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La Voz Invitada | Emmanuel Carballo

Semblanza de Juan Rulfo



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Taciturno, de pocas y ácidas palabras, inmerso en un mundo recurrente y contradictorio, el de su infancia y adolescencia (pleno de dichas personales y desgracias de familia), implacable crítico de sí mismo, Juan Rulfo (1917-1986) fue un enigma en ...

Miércoles 11 de febrero de 2004


Semblanza de Juan Rulfo

Taciturno, de pocas y ácidas palabras, inmerso en un mundo recurrente y contradictorio, el de su infancia y adolescencia (pleno de dichas personales y desgracias de familia), implacable crítico de sí mismo, Juan Rulfo (1917-1986) fue un enigma en movimiento, un narrador terriblemente elemental y angustiosamente complicado. Su obra, breve y magnífica, cierra un periodo de nuestras letras (el de la narrativa rural) y apunta hacia una nueva etapa en el arte de contar historias.

El universo narrativo de Rulfo es un mundo en el que las apariencias ceden sitio a las esencias, en el que el costumbrismo y el folclore mueren para dar vida a unas cuantas radiografías que tienen que ver con el amor y la muerte, la soledad y la incomunicación, el feudalismo y sus peligros adyacentes, la reforma agraria y sus errores consustanciales. Su obra es algo así como la crónica alucinada de un naufragio, del naufragio de un país, México.

El México de Rulfo es alegre y vibrante como la infancia (sepultada y remota) y triste y poco dado a la esperanza como la madurez. Cuando el autor lo mira con ojos de niño es verde, jugoso y lleno de vida; y gris, reseco y presidido por la muerte cuando lo contempla con los ojos desencantados del adulto. Sus textos están escritos desde el punto de vista del hombre maduro, quien cuando no puede soportar más los horrores y calamidades de la realidad otorga la palabra a los recuerdos tiernos y emocionados del niño. Así se explica que al desprenderse de la madurez, para dar paso a la infancia, abandone el "realismo" y se interne por los vericuetos sorpresivos de la magia.

En El llano en llamas (1953) el autor rompe con la arraigada tradición docente de nuestras letras convencido de que la misión del escritor consiste en mostrar. Es decir, deja atrás la literatura pedagógica y se compromete con la verdadera literatura, gozosamente libre de ataduras y autónoma.

En este libro están ausentes las asperezas técnicas y de expresión, los anacronismos de que se valen ciertos cuentistas y están presentes, en cambio, las técnicas que orientaron la novela y el cuento por nuevos caminos.

Rulfo aquí es un cuentista monocorde que comunica al lector un mundo angosto en el que todos los lugares (los escenarios) son más o menos iguales y todas las anécdotas forman parte de una misma familia argumental. Por estas razones está obligado a repetirse: suple la prisión a que lo reduce el espacio y los temas con profundidad que no es fácil medir o cuantificar.

En Pedro Páramo (1955) Rulfo usa los mismos procedimientos que empleó en El llano en llamas (el monólogo interior, la simultaneidad de planos, la introspección, el paso lento, la vigilia delirante) sólo que con mayor eficacia estética. Si en el libro de cuentos era evidente el estatismo, en la novela llega a ser la atmósfera en que se mueven los personajes. El tiempo parece que se ha detenido, que se ha desrealizado: las criaturas piensan, sienten y actúan fuera de él o, en el mejor de los casos, en sus arrabales. Se trata de un tiempo interior, deshabitado como Comala, el pueblo en el que Rulfo sitúa la acción de la novela.

Si los personajes que aparecen en El llano son hombres-sombra, en Pedro Páramo estas sombras se convierten en fantasmas, en ánimas sin sosiego.

Juan Preciado, uno de los numerosos hijos naturales de Pedro Páramo, cuando llega a Comala a buscar a su padre encuentra un pueblo muerto en el que todas las voces son rumores y todos los actos, recuerdos. Al recordar, los personajes reconstruyen sus vidas, la vida de Comala (del pasado esplendor al presente en ruinas) y la de sus habitantes: de ese modo el pasado se convierte en presente y la muerte se confunde e identifica con la vida.

Algunos críticos quieren ver únicamente en Pedro Páramo la figura del cacique. De acuerdo, es un cacique, pero es también algo más: una víctima de las circunstancias, del destino, del mismo modo como los habitantes de Comala son víctimas de su brutalidad que no respeta la vida, el honor y los bienes materiales. Pedro Páramo es un hombre frustrado que persigue un imposible: el amor de Susana San Juan. De joven la idealiza y cuando de viejo la desposa, ésta ha perdido la razón.

La conducta de Pedro Páramo es la contrapartida de su sensibilidad idealista y quizá bien intencionada. Su conducta pública es una venganza, el cobro usurario de una afrenta. El amor no correspondido que experimenta por Susana se le convierte en odio hacia los demás. Roto por dentro, muerto en vida, trata de romper y matar a los vecinos de Comala. Sin embargo, por fuera es duro e impenetrable hasta el momento mismo de su muerte. Es casi imposible suponer que Comala, después de la desaparición de Pedro Páramo, renazca de sus cenizas, recupere su verdor, su alborozo, su perdida confianza en la vida. El único cacique contra el que resulta imposible combatir, atestigua la existencia de Pedro Páramo, es el destino.



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