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“¡Ayuda por piedad!”

Sara Pantoja| El Universal
Domingo 07 de febrero de 2010

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VALLE DE CHALCO, Méx.— Mientras más pasa el tiempo en la colonia Avándaro, más crece el miedo de sus habitantes a que la anegación en la que viven desde la madrugada del viernes se agrave. La razón es que en vez de bajar, las aguas negras suben de nivel y las casas se hunden.

“De nada sirve que estemos saque y saque el agua en cubetas, porque la echamos a la coladera y se regresa”, cuenta Sandra Sandoval. Sus familiares y vecinos le echan montón a su vivienda donde el agua, como en cientos de casas más, no termina de salir. “Aquí pasan y pasan soldados y policías, pero nomás ven nuestra desgracia y nadie nos ayuda. No nos dan costales, despensas ni agua siquiera para tomar”, dice.

Sólo después de ver las cámaras fotográficas, el jefe de la 23 región de la policía estatal, Leopoldo Quintero, ordena llevar a 15 elementos “para que me dejen bien limpia esta casa”. Otros vecinos comentan que la situación se está poniendo peor. “Ahora se no está metiendo el agua a las casas que nos salvamos cuando la barda se reventó”.

Y mientras el agua sube, las casas que están a la orilla del canal, se hunden.

El cuarto donde vivía con su familia el hijo de Gaudencio López terminó de hundirse hasta que el agua rebasó la mitad de la ventana ya sin vidrio. “Hace unos años este cuarto no estaba así, estaba derechito. Ahora mire”, dice el anciano y se para junto a la barda que le llega a la cintura y que no hace mucho tiempo, era la base del primer piso de su vivienda.

Esperan ayuda desde la azotea

La declaratoria de emergencia emitida por el presidente Felipe Calderón el viernes en esta localidad, poco importa a quienes permanecen en las azoteas y los segundos pisos de sus casas, esperando que algún soldado les arroje una botella de agua o un kilo de arroz.

Desde las alturas de un helicóptero, el desastre en las colonias Avándaro, San Isidro, La Providencia, Unión de Guadalupe y El triunfo genera gran asombro, mayor indignación.

Avenidas rectas, cuatro y cinco cuadras por donde no pasan las lanchas de la Marina Nacional, mucho menos las de los vecinos. Una escuela parece una alberca gigante de aguas negras. Los patios de las casas son como espejos que reflejan el cielo.

Junto a los tendederos, mujeres y niños agitan los brazos pidiendo auxilio, comida, “¡ayuda por piedad!”. Los toldos de tráileres y autobuses de pasajeros varados apenas se ven. Más abajo se imagina que hay autos tapados completamente, tal vez perros ahogados, quizá alguien que no alcanzó a correr durante la inundación.

Colonos evitan saqueos

Quienes pueden salir de sus casas, se van a un comedor que se instaló en la iglesia de la comunidad. Otros duermen y comen con familiares.

Además de la impotencia de haber perdido todo, el sentimiento que priva entre los afectados es el de abandono e incertidumbre. “Dicen que estamos en zona de riesgo y que nos van a mover, pero aquí Salinas nos dio nuestra casa y nuestras escrituras y aquí nos quedamos”, dice Yolanda Garnica.

Como suele ocurrir después de las emergencias, los daminificados se organizan en brigadas de seguridad. De las 21 horas a las nueve de la mañana, células de tres vecinos pernoctan en las casas “para evitar que cuando baje el gua, suban las ratas de dos patas”.

En la calle, las enfermeras casi ruegan a la gente para vacunarlos contra la hepatitis, neumococo e influenza, pero ninguna ofrece antivirus contra el enojo y la impotencia.

“Nos quedamos en la calle. No alcancé a sacar papeles, sólo a mis hijos. Dicen que es culpa de la naturaleza, pero aquí los primeros culpables son los gobiernos, desde el más chico hasta el más grande”, solloza ella a quien le toca pasar la noche en vela con el fétido olor de la inundación y quizá la esperanza de que mañana despierte de la pesadilla.



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