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Cinecrítica | Tomás Pérez Turrent



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Viernes 30 de noviembre de 2001


La pianista

El cineasta austriaco Michael Haneke, antiguo estudiante de filosofía, psicología y teatro en Viena, trabajó en televisión en Alemania: Stuttgart, Dusseldorf, Frankfurt, Berlín, Hamburg, Munich y en su país, Viena. Hizo teatro en Viena y Hamburgo y luego se convirtió en realizador y guionista independiente e hizo cine para televisión entre 1974 y 1985 y entre 1991 y 92. Realizó también cortos de ficción y documentales y debutó en el largometraje de ficción en 1988 con Der Siebente Kontinent (El séptimo continente ), a la que siguieron la notable Benny`s Video (92), 71 Fragmets d`une cronologie du hazard (94), Das Schloss (El castillo , 96), Juegos divertidos (Funny Games , 97), su única película exhibida antes en México en un Festival de verano de la UNAM. Code Inconnu (Código desconocido , 2000). La pianista (La Pianiste , 2001) es por lo tanto su película número siete y seguramente la primera que pasará comercialmente.

Cineasta irritante como pocos, ya que parece gustar de agredir al espectador, Haneke es muy importante precisamente porque tiene una visión del mundo sin complacencias ni facilidades, es una especie de antihollywood perfecto, que no hace del cine un divertimento infantiloide ni spielberguiano. Es una pena que ésta vaya a ser (si es que la censura no mete su delicada mano) su primera película de circulación comercial, mientras las pantallas y los espectadores culminan su aprendizaje de idiotez.

Erika Kohut (Isabelle Huppert, espléndida alcanzando uno de los puntos más altos del virtuosismo interpretativo) ya ha alcanzado los 40 años. Prometida a una brillante carrera profesional como pianista es, sin embargo, maestra de piano en el conservatorio de Viena. Eso sí, muy prestigiada como tal. Para escapar a la presencia y el dominio de su madre (Annie Girardot) con la que vive encerrada y con la que duerme en la misma cama, sosteniendo una pesada relación de amorodio, en un mundo en el que no hay lugar para los hombres. Erika frecuenta los sexshops, donde alquila videos que proyecta en las cabinas. Su sexualidad se resume en el voyerismo mórbido y en las mutilaciones sadomasoquistas que se inflinge. Quiere decir que Erika Kohut está fuera de la vida, hasta que Walter Klemmer (Benoit Magimel), uno de sus alumnos, el más maduro, se propone conquistarla.

"Desde hace años ardo en deseos de ser golpeada. He esperado mucho tiempo", es la declaración de amor de Erika Kohut a su joven suspirante Walter Klemmer. Este quería tiernas caricias, besos amorosos, suspiros infinitos. Ella le propone un pacto de sumisión, medias usadas y sucias metidas en su boca, bofetadas con el revés de la mano, uso del cinturón.

Le implora que se siente desnudo sobre su rostro, obligándola a usar su lengua en lo más profundo de su trasero. Violencia y humillación a cualquier precio, sadomasoquismo como aprendizaje de la delicadeza. No es seguro que Haneke suscriba esta idea de Elfriede Jelinek, aun si es questión de delicadeza y de enseñanza. Erika y Walter vuelan en las altas esferas de la gran música, la única y verdadera (especialmente el genio de Schubert), disertan sobre el crepúsculo de la razón teorizada por Adorno.

En el material de prensa proporcionado por la Cineteca Nacional sobre la cinta viene una entrevista con la autora Elfriede Jelinek, nacida en Siria en 1946 y residente en Austria desde hace 35 años, célebre dramaturga y exitosa novelista autora de la novela original que adapta Haneke y de tres novelas más publicadas en Francia.

"Dudé mucho antes de autorizar la adaptación fílmica de mi novela, debido a que se basan en un tratamiento especial del lenguaje: las imágenes se crean y se trasmiten a través de las palabras, y no creí que las imágenes cinematográficas pudiesen añadir nada nuevo. Sin embargo, sabía que el único capaz de conseguir algo era Haneke, quien integró su propio canon de imágenes a las del libro". Es cierto, Haneke era el único capaz de conseguir lo que se logra.

Hay dos escenas muy significativas del proceder del cineasta. Ambiente respetuoso y refinado, sala de teatro del Conservatorio, público selecto, un trío de piano, violín y cello toca ante el público compuesto por alumnos elegidos, maestros, público muy poco y seleccionado toca un trío de Schubert, el célebre andante con moto del Trío Opus 100 en mi bemol, para el cine, no existe otro. Este fue compuesto un año antes de la muerte del autor. Mademoiselle Kohut, peinada hacia atrás con el cabello muy estirado, rostro firme hace una fría y perfecta interpretación de este genial trozo, desprovisto de todo sentimentalismo. Luego dirá: "Shubert era muy feo, ¿saben?".

En otra secuencia que sigue, Erika, como cinchada por un impermeable, entra a un Sex Shop, toma un video, se hace de cambio en la caja, espera un poco (las cabinas están ocupadas), entra al fin a una cabina de la que sale un tipo, introduce una moneda en la ranura, aparece la imagen de una mujer semidesnuda acostada sobre su espalda, chupando un miembro viril. Erika está fascinada. Su mano enguantada, baja al cesto de desperdicios, extrae un Kleenex sucio y arrugado por el cliente anterior. Ella lo lleva a su nariz, aspira el olor como si fuese la Magdalena proustiana. Se unen el guante de la virtud y el pañuelo (de papel) del vicio. Es sin duda una bella y muy significativa imagen.

Foucault decía del sadomoasoquismo que era la escuela de la delicadeza. Haneke lo suscribe al adaptar el sulfuroso texto de Elfride Jelinek, aun si piensa distinto. Erika, en cambio, lo ejerce a fondo en todos los rincones de su vida. Soltera empedernida a los 40 años, vive con su vieja madre, harpía alcohólica, que le rasga sus vestidos cuando no llega a la hora. La relación con Walter se hará salvaje, golpes, nariz rota a patadas.

La pianista es una obra sensacional en el sentido fuerte del término, a la vez porque en la sala de exhibición saltan los prejuicios, las risas son histéricas revelan que el contenido de la obra hace estallar el super yo del espectador como si fuera broma, los sentidos enloquecen y alcanzan cumbres de rara intensidad. Haneke filma seres y cuerpos en estados límites: moco, diarrea, esperma, orina, saliva, lágrimas, sangre. Los personajes no se definen por su psicología sino por las secreciones que los desbordan por todos lados. Los malos humores se mezclan con el elixir del goce y Erika, la perra de su amo, ladra en el piso y implora con los ojos húmedos sus huesos.

Haneke ya había agotado con Code inconnu su sistema formal y pedagógico. Entre la lección de moral y su fascinación por la violencia, que daba entrada a la complacencia más que al verdadero sufrimiento, sus películas se hacían desagradables. Ahora parece liberado y ha podido hacer su primer filme bergmaniano, con la ayuda de la pareja de Huppert (el personaje más fuerte de su excepcional carrera), la demente Girardot y el impecable Benoit Magimel, quien demuestra su perfecta técnica actoral.

Es obvio que Isabelle Huppert se come a todos como la maestra implacable y rabiosa schubertiano-schumanniana, su odio a los alumnos a los que humilla de todas las maneras posibles, hasta llegar al crimen de destruir las manos, es decir, la prometedora carrera, de su mejor alumna, la tímida Anna Shober (estupenda la joven Anna Cigalevich). "Te amo, no seas tan cobarde", le dice Walter en la insostenible secuencia de los baños, como antes le había pedido que se dejara llevar y permitiera surgir los sentimientos. "No tengo sentimientos, Walter, mejor sería que te lo metieras en la cabeza. Y si algún día los tengo, no superarán mi inteligencia", afirma ella.

38 Muestra Internacional de Cine.



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