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Secuestro exprés e indiferencia ciudadana

Laura Herrejón*| El Universal
Viernes 19 de enero de 2007
Ayer viví en carne propia la terrible experiencia de ser víctima del delito. Cerca de las 7 de la noche tomé un taxi en Río Guadalquivir, no sin antes checar que tuviera placas legales, tarjetón y taxímetro. A las pocas cuadras, de manera muy violenta, dos tipos armados se metieron al auto

Ayer viví en carne propia la terrible experiencia de ser víctima del delito. Cerca de las 7 de la noche tomé un taxi en Río Guadalquivir, no sin antes checar que tuviera placas legales, tarjetón y taxímetro. A las pocas cuadras, de manera muy violenta, dos tipos armados se metieron al auto.

Por instinto y tontamente traté de impedirlo. Mala idea. No pude con su fuerza física y sólo me gané el primer codazo en plena cara.

Sentados en la parte de atrás, uno de cada lado, me obligaron a cerrar los ojos, amenazándome todo el tiempo con malas palabras, que si los abría me daban un tiro.

Quise dialogar con ellos (tonta de mí). Me trataron de asfixiar poniendo dos dedos muy fuertemente en mi garganta, aún no puedo hablar bien. Créame, pensé que había llegado mi hora. Cuando el aire era escaso me dijeron que si me portaba bien me soltaban.

Entonces vino la negociación:

-Damita, como mujer no nos interesas, eres negocio. De entrada traes varias tarjetas bancarias, dinos por cuál empezamos.

Con voz suplicante les indiqué que no sabía los nips, pero no me creyeron, me gritaron, me insultaron. En todo este tiempo fueron interrogándome, como si ellos fueran la autoridad y yo la delincuente.

Supieron todo de mi vida, mi esposo, mis hijos, a qué me dedicaba.

El segundo golpe moral fue cuando me preguntaron cuánto estaria dispuesto mi esposo a pagar por mí, que cuánto valía mi cabeza.

De sólo pensar en el dolor que le daría a mi familia recibir esa noticia, me arrancó un pedazo de vida.

Supliqué que por favor me dejaran, que era mujer de trabajo. Lloré. Uno de ellos me dijo con toda la maldad del mundo que me iban a hacer algo para que de veras llorara.

Insistían en cuánto valía mi cabeza. Me atreví a decir que lo mismo que cualquier mujer, que la de su madre o su esposa. Me soltaron un puñetazo seco en la cara. Pensé que no saldría con vida.

Sin embargo, uno de ellos reaccionó y dijo que sí, que sí tenía madre, esposa y hermanas. Y que si cooperaba, todo saldría bien.

Me pasearon por no sé dónde (yo tuve todo el tiempo los ojos cerrados), y a cada instante me insistían para que le hablara a mi esposo. Siempre me decían su nombre de pila.

Les comenté que me estaba sientiendo mal y nuevamente la amenaza de que si intentaba algo, sólo sería una muerta más. Que ellos se irían como si nada.

De tanto hablar en algun momento uno de ellos dijo: mira, damita, hablas bien y tienes sentido del humor. Te vamos a soltar pero cuidado porque sabemos todo de ti.

Me fueron a aventar como si fuera basura a una calle de Santa María la Ribera. ¿Pero sabe qué?, además de dolor moral, de los golpes físicos, de la impotencia contra esta gente sin escrúpulos, me enfrenté a algo doblemente doloroso: la indolencia de la gente.

Llorando y apenas pudiendo sostenerme en pie, llegué a la salida de un centro comercial. Pedía "por el amor de Dios, ayúdenme", pero nadie, nadie de los que ahí estaban, hombres, mujeres, nadie me ayudó.

Era no sólo transparente para ellos, sino que se alejaban de mí.

Yo sólo pedía un teléfono para hablar a mi casa, o una moneda y la gente, la que se supone que es gente buena, no hizo nada. Por eso los malos, que son los menos, hacen con nosotros lo que quieren, por eso somos rehenes de la delincuencia.

Si en algo puede servir mi terrible experiencia es pedirle a usted, que lee mi relato, que esté consciente que algun día podría ser usted y que necesitará que alguien le brindara ayuda o le tendiera la mano.

* Fue de las organizadoras de la marcha contra la inseguridad; fundó la organización Pro Vecino.



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