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Esquina Baja | Paco Ignacio Taibo i



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Viernes 05 de diciembre de 2003


El Poeta Culto tiene la palabra

Se me ocurre acudir a la insondable lección que un poeta cultísimo nos ofreció a partir del siglo XVII. El poeta se llamó Francisco de Quevedo y la lección, sospecho, no ha podido ser totalmente asimilada por muchos poetas de hoy que basan sus enseñanzas en entender la cultura como un tortuoso camino.

Para Quevedo el único camino para transitar en la cultura era aquel en el que la sencillez y la claridad fueran los elementos claves.

Los organizadores de este acto son seres, que como Quevedo, rechazan el galimatías y las expresiones que encierran más dudas que claridades y aceptan una verdad que los siglos nos permite contemplar como insustituible.

Si queremos entender la cultura como la gran verdad de nuestro tiempo habrá que volver a las definiciones indiscutibles.

"Al pan pan y al vino vino".

A fuerza de jerigonzas ya no sabemos qué de verdad tiene el pan y qué verdad hay en el vino que se nos ofrece. Si queremos acercarnos a esta verdad clásica, tan recubierta por la mentira falaz con que nos abruman los manipuladores de la cultura, bien podemos acudir a Quevedo para que nos ponga las cosas en claro.

"Estaba un poeta en un corrillo leyendo una canción cultísima, tan atestada de latines y tapida de jerigonzas, tan zabucada de cláusulas, tan cortada de paréntesis, que el auditorio pudiera comulgar de puro en ayunas que estaba".

Hoy como ayer nos quedamos en ayunas ante la cantidad de discursos que definen a la cultura entendiendo como tal lo complejo, lo confuso, lo que nos deja sin la certeza de un camino claro y de un horizonte despejado y limpio.

Si queremos, de verdad, volver a la claridad de los argumentos y a la eficacia del verbo tendríamos que rechazar, de plano, a los que están recuperando la jerigonza.

Yo diría que Quevedo sabía muy bien de aquellos poetas de su tiempo que por pan y vino entendían lo mismo que entendieron nuestros abuelos.

Practicante de este lenguaje confuso son, a mi juicio, los políticos de nuestra época, ya que en sus discursos no hay pan que se parezca al pan ni vino que se parezca al vino.

Es, por lo tanto, urgente el retorno a la palabra clara y a las ideas sencillas que nos vuelvan a encaminar hacia las verdades tenidas por absolutas por don Francisco de Quevedo.

Vino el barroco a enriquecer nuestro vocabulario, pero cuando quisimos poner las cosas en su punto, lo falso y lo ambiguo había ocupado un espacio esencial, reemplazando con una jerigonza incomprensible lo que antes nos permitía entendernos los unos a los otros.

Escuchar un discurso de nuestro tiempo obliga a buscar un diccionario que esclarezca las viejas palabras que ahora han perdido el sentido.

La verdad ya no es la verdad, sino lo convincente; y lo convincente ya no es lo que nos convence, sino lo que conviene que creamos.

Alguna vez se me preguntó qué tenían mis escritos de positivo; respondí que el concepto de discurso positivo sigue siendo un valor discutible, pero que si lo que yo escribo es claro, entonces es positivo, ya que positivo es, también, la bicicleta que me permite moverme y es positivo el sol que hace germinar al trigo.

Ni más ni menos "al pan pan y al vino vino".

Si mi bicicleta sufriera un pinchazo dejaría de ser positiva para ser una calamidad.

Si hemos de dejar para los escritores del futuro una recomendación que pudiera servirles para ser entendidos por los hombres de bien, esta recomendación sería la de tomar de la mano a don Francisco de Quevedo y alejarnos, junto con él, de la jerigonza y de todo valor que pudiera ser puesto en entredicho.

Esto, intentando ser aún más claro, se resumiría así...

Cultura es lo que se entiende.

Cultura es lo que algunos pretenden que creamos.

Hoy por hoy los manipuladores de las ideas nos venden la megabiblioteca como si en ella estuviera entrañado el megalector, cuando no es cierto.

Una biblioteca, por grande que sea, si no tiene lectores será solamente un edificio.

Y un niño leyendo un cuento bien puede ser la base de una biblioteca y con el paso del tiempo el niño sabrá que en un lugar de la Mancha existía un señor a quien llamaban el bueno porque leía mucho.

De cuando en cuando la cultura se nutre de tantas palabras que ya nadie entiende a la cultura.

Con esto quiero decir que acaso ha llegado el tiempo en donde los muy cultos al pan vuelven a llamarlo pan y al vino vuelven a llamarlo vino.

Este texto fue leído en el Centro Cultural de España, México, el día 26 de noviembre de 2003.



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