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Agenda Alternativa | Javier Lozano



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Lunes 18 de noviembre de 2002

La gallina de los huevos de oro

Es increíble que el apetito recaudatorio y la incapacidad por mejorar la administración tributaria pueda más que la necesidad de hacer crecer un sector al que le urgen promoción, decisiones y certidumbre

Hace un año, cuando el fantasma del impuesto telefónico rondaba por los pasillos de las empresas del sector telecomunicaciones, era más la especulación sobre su contenido y alcance, que la realidad de una propuesta objetiva y transparente. De hecho, un ominoso silencio caracterizó la actuación de las distintas áreas de gobierno vinculadas al sector, las cuales no eran capaces de pronunciarse en forma preventiva y firme ante la amenaza latente de crear este absurdo gravamen. Día con día, conforme se acercaba el momento de elaborar un dictamen como respuesta a la terquedad de alcanzar una cifra mágica de ingresos extras para el 2002 y ante la incapacidad de los distintos actores por lograr una auténtica reforma fiscal integral, los temores fueron creciendo en torno a la llegada del mítico impuesto especial a las telecomunicaciones.

De manera coloquial se decía que el nuevo gravamen no tenía padre, que se trataba de un rumor y que los pocos ejercicios que se habían elaborado al respecto no eran conocidos sino meramente de oídas. Hubo cualquier cantidad de señalamientos sobre la posible paternidad del genial impuesto, ubicándolo a veces en algunos destacados diputados priístas como lo son Óscar Levín Coppel y Enrique de la Madrid. Después comenzó a barajarse la posibilidad de que fuese la misma SHCP quien estuviere preparando la propuesta y persuadiendo a los legisladores de la necesidad de considerarla como una alternativa de ingreso ante la falta de acuerdos en otros rubros.

Lo más grotesco de esta historia que difícilmente se podrá olvidar fue que apenas la víspera de la elaboración del dictamen es que se pudo conocer un texto de la iniciativa, mismo que adolecía de cualquier cantidad de fallas, errores y omisiones, tanto de fondo como de forma. Y claro, lo que mal empieza mal termina. En esa vertiginosa sesión, en lugar de tejer fino se cocieron parches a un desgastado y maloliente pantalón fiscal, se dejó al sector en el peor de los mundos: sin reformas a su ley sustantiva, sin autoridades visibles para defender sus intereses y con un impuesto discriminatorio, regresivo, incongruente y mal hecho. Por si fuera poco, ni siquiera fue en la cámara de origen (la de diputados por disposición constitucional) la que hizo las adecuaciones y el dictamen final de la propuesta sino que tuvo que ser la de senadores la que eliminara algunos conceptos gravables para pasarlos a los supuestos de exención, quedando así la minuta final llena de contradicciones, inequidades e ineficiencias.

Recordaran que este episodio estuvo marcado por promesas incumplidas y por ausencias imperdonables. Sí, el propio senador Javier Corral, quien como presidente de la Comisión de Comunicaciones y Transportes y como copresidente también de la Conferencia Parlamentaria en Telecomunicaciones se había comprometido públicamente con la industria a combatir cualquier intento por aprobar este impuesto telefónico, terminó votando a favor del gravamen. Y algunos otros legisladores que habrían tenido, en el senado, el número suficiente de votos para echar atrás todo el impuesto y no sólo una parte de él, brillaron por su ausencia. Esa es la historia reciente, ciertamente resumida, de un impuesto que se creó en la oscuridad de ideas y de propósitos; de un impuesto creado a espaldas de la industria y de los consumidores; de un gravamen que ha demostrado en los hechos lo que ya se temía en cuanto a su ineficiencia recaudatoria y que, en el colmo, terminó por afectar a buena parte de la industria que, al menos en teoría, era una de las prioridades para el desarrollo nacional. En pocas palabras: crearon un impuesto que inhibe el consumo de un grupo de servicios cuyo aprovechamiento es esencial para abatir la brecha digital e incursionar a México en la verdadera sociedad de la información. Se puede hablar de un impuesto que no tuvo paternidad porque su origen fue siniestro y porque el verdadero padre nunca quiso reconocer a la criatura, podemos ahora decir que el impuesto que hoy se propone repetir ante el Congreso para el próximo año sí tiene padre, que es el propio Presidente de la República, pero no tiene madre. Y no la tiene porque increíblemente, después de haber vivido ya la experiencia de un año en donde la recaudación ni siquiera llegó a 35% de lo esperado y en la que industrias como la de radiolocalización móvil de personas (paging) vieron disminuir su base de suscriptores de 425 mil a 305 mil usuarios en los primeros 10 meses del año, se propone mantener este infame gravamen mientras que se conviene en eliminar los impuestos sobre artículos suntuarios.

Es una pena que, ante la incapacidad por lograr abatir la escandalosa evasión fiscal, frente a la ineptitud por lograr acuerdos de largo plazo que amplíen la base gravable en lugar de castigar a los contribuyentes cautivos, y ante la falta de imaginación y decisión por promover industrias que, como las de telecomunicaciones, en el mediano y largo plazo habrían de darle mejores noticias al país, al crear empleos, desarrollar tecnologías, permitir el acceso a más mexicanos a la sociedad de la información y mejorar la calidad, diversidad y tarifas de sus servicios, con el consecuente aumento en los ingresos fiscales del sector, se privilegie el apetito recaudatorio y decidan quitarle hasta la última de las plumas a una gallina que, en lugar de huevos de oro , hoy lo único que da es lástima.

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