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La Voz Invitada | Poli Délano



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Martes 28 de diciembre de 1999

Poli Délano

Adiós a Mario Carreño

Hace algunos días, a los 84 años y tras una larga enfermedad, falleció en Santiago el gran pintor cubano-chileno Mario Carreño. Cubano porque nació en La Habana y ese fue su primer habitat, el Caribe, factor que imprimió la exuberancia tropical a sus imágenes. Chileno porque en este país vivió los últimos 50 años de su vida, porque aquí se casó en segundas con la pintora Ida González, que lo acompañó hasta el final, y, bueno, también porque en 1969 decidió adoptar esta nacionalidad.

Recuerdo con gran nitidez una noche de verano en Nueva York en que conocí a Carreño. Yo era niño y estaba de vacaciones, por eso mis padres me llevaron a la cena, que fue en un pequeño restorán del West Side y sólo entre los Délano y los Carreño (él con su primera esposa). Mario era moreno de rostro, frente muy amplia y un bigote negro y potente, como el de Pedro Armendáriz, andaba sin saco el calor atacaba demencial y con una playera a rayas. Mi padre, escritor que también quería pintar, se había matriculado como su alumno en una academia, tal vez la New School of Arts. Mi madre, que ahí mismo seguía cursos de fotografía, con el maestro Breitembach, quiso retratar al pintor y esas fotos aún las guardo entre mis tesoros. Muestra también de la amistad que se gestó en esa época es otro de los tesoros que guardo, una juguetona y tropicalizada cabeza de mi padre, pintada al óleo por Carreño aquel año, 1948.

La inquietud por conocerlo todo llevó a Carreño a escudriñar el mundo desde muy joven. Estuvo en España en tiempos de la República y ahí forjó amistades con los poetas y pintores jóvenes de la época, especialmente Rafael Alberti, que también nos acaba de dejar hace unos meses y que alguna vez declaró que los dibujos de Mario poseían el vigor de la juventud que triunfa. Entre sus búsquedas estéticas, México no podía faltar. Llegó en la época del gran muralismo, por 1936, y se relacionó con Orozco, que lo instó a recorrer las realidades mexicanas de la tierra y la gente antes que ocuparse de la técnica del fresco, a subordinar la técnica a las emociones. También conoció a Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros.

En Chile, donde andando el tiempo fue gestándose su plena madurez artística, fundó también la Escuela de Arte en la Universidad Católica, y durante años desempeñó ahí la cátedra de pintura latinoamericana.

Cuando en 1984 regresé a mi país, desde México, me encontré con Mario Carreño en muchas ocasiones. Entre otras aficiones y amistades, compartíamos un desenfrenado amor por los blues de Billy Holiday, y siempre hablábamos de ella, no sólo de su música sino también de su vida y sus desdichas. Una tarde, no recuerdo el año preciso, pero sí bastante antes de que los infartos cerebrales lo llevaran a la soledad, recibí de su parte un regalo precioso: un cassette grabado con la más espléndida selección de Lady Day, como llamaban a la cantante. Otro de mis tesoros, la escucho con desvergonzada frecuencia.

Se ha marchado un gran pintor de nuestro continente y del mundo. extrañamos ya a la persona. Pero su arte queda con nosotros.



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