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La fe se siente en las rodillas y... el corazón

Sara Pantoja| El Universal
Jueves 13 de diciembre de 2012
La fe se siente en las rodillas y... el corazn

FERVOR. Marco Alberto vive en la delegación Magdalena Contreras; en su mente lleva a uno de sus hijos, al que a los tres años le diagnosticaron dermatomiosistis, enfermedad del sistema inmunológico, y por quien espera su recuperación. (Foto: YADÍN XOLALPA EL UNIVERSAL )

En el día de la Virgen de Guadalupe, “la patrona de los mexicanos”, los fieles muestran su dolor y lo lloran ante la imagen que, según la iglesia católica, se dibujó en el manto del indio Juan Diego hace 481 años

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Aquí no se sabe si el milagro supera a la realidad. Pero entre los miles de peregrinos, la fe es la única que manda.

En el día de la Virgen de Guadalupe, “la patrona de los mexicanos”, los fieles muestran su dolor y lo lloran ante la imagen que, según la iglesia católica, se dibujó en el manto del indio Juan Diego hace 481 años. Todos van hacia él.

Mirna de la Rosa es de Naucalpan. Al inicio de la calzada Guadalupe su rodillas tocan el piso. Hacia las once del día le faltan unos escalones para entrar a la Basílica. Carga a Michelle, la pequeña que nació hace un año y medio.

“Estoy enferma del corazón y se me subió mucho la presión, me dio un paro cardiaco en el parto y le pedí a la Virgen que me diera vida para mis hijas. Y aquí estoy”, dice.

Metros adelante y con más sudor en la frente, Marco Alberto entra a donde se escucha el “Dios te salve María”. Vive en la delegación Magdalena Contreras. En su mente lleva a uno de sus hijos, al que a los tres años le diagnosticaron dermatomiosistis, enfermedad del sistema inmunológico.

“Dicen que no es curable, pero yo creo que con la fe que se tiene, mañana me va a dar el diagnóstico el doctor de que el niño no tiene nada. Esta caminata es la primera vez como agradecimiento porque este año recayó y se tardó un poquito en recuperarse, pero acaba de cumplir 12 años y va para adelante”.

Las muestras de fe, las verdaderas, caminan de un lado a otro. Alrededor suenan tamboras, cohetes, danzas, rezos y cantos: “la Guadalupana bajó al Tepeyac”.

Isabel Álvarez no suelta a su nieta de la mano. El martes perdieron a su hija y al grupo con el que llegaron desde Tehuacan, Puebla. “Ando juntando aunque sea de a pesito para el camión de vuelta. Ayer nos quedamos entre la gente, pero yo tenía miedo de dormir porque me iban a robar a mi niña. Tengo fe en de que vamos a regresar”, dice.

María Carreño, vecina de la zona, le regala una manzana y le desea buen camino. Ella y sus dos hijos compraron cuatro cajas de fruta para dar a los peregrinos que van por la calzada Guadalupe, esa que a las nueve de la mañana parece más un basurero y dormitorio que el camino a un santuario.

Santiago Huerta, oriundo de Tláhuac, va “a gatas” por el cansancio. “Vengo a dar gracias porque mi hermano tuvo un accidente en su trabajo, un compañero le dio un plomazo y ya era vida perdida, pero venimos a la capilla le pedimos a la Virgen y gracias a ella nos dejó otra vez a mi hermano con vida”.

La voz se le quiebra cuando reconoce: “también hice un juramento de tres meses, pero lo acabo de romper. Por eso le vengo a pedir perdón. Con ella no se juega, es mi madre milagrosa, siempre está con nosotros”. Ya no quiere hablar.



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