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Música opinión | Fernando Díez de Urdanivia

Guty no llegó a los treinta

Ha estado inmerso en la literatura y en la música. Ha dado clases en instituciones de altos estudios, entre ellas la Universidad de California ...





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Una reyerta sin sentido. Quizás alguna copa o sólo unas palabras de más. Del arma que portaba el español Ángel Peláez salió un tiro. Augusto Cárdenas Pinelo se desplomó sin vida. La dramática escena tenía lugar en el Salón Bach de la avenida Mader...

Martes 30 de agosto de 2005

Guty no llegó a los treinta


Una reyerta sin sentido. Quizás alguna copa o sólo unas palabras de más. Del arma que portaba el español Ángel Peláez salió un tiro. Augusto Cárdenas Pinelo se desplomó sin vida. La dramática escena tenía lugar en el Salón Bach de la avenida Madero, en la ciudad de México. Era 5 de abril de 1932.

Seis años antes, Tata Nacho había hecho un viaje a Mérida y, tras conocer guitarra, voz y canción de Guty, había decidido invitarlo a la capital para que probara fortuna. La fortuna se dejó probar. En agosto de 1927 el compositor ganaba el concurso del Teatro Lírico, que le abriría puertas de la radio del país y de los foros extranjeros.

Con Ricardo Palmerín y Pepe Domínguez, Guty Cárdenas integra la tercia legendaria entre los trovadores yucatecos. Pasan las modas; cambian las sensibilidades, pero cada vez que un trío hace sonar los acordes de Nunca o de Peregrina, se alborota en nuestras venas la sangre regional que por ellas fluye, y que inunda todas las extremidades del cuerpo que, a pesar de todo, sigue siendo la identidad nacional.

La perspectiva de siete décadas no ha evitado que algunos se empecinen en buscarle a la música de Guty dos vertientes: la de un romanticismo que suponen trascendido, y la de una tendencia folclorizante, según ellos saludable, que su prematura muerte no le permitió completar. A un lado de la balanza se pone el grueso de su producción; al otro, esa pieza predilecta suya que fue el Caminante del Mayab y Yucalpetén, donde quieren encontrarse influencias más o menos aborígenes.

Parece claro, sin restar mérito a dichas partituras, que el Guty nuestro, el Guty universal, surge más bien del sentir colectivo que pregonan los trovadores con su bagaje de poesía y de canto que llena el ámbito de los comederos de Itzimná o de la inolvidable Rendija que desde aquella callecita que está entre la Catedral y el Tenampa, y que se llama Mariana R. del Toro de Lazarín, irradiaba sabor de xtabentún y de música yucateca a toda la urbe metropolitana.

Tanto como el taconeo de la redoba norteña; el ímpetu macho del son jalisciense; la efervescencia contagiosa del huapango y el misterio selvático de la marimba chiapaneca, el verso y las notas trémulas que nos llegan de Yucatán, hacen surgir una porción escondida de nuestro espíritu. Porción que abrimos para alojar en ella a Mediz Bolio, a Padrón López y a López Méndez, con la misma fruición con que damos cabida a ese mexicanizador de bambucos que fue Armando Camejo.

Toda esta poesía que es música y esta música que es poesía, me parece rescoldo por desgracia cada día más mermado, cuyo calor disfrutamos los adultos, pero me pregunto qué tanto llega a las nuevas generaciones. He dicho más de una vez que nuestro entrañable bolero ha sobrevivido gracias a intérpretes actuales que mucho celebro. Sin embargo, me temo que nuestros hijos aceptan el bolero casi solamente en la voz de Luis Miguel, no conocen su abolengo y rechazan las versiones tradicionales. Algo semejante ocurre con la mayor parte de nuestra música popular de antaño.

Nacido en la casa número 635 de la Calle 61, Guty salió de Mérida para estudiar en México; fue a Estados Unidos, se casó allá con Ann Patrick; regresó a su tierra y volvió a venir, para encontrarse con un destino de gloria y de tragedia. Flor, la canción dedicada al amor imposible, Quisiera y Golondrina viajera, son sólo algunas muestras de su repertorio, donde pocos conocen los corridos que escribió con el seudónimo de Yucho.

Cuando Guty fue sepultado en el panteón Español, antes de ser llevado a descansar definitivamente en Yucatán, Alfonso Ortiz Tirado y Pedro Vargas entonaron Un rayito de sol y Nunca ante su tumba. Un poquito atrás de los tenores se podía escuchar la voz ahogada en llanto de Fanny Anitúa, que les hacía segunda.

El próximo diciembre se cumplen los 100 años del natalicio de Guty Cárdenas. Me parece perentorio hablar de él, pero sobre todo dejar que él hable. Mejor dicho, que cante. Que en cada rincón del país se escuche su voz, no sólo como testimonio del pasado, sino como condición de un porvenir al que no queremos ni podemos llegar desarraigados.

Crítico de música.

luzam@infosel.net.mx



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