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Una historia violenta



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Los distribuidores se han encargado por años de trastocar el título de muchas películas, trastocando también el sentido de lo que éstas plantean y dicen; es el caso del más reciente filme de David Cronenberg, el siempre inquietante director canadi...

Martes 29 de noviembre de 2005

Una historia violenta

Los distribuidores se han encargado por años de trastocar el título de muchas películas, trastocando también el sentido de lo que éstas plantean y dicen; es el caso del más reciente filme de David Cronenberg, el siempre inquietante director canadiense, quien tituló a su cinta A History of Violence (2005), una historia de violencia aludiendo a la expresión de la jerga policiaca que se refiere a quienes tienen antecedentes violentos.

Ysabel Gracida Si bien lo que relata Cronenberg también es una historia violenta, y no podría ser de otra manera conociendo su cine, esto no es el centro de un relato en el cual la vuelta del pasado es la sustancia misma en una narración en la que nada es lo que parece. Tom Stall, un extraordinario y sugestivo Viggo Mortensen, conduce desde su personaje una cotidianidad de lo más normal en el pueblo de Millbrook, Indiana. Las rutinas, los traslados, la vida doméstica de una familia trabajadora de la cual Tom es el centro, ya advierte en más de un sentido lo que se gesta.

Cronenberg no recurre en esta cinta al carácter gráficamente hiperviolento al que nos tiene acostumbrados, no recurre tampoco a la dimensión de lo fantástico para generar el terror; por el contrario, nos instala en un pueblo sin chiste donde todos parecen conocerse y protegerse. La familia feliz de Tom, con Edie, su esposa (María Bello), el hijo adolescente Jack (Ashton Holmes) y la pequeña Sarah (Heidy Hayes) parece sugerir más un cuadro de la vida perfecta que algo que pueda causar temor.

Sin embargo, el germen violento está en la escuela, en las pesadillas de la pequeña, en la misma ciudad "tranquila". Un día simplemente regresa el pasado, y con él esa historia de aparente tranquilidad inocula la enfermedad del miedo, del terror en todos los habitantes pero, como siempre sucede con David Cronenberg, la enfermedad también se contagia a quienes se encuentran de frente a la pantalla para hacerles romper muy pronto con la aparente calma de ser sólo espectadores.

Una historia violenta es un elemento más en la suma de una de las filmografías más coherentes, aunque sepamos con toda claridad que no hay un solo Cronenberg. Ahora, desde un género que juega con el thriller rural, pero que en realidad es una pieza excepcional del mejor cine negro, el canadiense trabaja con la novela gráfica, con el cómic del mismo título con historia de John Wagner y dibujos de Vince Locke de 1997.

El cineasta encarga el guión a Josh Olson para que pueda reunir las diferentes piezas de la historia y poner de relieve algunos aspectos temáticos tanto del viejo cine negro como de la realidad actual de los habitantes del sueño americano. Como ya ha hecho en otras ocasiones, Cronenberg se inclina por un materialismo al extremo para que así las perturbaciones mentales de los personajes afloren en toda su dimensión.

La más reciente cinta del director canadiense es un trabajo impecable en el cual se tira a fondo tanto con la idea de la familia feliz como con la de la identidad de los individuos, una identidad que se desdoblará poco a poco desde la crónica cotidiana hasta la irrupción de un pasado que invade de manera violenta el presente y define y cuestiona el futuro.

Cronenberg nos dice nuevamente, aunque en otro tono, que no hay historias felices, que no hay ni familias, ni personas, ni ciudades perfectas. Que todo lo que en apariencia define la cotidianidad es falso y terrible y que la oscuridad y la animalidad no tienen necesariamente que esperar el horario nocturno para hacer acto de presencia.

El director es en Una historia violenta absolutamente sutil e irónico, antes de entrar de lleno a la zona violenta y de convertir las certezas en inquietudes. Los espectadores, simplemente rehenes de una historia que poco a poco desmonta todos los ángulos de la "normalidad" para arrastrarlos de manera brutal por un itinerario en el que nada es lo que parece. Falta añadir las espléndidas actuaciones momentáneas de Ed Harris y William Hurt como dos soberbios criminales y el resultado es excepcional.

Crítica de cine



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