aviso-oportuno.com.mx

Suscríbase por internet o llame al 5237-0800




Crónicas neuróticas | Rafael Pérez Gay

La rebelión de los meseros



COLUMNAS ANTERIORES

La reserva de paciencia se me agotaba y el mesero no aparecía. No soporto esperar, las antesalas me desquician. Nunca he podido entender a esos solitarios que se sientan en un bar a pensar con la mirada perdida en la nada. Cuenta la leyenda que gr...

Lunes 29 de agosto de 2005

La rebelión de los meseros


La reserva de paciencia se me agotaba y el mesero no aparecía. No soporto esperar, las antesalas me desquician. Nunca he podido entender a esos solitarios que se sientan en un bar a pensar con la mirada perdida en la nada. Cuenta la leyenda que grandes bateadores de cuatrocientos como Sartre, Hemingway y Cortázar escribieron obras fulminantes sentados a solas en un bar. Tengo mis dudas, pero lo cierto es que a mí me habría dado tiempo de leer un texto largo de alguno de estos escritores durante la espera. El mesero pasó cuatro veces frente a nosotros como si pasara frente a una escultura de tres hombres y dos mujeres esperando un milagro.

Se ha ido para siempre el tiempo feliz en que los meseros eran profesionales del ramo y atendían a la clientela sin lamentar su profesión. En momentos de desesperación he estado a punto de pedirle al mesero que tome mi lugar y que me permita atenderlo. Si quiere usted un plato bien servido en su mesa y tiene la desgracia de no apellidarse Slim, tendrá que abrir el baúl de la cortesías y pedir encarecidamente el favor de que un mesero le tome la orden y no lo olvide para siempre. Si el arte de la súplica no es lo suyo, la comida en el restorán o la cantina puede terminar en actos violentos. Si vuelve usted a ignorarnos lo voy a llevar a la barra a empujones para que le entreguen la orden que apuntó en el papel hace media hora.

Quizá los meseros se han rebelado porque los jóvenes de la Condesa han usurpado sus funciones. Los bares y comederos que se reproducen cada día en la colonia son atendidos únicamente por jóvenes. Un día cometí la imprudencia de entrar a un bar de muchachos. Desde mi silla levanté la mano y le pedí a un joven un whisky. Yo no trabajo aquí, señor. Entonces por qué traes un delantal. Así es la cosa, ruco, me respondió airado. Desaparecí del lugar con gran discreción. Ciertamente cometí un grave error, pero en honor a la verdad entre tantos jóvenes no podía saberse quién era el cliente y quién el mesero. ¿Está de moda usar delantales sobre los pantalones? Estoy seguro de que ellos mismos se equivocan y bajo los efectos devastadores del sonido infernal de una música a la que llaman psychodelic trance, la clientela atiende a los meseros sin darse cuenta. Nadie ha podido aclararme uno de las grandes enigmas del siglo XXI en la ciudad de México: ¿por qué los jóvenes quieren ser meseros? Según mis cuentas hay en todo esto decadencia.

Hay cosas a las que temo profundamente. En una de mis pesadillas alguien me abandona en la calle de Práxedes Guerrero, manzana 4, lote 41, en la colonia Liberación Proletaria de la delegación Álvaro Obregón. Otro de mis miedos rotundos consiste en imaginarme sirviendo mesas. En mi pesadilla derramo sopa en el pelo de las señoras y soy castigado a deambular ataviado con un pareo y huaraches de Oaxaca. La vida juega a los dados con nuestros terrores. El teléfono no dejaba de sonar. Tomé el inalámbrico. Buenas tardes. Para decirle que la solicitud de Fernanda fue aprobada para trabajar como mesera en el Pata Negra. Me transformé en Fernado Soler: ¿qué es el Panza Negra? ¿De qué me habla? Usted se ha equivocado. Caminé con los ojos arrasados hasta mi habitación. Me senté al borde de la cama con las manos en la cabeza, mi hija quería ser mesera. Creo incluso que dije en voz alta una frase de La oveja negra, ese momento terrible en el que Fernando Soler dice esto: cuánta falta nos haces Vivianita. Así me encontró la familia, pero ya transformado en Prudencia Griffel: a mi me va a dar algo con tantas mortificaciones.

Como pude, me reorganicé y salí de los escombros. Primeras detenciones. Exijo una explicación. La versión que me entregó mi hija afirmaba que se trataba solamente de dos meses, durante las vacaciones. Puse a prueba todos mis poderes persuasivos. Mira, le dije, el equilibrio es un arte complejo; la armonía del plato, el vaso y la botella en la charola no es lo tuyo. Vamos a caer en desgracia y a perder todo nuestro dinero pagando los platos rotos, mejor otra cosa. La convencí, un padre es un padre. Esa misma noche fui a la cantina de los meseros morosos. Pedí un whisky y le dije al mesero: tárdese lo que quiera y sepa que lo estimo. Aprendí la lección, hay que defender a los profesionales.



PUBLICIDAD.