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El Observador | Samuel García

Mediocridad

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En estos días hemos leído y escuchado diversos balances de lo que ha sido el gobierno de Vicente Fox en estos últimos cinco años. Ayer, 1 de diciembre, se inició el último año de gobierno, o mejor dicho, los últimos siete meses efectivos de gobier...

Viernes 02 de diciembre de 2005

Mediocridad

¿Qué ha pasado con la economía mexicana en cinco años de gobierno? ¿Cuál es el balance y en dónde estamos parados los ciudadanos y el país, de cara al último año de gobierno? Una sola palabra engloba lo que ha pasado: mediocridad

En estos días hemos leído y escuchado diversos balances de lo que ha sido el gobierno de Vicente Fox en estos últimos cinco años. Ayer, 1 de diciembre, se inició el último año de gobierno, o mejor dicho, los últimos siete meses efectivos de gobierno para el Presidente, porque a partir de julio próximo una vez conocido quién será el nuevo presidente electo se inicia ya formalmente la transición política y con ella, el presidente Fox iniciará el desalojo de Los Pinos.

Hemos afirmado en este espacio en ocasiones anteriores, que estos cinco años de gobierno del presidente Vicente Fox han sido mediocres en materia económica. Y uso con toda intención el adjetivo "mediocre" en sus dos acepciones que ofrecen mayoritariamente los diversos diccionarios de la lengua española. Mediocre, como "regular, tirando a malo en cuanto a su valor, calidad e interés". Pero también, mediocre en su acepción personal de "alguien que no tiene un talento especial o una capacidad suficiente para la actividad que realiza".

La mediocridad en la conducción de la economía se refleja en la pobre calidad de los resultados obtenidos. La economía creció en estos cinco años, en promedio, a 1.9% anual, aún suponiendo que en este año el crecimiento económico alcanzará 3%, una meta que algunos analistas todavía han puesto en tela de duda. Un resultado de crecimiento así no puede ser menos que mediocre, regular tirando a malo. Cualquier mexicano podría cuestionar por qué el Producto Interno Bruto por habitante, en términos reales, no ha crecido más allá del espejismo de un dólar débil frente al peso mexicano durante estos cinco años.

Pero también se puede cuestionar la sustentabilidad de un crecimiento económico basado, en buena medida, en el consumo privado, y no en la productividad y factores de competitividad de la economía. En estos cinco años el consumo privado ha crecido a tasas promedio anuales de 3.4%, de allí que no sea sorprendente que los sectores más dinámicos de la economía en este lapso de tiempo sean precisamente el comercio y los servicios financieros. Aunque la formación bruta de capital fijo se ha reactivado en los dos últimos años, el promedio anual de los cinco años transcurridos sigue siendo bastante pobre y prácticamente igual al crecimiento de la economía en su conjunto.

Los resultados económicos obtenidos siguen siendo mediocres a pesar del orgullo que causa la estabilidad económica. Una condición que ya habíamos visto construirse con éxito desde la segunda mitad del gobierno de Ernesto Zedillo. Si bien es cierto que en estos cinco años el Banco de México ha logrado reducir sensiblemente la inflación de 8.96% del año 2000 a sólo 3.35% proyectado para este año, no hay que dejar de señalar que en los cuatro años anteriores el banco central estuvo aún lejos de la meta que se ha propuesto de 3% de inflación anual.

En 2001 la inflación fue de 4.4%, en 2002 de 5.7%, en 2003 de 4% y en 2004 de 5.2%. Será este año, muy probablemente, el de mejores resultados en la materia.

En materia del equilibrio presupuestal pasa algo parecido que en la política monetaria. Se ha avanzado notablemente en reducir el déficit ampliado (requerimientos financieros del sector público) del sector público en estos cinco años, sin embargo las grandes zancadas que se esperaban en materia de recaudación, de calidad del gasto y de federalismo fiscal no se han dado. Lo que quiere decir que una vez pasado el espejismo del boom en los precios petroleros que han enmascarado la fragilidad de las finanzas públicas, el nuevo gobierno tendrá enfrente una verdadera bomba por explotar.

Con todo esto no se quiere despreciar la estabilidad macroeconómica que se ha mantenido desde hace mas de cinco años. Pero, cuidado, no nos equivoquemos. La estabilidad no es bajo ningún concepto el objetivo que se busca. Se requiere que el paciente que estuvo grave y ya fue estabilizado en sus signos vitales ahora se levante de la cama, se alimente por sí solo, camine, haga ejercicio y vuelva a ser productivo. Eso es exactamente lo que no se ha logrado en estos cinco años con el paciente. ¿Acaso a estos resultados se le puede llamar de otra forma que no sea mediocridad?

Qué bueno que el peso sea considerado como una moneda fuerte y que en estos cinco años apenas se haya devaluado 15% frente al dólar estadounidense. La pregunta relevante es si ello ha ocurrido por la fortaleza de la economía mexicana o por la debilidad de la divisa estadounidense a consecuencia de su política monetaria en estos años.

Qué bueno que las reservas netas internacionales del país se hayan incrementado en más de 24 mil millones de dólares durante este gobierno. Desgraciadamente, más allá de la imagen que esto proyecta al exterior, a los millones de mexicanos esta situación ni les viene ni les va.

Muchos dirán que esta estabilidad macroeconómica ha servido para que el riesgo país de México se haya reducido sensiblemente en estos cinco años. Pasó de 411 puntos base sobre la tasa de referencia estadounidense al inicio del gobierno, a 120 puntos base de la semana pasada. No está mal y más aún cuando este logro tiene un impacto directo sobre los pagos de intereses de la deuda externa del país y de las empresas mexicanas. Pero tampoco generalicemos. Esta percepción de menor riesgo en la deuda del país está asociada con un entorno de estabilidad económica en su conjunto pero, específicamente, con la capacidad de pago del gobierno mexicano, es decir, con la fortaleza de sus finanzas públicas. Allí comienza el problema de sustentar en el tiempo un nivel de riesgo país como el actual.

Pero la mediocridad en los resultados económicos de estos cinco años alcanzan su punto máximo cuando nos referimos al empleo. Es allí en donde los ciudadanos miden si efectivamente su gobierno está haciendo su tarea.

Medido desde diversos ángulos los resultados ni siquiera son mediocres, son malos. La tasa de desempleo abierto que en 2000 fue de 2.2%, en octubre de 2005 alcanzó 3.6%. El número de asegurados permanentes al IMSS apenas se incrementaron en 74 mil entre el saldo del año 2000 y el último dato a octubre de este año. Un incremento ridículo frente a los más de 5 millones de empleos nuevos que se requerían en este lapso. Bueno, ni siquiera los empleos eventuales (de menor calidad) registrados ante el IMSS han sido significativos en este periodo de tiempo. Apenas crecieron en 415 mil en los cinco años.

Peor aún, las cifras del Seguro Social reflejan el dramatismo del empleo en el campo. En estos cinco años no sólo no se generaron nuevos empleos, sino que se perdieron 141 mil empleos permanentes y eventuales.

Podríamos decir que una variable que escapa a esta mediocridad en los resultados es la inversión extranjera directa que tanto ha presumido la Secretaría de Economía. No es así. Restando las dos operaciones de compra de Citigroup por Banamex y de BBVA por Bancomer, los resultados son raquíticos. Más aún, en los últimos dos años se ha reducido fuertemente la inversión extranjera nueva en el país dando lugar a créditos al interior de las empresas y a reinversión de utilidades.

Los resultados económicos hablan por sí solos. Son resultados de mala calidad que se han reflejado medido bajo cualquier parámetro y organización en la pérdida consistente de competitividad para el país.

Pero la mediocridad no se da sola. Los resultados económicos que están sobre la mesa al final del quinto año de gobierno son consecuencia de la mediocridad de los estrategas y de quienes implementan los planes. Es la mediocridad de los advenedizos en el gobierno.

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