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Corte!... y Confesión | Ysabel Gracida

"El mercader de Venecia"



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La redefinición más reciente del canon literario ha corrido por la cuenta de Harold Bloom, quien organiza en algunos volúmenes la enumeración de quienes, desde su punto de vista, son los literatos imprescindibles. Dentro del ranking propuesto por ...

Lunes 05 de diciembre de 2005

"El mercader de Venecia"

La institución literatura ha definido durante mucho tiempo quiénes son los escritores y escritoras que merecen un lugar en el Olimpo.



La redefinición más reciente del canon literario ha corrido por la cuenta de Harold Bloom, quien organiza en algunos volúmenes la enumeración de quienes, desde su punto de vista, son los literatos imprescindibles. Dentro del ranking propuesto por Bloom y que para muchos se ha convertido en biblia y se recibe, casi siempre, de manera acrítica, el dios por excelencia es William Shakespeare.

La todopoderosa figura del escritor inglés preside en el mundo de las letras y se coloca en el mejor lugar de la categoría de los supremos, por lo menos del mundo occidental. Pero mucho antes de que Bloom contara y cantara las bondades de William Shakespeare, el cine ya las había descubierto desde los mismos inicios de este arte joven. Shakespeare siempre ha sido motivo y referente de los textos cinematográficos y, aunque hay obras privilegiadas que se repiten cada tanto, hay otras que por razones extraliterarias tienen una puesta en escena más espaciada.

Es el caso de El mercader de Venecia, una obra del dramaturgo inglés que por razones diversas, pero todas ellas relacionadas con el tema que plantea y con la poderosa fuerza de su personaje central, Shylock, el judío, siempre es pasto de lecturas diversas que resultan "molestas", por decir lo menos en un sector de la población. Si a lo anterior añadimos elementos de la llamada "corrección política" que no permite que se vea o escuche algo que se pueda malinterpretar en un determinado momento o situación, el vacío se define.

Sin embargo, Michael Radford (1984, El cartero de Neruda) se deja seducir no sólo por la inteligente trama de El mercader de Venecia, sino también por las posibles lecturas del presente a la obra, para tratar de desmontar malos entendidos y dar al público una interesante puesta en escena de esta obra fundamental de la autoría de Shakespeare, en la que el director ha elegido el respeto al texto, la fidelidad a lo que allí se dice, con una inteligencia que, quién lo dijera, se viste de modestia para dejar hablar a la letra al drama contextualizando con absoluta claridad y sentido el antisemitismo del que siempre se ha acusado a la obra.

Michael Radford opta por iluminar los aspectos menos claros tanto de la trama como del subtexto para darles su verdadero espíritu renacentista y que los espectadores tengan suficiente claridad para advertir la importancia del contexto y hacer una interpretación de éste, de todas sus circunstancias con una puesta en escena en la que ha optado por una adaptación clásica. Se nota en el trabajo de Radford la evidente seducción que le generó la obra teatral como para poder transmitir a los espectadores la necesaria emoción para ver desde el presente una realidad como a la que invita El mercader de Venecia.

En cualquier caso, el gran acierto de Radford es haber sacado el jugo a una selección de actores afortunada en términos generales, de la cual destacan, evidentemente, las presencias de dos enamorados del escritor que han demostrado con trabajos previos la permanente fascinación que ejerce Shakespeare en su trabajo. Se trata, básicamente, de la labor excepcional de Al Pacino como el comerciante judío y de Jeremy Irons, como Antonio. Ambos alcanzan a lo largo de la puesta en escena tonalidades dramáticas simplemente de excepción y con sólo eso ya valdría la pena desplazarse a una sala cinematográfica.

Si a lo anterior añadimos el espléndido retrato de la sociedad veneciana del siglo XVI en la que conviven en igualdad de circunstancias la rapiña, la traición, el deseo o la conveniencia, el plato está servido para que las miserias de los personajes jueguen en plano protagónico. La buena dirección de actores, la contención de las estrellas como Pacino, que con frecuencia sobreactúa y que ahora no devora de mala manera a quienes le rodean, hacen de esta nueva versión de El mercader de Venecia, una oportunidad para revisar el canon, sí, pero también para desmontar sus engranajes con el peligro evidente de que las pesadillas y los complejos añejos lleguen de visita y quizá vuelvan a atemorizar a más de uno.

Crítica de cine



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