la grande allá arriba: en lugar del arpa, hace ocho días que los angelitos tocan guitarra".
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