Así en la tierra como en el cielo
Lunes 22 de mayo de 2006
El contexto social y cultural en el que se generan las manifestaciones artísticas, entre ellas el cine, dota a quienes se acercan a éstas de una hoja de ruta, de una guía de lectura para advertir sus valores o la falta de ellos, de acuerdo con la situación en la que se coloca quien lee, ve, escucha o escribe respecto de su visión de mundo.
Es evidente que para ver de una forma determinada un filme, un principio de la mirada parte del contexto en el cual el espectador se inserta, de las condiciones en las que se ve la película, de sus conocimientos (o no) de la cultura de la que se habla y otros elementos. No cabe duda que, como espectadores, con frecuencia se dejan de lado aspectos como los mencionados para situarse de manera acrítica en "la forma de ver cine" que nos ha impuesto, a lo largo de un siglo, el cine de Hollywood.
La percepción del espectador tiende a encajar, para la decodificación de un texto fílmico, una serie de instrumentos o herramientas que le van bien a ciertas propuestas canónicas del cine estadounidense, pero que poco se acomodan a la manera de ver el mundo y percibir la realidad de otras culturas. Todo este preámbulo es para hacer referencia a una cinta de las de corta duración en cartelera, un trabajo de la cinematografía sueca que tan lejos se coloca de la cotidianidad que ofrecen las grandes cadenas de distribución, e incluso también de lo que programan las entidades culturales.
Es el caso de Así en la tierra como en el cielo (2004), dirigida por Kay Pollack, con actuaciones tan interesantes como la de Michael Nyqvist, quien está soberbio en su trabajo como el director de orquesta que deja el glamur de su vida por las grandes escenarios mundiales y se va al inhóspito lugar de su nacimiento, un pequeño pueblo con toda la carga de infierno posible.
Así en la tierra como en el cielo se hermana con múltiples cintas en las que la búsqueda de sí mismo por la vía de alguna clase de redención sirve para conocer a fondo las motivaciones de un personaje. En esta cinta, la redención a través de la música encuentra un camino natural para el artista, pero no del todo para quienes, coro de pueblo, empiezan a romper sus más profundas ataduras consigo mismos y su entorno.
Volviendo a la forma de leer el mundo, hay espectadores a quienes la manera de presentar la historia les incomoda, a quienes les resulta difícil enfrentarse a un ritmo lento y a un relato con seres de la vida diaria -sin rasgos de heroísmo a lo Hollywood, más bien feos o desgarbados e incluso con deficiencias mentales o anímicas acusadas- con los que se rechaza la identificación, quizá porque el espejo devuelve una realidad sin maquillaje lejana a la de las producciones de casi el todo cine estadounidense.
Kay Pollack, fiel a su contexto y a sus orígenes étnicos y culturales, sugiere con sus imágenes momentos del cine sueco más sobresaliente, del más valorado incluso (ecos de Bergman o de August), y al mismo tiempo se despega de los iconos para proponer una historia simple -pero también llena de complejidades en la que con frecuencia se roza el filo de la navaja por el tema y el género- que se inclina demasiado, por momentos, al melodrama más convencional, pero al mismo tiempo relata una circunstancia suficientemente difícil en la vida de un ser humano que tiene connotaciones universales, de un valor que sí conmueve y emociona.
Así en la tierra como en el cielo no es sólo una historia de amor, no es sólo una historia de redención, también es una historia de rebeldía en la que, por boca y acción de distintos personajes, se advierten cambios, en la que la elección es terminar con el adocenamiento, con la grisura, con la muerte en vida para permitirse salir de su limitado horizonte. Historias como ésta tienden a rozar la cursilería, sí, pero el que no sea cursi, que tire la primera piedra.
*Crítica de cine


