Inventando el paisaje
Viernes 20 de mayo de 2005
Paráfrasis de un paisaje inventado, exposición en la que participan Alethia Edurne González Kañetas (DF, 1978), Alejandra Sánchez Avilés (DF, 1979), Óscar Daniel Villanueva Dorantes (DF, 1977) y Yaen Tijerina Meléndez (DF, 1978), se inauguró ayer en el Instituto Mexicano de la Juventud (Serapio Rendón 76, colonia San Rafael).
Lo primero que me atrajo de esta propuesta es que el proyecto se generó a partir de la obra de un maestro que los precedió varias generaciones. Quizás es prejuicio, pero mi impresión es que la tendencia entre los jóvenes es rehuir el pasado artístico de su país en pos de un main stream internacional que se centra en el aquí y el ahora, conscientes de que el flujo de imágenes es tan desbordado que más tardan en llegar que en ser olvidadas. Gran parte del arte actual no aspira más que a ser un producto desechable bien posicionado en el mercado durante sus 15 minutos de fama.
Escogieron bien. Don Manuel Álvarez Bravo (DF, 1902-2002) fue un espléndido fotógrafo cuyas imágenes son ampliamente conocidas y siguen vivas, intrigándonos e inspirándonos. Nos enseñó a ver y a pensarnos. Paisaje inventado, la obra que escogieron sus jóvenes colegas para parafrasear, es una imagen cuya elegante composición sólo se compara con una sutileza tan profunda que es capaz de disparar la imaginación de los observadores en muchas direcciones. Es fascinante lo sugerente que puede ser la sombra de un árbol sobre un telón.
Si bien el planteamiento original de este proyecto me gustó por lo mencionado, el resultado me atrapó. Cada uno de estos artistas tiene su propia forma de entender y trabajar la fotografía, aunque todos comparten la idea de que más allá de una técnica documental es una herramienta para desarrollar conceptos, para plantear preguntas y generar sensaciones. Estas cuatro visiones constituyen un complejo juego de espejos entre cada uno de ellos y Álvarez Bravo, que será completado por lo que los espectadores estén dispuestos a aportar.
El primer recorrido de este conjunto me causó nostalgia. No estamos ante una idea bucólica del paisaje, sino ante una visión del entorno en la que el concreto y los cables asfixian los residuos visibles de naturaleza y hacen que los seres humanos lo humano sea meramente un objeto o una referencia.
Los paisajes que nos ofrecen estos artistas son interpretaciones de entornos urbanos. Son realidades asumidas, pero no aceptadas. La infancia sin ilusiones de Alethia, las personas-cosa de Alejandra, las misteriosas sombras solitarias de Yaen y las sutiles construcciones de Óscar están cargadas de contradicciones y contrastes: árboles que sólo son un reflejo en el cristal de un autobús, humanos que parecen autómatas, vegetaciones de tiempos imposibles, presencias humanas cuyo rastro es una sombra difusa, una felicidad infantil que sólo es apariencia. Son imágenes de incertidumbre, de un mundo en el que ya no hay certezas. Quizá por lo mismo su respuesta evita la confrontación directa del amarillismo y se sume en la filosa navaja de lo implícito.
Si bien el paisaje que trazan estos artistas, egresados todos ellos de la Escuela Nacional de Artes Plásticas, no es optimista, tampoco está exento de poesía. Esto, aunado al hecho de que ellos estén tomando la iniciativa de plantearse un reto profesional y esto también es una forma de moldear el entorno que los rodea, resulta esperanzador. En ese sentido, sus obras son la enigmática proyección de una sombra sobre un telón dado, pero este árbol es muy frondoso.
La exposición está abierta hasta el 31 de mayo.
Artista visual.
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