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México y el mundo | Juan María Alponte



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Miércoles 08 de agosto de 2001


Albert Einstein y la bomba atómica (y II)

La llegada de Hitler al poder (por vía de las urnas, no lo olvidemos, para no convertir la historia en mitología) el 30 de enero de 1933 fue el comienzo de una tragedia universal. En el mes de febrero se quemaba el Parlamento de Berlín, el Reichstag, hoy reconstruido para una nueva edad, y se achacó el atentado a un vagabundo holandés: Marinus van der Lubbe. Había llegado a Berlín el mismo día, 30 de enero de 1933. Había tenido múltiples oficios y había militado en el Partido Comunista, del cual había sido excluido por "desviacionista". Era un lunático.

El 27 de febrero de 1933 se incendió el Reichstag. Para hacerlo, fue indispensable la cooperación de las autoridades nazis, sobre todo de Göring, el futuro mariscal revestido de oro. Van der Lubbe fue utilizado y fusilado para la operación. Hitler pidió al Parlamento "plenos poderes". Usó para ello, todavía, la Constitución de Weimar, que había dado nacimiento a la República en 1918. La mayoría nazi, católica (Partido Zentrum) y nacionalista le dio los plenos poderes. Se prohibió la existencia de los partidos Comunista y Socialista (con 100 diputados y 121 respectivamente, frente a los 196 del nazismo y los 70 del Zentrum) y se abrió, para sus miembros, el primer campo de concentración: el de Dachau, el golpe de Estado desde dentro del sistema. El 10 de mayo de 1933, a la vera de la Universidad de Berlín, el ministro de Propaganda de Hitler, doctor Goebbels reunía a una multitud frente a una hoguera. En ella se quemaron, como en un "auto de fe", los libros de los "enemigos de Alemania". Entre ellos los de Thomas Mann, Sigmund Freud y Musil. Goebbels empleó las viejas palabras de los inquisidores: "Ich übergebe dem Feur" (Yo entrego al fuego) los libros condenables. Thomas Mann era Premio de Literatura de Alemania. Freud, judío-austriaco, Premio Goethe de la lengua alemana. Un joven francés, que sería uno de los grandes filósofos del siglo XX, y que estudiaba en Alemania entonces, asistió con horror, al lado del hijo de Mann Golo a la quema. El filósofo Raymond Aron escribiría: "En un país de cultura y de alta cultura, la vieja clase dirigente ha confiado a unos rufianes la misión de devolver a Alemania su independencia y su potencia. Los libros que se consumen en la avenida Unter den Linden simbolizaban la barbarie al poder", un epitafio.

La barbarie al poder expulsaría, como a Thomas Mann, a otro Premio Nobel de Alemania: al sabio Albert Einstein porque era de origen judío y un judío no podía enseñar en Alemania. Cuando Einstein llegó a Estados Unidos, un periódico tituló su presencia así: "Es más importante su venida a América que la de Cristóbal Colón".

Una serie de sabios y premios Nobel de Alemania y Europa huyeron hacia Estados Unidos. Allí, reunidos, establecieron un consenso: que en el nivel de la ciencia alemana ésta podía construir una bomba atómica. Pidieron a Einstein que los escuchara. Le expusieron sus ideas y Einstein les dijo: "Es muy posible, pero yo no trabajaré, nunca, en un arma de esa naturaleza". Firmó, sin embargo, la carta que los sabios redactaron al presidente Roosevelt. Einstein, con su nombre universal, firmó, él solo, la carta histórica, el 2 de agosto de 1939. El 23 de agosto Hitler y Stalin signaron, ante el pánico del mundo, el Pacto de No Agresión y Cooperación que permitiría a Hitler invadir, sin peligro de contraofensiva soviética, a Polonia. Más aún: los dos se repartieron Polonia y la ex URSS anexó las tres repúblicas bálticas. (Hoy, de nuevo, independientes) La carta de Einstein había permanecido en el despacho de Alexandre Sachs, asesor científico de Roosevelt. Éste asumió esos momentos propicios y el 19 de octubre, Roosevelt contestaba a Einstein. Así nació el Plan Manhattan para la bomba atómica. Un gigantesco sistema se puso en marcha en el mayor de los secretos. El 16 de julio de 1945 (Estados Unidos había entrado en guerra contra Alemania, el 7 de diciembre de 1941, y la ex URSS, el 4 de junio) estallaba en Alamogordo la primera bomba atómica: la prueba fue un éxito. Dos bombas reales seguirían a la prueba: las de Hiroshima y Nagasaki. Einstein cumplió su promesa: no participó nunca, en los planes del Manhattan. Hitler no llegó nunca a la bomba atómica porque, por su odio a los científicos y a todas las cabezas independientes, destruyó, en su raíz, la impresionante comunidad de sabios alemanes y esa comunidad no pudo nunca cumplir lo que los sabios exiliados en Estados Unidos consideraban, como Einstein, pensable. La quema de los libros fue la quema de la ciencia alemana y la destrucción del país. Van der Lubbe sería un patético emisario de la crisis. La bomba atómica y Einstein. alponte@prodigy.net.mx



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