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Esquina Baja | Paco Ignacio Taibo I

La hoguera recalcitrante

Cuando se enteró que su columna se publicaría en la parte inferior izquierda de la página, Taibo recordó la frase usada por los camioneros: ...





COLUMNAS ANTERIORES

Uno de ellos se llamaba Pedro Oler y el otro era un fraile apellidado Bonatano

Domingo 21 de mayo de 2006

En los años del pontífice Juan XXII, es decir por 1320, el inquisidor fray Bernardo Puig condenó a ser quemados en la hoguera a dos herejes.

Uno de ellos se llamaba Pedro Oler y el otro era un fraile apellidado Bonatano.

El primero fue quemado enteramente y el segundo, cuando vio que las llamas le llegaban a los pies, abjuró y fue retirado de la hoguera.

Parece que este Bonatano salió medio chamuscado de la terrible aventura, sin embargo, con el paso del tiempo, se le olvidó la quemazón y volvió a predicar teorías que no eran bien vistas por los católicos predominantes, así que fue de nuevo perseguido, después apresado y más tarde vuelto a colocar en una hoguera.

Un inquisidor llamado Guillermo Costa, lo condenó a muerte entre las llamas y su casa, que se encontraba en Villafranca, fue arrasada.

Con esto se pretendió destruir no sólo las teorías de Bonatano, sino también su recuerdo físico.

Estamos hablando de una España en la que los errores de fe se pagaban muy caros.

Una de las teorías por las cuales se moría quemado era la de afirmar que el hombre, en este mundo, podía ser capaz de llegar a una perfección impecable.

Buscar fervorosamente esta perfección significaba, como hemos visto, la muerte asado en vida.

Y esta vieja historia viene a cuento porque he visto el apellido Costa, entre otros muchos, que firmaron un violento ataque contra los que no estaban de acuerdo con sus ideas.

Si dejamos que prosperen las ideas de los viejos inquisidores vamos a descubrir que la hoguera no está tan lejos de nosotros, como ingenuamente pensamos.

Por lo pronto, acaso sirve de lección recordar estas historias que, aún cuando viejas, parecen renacer en la sociedad humana cada cierto tiempo, para terror de los liberales empecinados en teorías que disgustan a quienes piensan que la manera perfecta de enseñar la verdad es quemando los pies del prójimo.



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