El 'autismo' como dilema de la política

Profesor titular de la FCPyS de la UNAM, escritor y periodista. Ha colaborado en periódicos y revistas nacionales e internacionales. Ha escri ...
Domingo 05 de junio de 2005
La ciencia médica lleva años enfrentándose con una enfermedad grave: el autismo. Como es sabido, el autista se caracteriza por la complacencia persistente en fantasear y soñar despierto, y en los niños ese trastorno, en el desarrollo, plantea problemas graves que en ocasiones sugieren el retraso mental y, en casos, se habla de personalidad esquizoide. En los últimos años, sobremanera en los colegios, se ha dado extrema importancia a la detección del autismo (que afecta cuatro veces más a los varones y suele manifestarse en los tres primeros años de vida) por sus consecuencias sociales y personales.
En política el autismo es una fase muy peligrosa si los gobernantes, como autistas, fantasean sobre la realidad política o económica y la transforman, a su capricho, sin tener en cuenta que un problema real, verdadero, sólo se resuelve si se reconoce como tal. Lo contrario que el autismo. En suma, que sólo y únicamente de esa forma se puede resolver un conflicto concreto. Un adagio chino lo confirma: "Un problema, por grave que sea, si está bien planteado, tiene soluciones. Un problema mal planteado, eludido o fantaseado (por un autista) no solamente no tiene respuestas, sino que se agrava".
El presidente de la Generalitat de Cataluña, Pasqual Maragall (socialista), realizó recientemente un viaje oficial al Oriente Medio para ponerse en contacto con los líderes del Estado de Israel y los de la Autoridad Palestina. Durante su visita a Jerusalén tuvo un lapsus linguae y se permitió algunas bromas con una corona de espinas. Esa corona, en el Gólgota, simboliza la crucifixión de Cristo. El líder socialista de Cataluña olvidó que golgotha en griego y en la lengua de Cristo, es decir, en arameo (gulgata ) significan lo mismo: "cráneo". En el Gólgota, por ser la zona de las ejecuciones de los romanos, había muchos cráneos. En latín se tradujo golgotha como calvarius (cráneo), y en español se ha transformado en la palabra "calvario". Su significado popular es bien sabido.
El presidente Maragall ha pasado un verdadero calvarius con sus bromas sobre la corona de espinas que llevó Cristo en el Gólgota. En efecto, creyentes y no creyentes se le han echado encima por ello. Sin embargo, Maragall ha revelado que no es un autista. Ha reconocido su grave equivocación y ha explicado que su error así lo hizo saber, públicamente, ante el Parlamento catalán "había sido una estupidez". Exposición pública y política que, posteriormente, se repitió ante los líderes de la oposición, es decir, ante las comisiones de Convergència i Unió y del Partido Popular. Sin equívocos autistas el presidente Maragall les repitió: "Como ustedes saben ya he pedido excusas y vuelvo a repetirlas". Ante la protesta del parlamentario Artur Mas, Maragall, sin huir de los hechos ni pedir que nadie los explicara por él, repitió sus excusas personalmente: "Debo decir que realmente aquélla fue una actitud que no venía a cuento de nada y que, ahora, podemos calificar como una estupidez. Lo fue y me hago responsable de ello". Así, no más. Esa actitud le sirvió para hacer frente a otras críticas de la oposición. Si la detección precoz del autismo puede ser (un análisis de sangre podrá permitir en un futuro, aún no previsible, el diagnóstico de esa grave enfermedad en los recién nacidos, según leo en una información científica) una importante información para una vida humana, lo que no hay duda es que Pasqual Maragall no ha dudado en cerrar el capítulo de su insolencia y desdén con una declaración que le devuelve a la vida cotidiana con cierta dignidad: "Se trata de una estupidez".
Los científicos dicen que el sistema inmunológico de los autistas funciona de forma distinta que el de los niños normales. Puede ser que sea cierto y válido, pero la lección que ha sufrido y dado, a la vez, Pasqual Maragall a su pueblo, revela que los políticos no pueden vivir, ante su sociedad, en el autismo permanente. Al contrario, las excusas públicas y el reconocimiento de que se ha realizado una estupidez devuelve, a cualquier persona, al mundo de la realidad.
Formas de autismo político se viven cotidianamente. La más lamentable proposición del autismo político es convertir la realidad en una ficción negando los problemas. De Gaulle, en una conversación con el novelista André Malraux, al que transformó en su ministro de Cultura (lo cual reveló que De Gaulle no era un autista, sino un imaginativo hombre de Estado capaz de elegir a un novelista como colaborador), le explicó, un día, las causas del fracaso de Napoleón: "Pretendió, siempre, forzar a la fortuna. Sin embargo, las almas, como las cosas, tienen siempre límites. A partir de 1813 a fuerza de golpear había quebrado la espada de Francia. Rota la proporción entre los objetivos y los medios, las combinaciones del genio son vanas. Todo lo que él hizo en la primera parte de su vida estaba admirablemente pensado. Todo lo que hizo después de la retirada de Rusia tuvo el aire de una aventura". Con ello quería decir, De Gaulle, que Napoleón, en la edad adulta, entró en el autismo político: desconocer la realidad y seguir adelante sin medir las consecuencias. De Gaulle, al revés, dos veces en su vida dimitió del poder cuando vio que éste no le pertenecía porque la sociedad le dijo que no. Por cierto Malraux, después del viaje de Kennedy y de su esposa a París, le preguntó qué le parecía ella. De Gaulle le dijo: "Terminará en el yate de un petrolero". Cuando se casó, Jackie , con Onassis, Malraux se lo recordó. De Gaulle, lejano, le dijo: "¿Eso dije? Siempre creí que se casaría con Jean-Paul Sartre". Un hombre de Estado con humor es dos veces un hombre de Estado. El comentario del general De Gaulle sobre la esposa de Kennedy aparece en el libro Les chenes qu`on abat , de André Malraux, Editorial Gallimard.
Analista internacional. Profesor de la FCPyS.
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