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Riviera Maya sin límites

El lujo de darse el gusto de vivir experiencias sin restricciones: cenas, vida salvaje, sanaciones, romance y una alberca privada

Viceroy fusiona una decoración contemporánea amigable con el entorno tropical, exalta las tradiciones mayas y mantiene la naturaleza casi intacta. (Foto: Cortesía Viceroy Hotels and Resorts )

Domingo 16 de septiembre de 2012 Gretel Zanella | El Universal00:10

La selva es una coqueta de cabellera salvaje. Anoche, en la intimidad, me cantó al oído. Me hundió en un sueño profundo, entre sábanas sedosas de algodón y almohadas mulliditas.
Hoy, me despertó muy de mañana, hablándome bonito al oído, fresquita y perfumadita, ella. Desprendía esencias de hierbas y flores -que Chanel envidiaría- y brisa de mar.

Una lagartija escapó del Parque Jurásico y ahora nada en mi alberca de un extremo al otro. La veo haciendo bucitos, a la muy conchuda.

Está bien, el chapuzón lo dejo para más tarde. Me quedo con la hamaca. Me acomodo en posición de loto y en la respiración número diez me noto espantando un terco mosco rondándome la nariz y el muslo izquierdo. Ahora entiendo por qué colocaron una vela de citronella y un repelente en la terraza.

Cuatro minutos más tarde me doy por vencida. Abandono la meditación. Encima de mi cabeza, los árboles se zangolotean como si fuera una broma: una familia de monos araña salta de rama en rama siguiendo al macho dominante; la madre con su crío montado en la espalda -igual de despeinado que ella- va detrás; y otros cuatro, entre ellos un joven que se acerca para mirarme con curiosidad. Me suelta un chillido y se va volado a alcanzar al grupo. Pobre, creo que está en la edad de la punzada.

La emoción que traigo no me deja recordar en qué momento tomé el iPhone para grabarlo todo.

Dicen que la selva hace estos regalos todos los días a los huéspedes del Viceroy Riviera Maya, un refugio para el romance con la naturaleza a la orilla del mar, en la playa Xcalcoco, a las afueras de Playa del Carmen.

El pequeño hotel fue hecho a mano, para viajeros que huyen de las tropas de turistas, de las familias con niños y de los hoteles de mil cuartos. Buscan que los mimen, que a su llegada un mayordomo les dé a elegir la barra de jabón artesanal de su preferencia (en ese instante la corta para ellos); esperan encontrar más vegetación que cemento y más cultura local que música electrónica en la alberca.

Viceroy mezcla exclusividad, una decoración contemporánea amigable con el entorno tropical, exalta las tradiciones mayas y mantiene la naturaleza casi intacta.

Resguardada entre helechos, palmeras y árboles de guayaba, se vive la intimidad en una de las 41 villas privadas, tan privadas que puedo bañarme -bajo una regadera de lluvia y con un champú que deja el cabello como de comercial- teniendo de techo el cielo mismo y hasta un ave y un mono araña fisgones.

Esta jungla es el hogar de los mayas, es la madre sabia y protectora; la que les da comer; En donde "todo ser viviente, tanto árboles, plantas y animales son sagrados y forman una unidad". Así me habla José Colli, chamán residente del hotel.

 

La buena vibra se baña en miel
Al llegar al spa, chamán José ya tiene en las manos el sahumerio con copal para limpiar mi aura, equilibrar la energía y armonizarla con el entorno cándido. Frente a mí susurra en maya una oración que no entiendo hasta después: "Ayhum Huna ku Eva Maia Ema Ho" (Que la paz y la naturaleza del Cosmos esté con nosotros). En verdad que me lo tomo en serio. Si no, entonces, ¿a qué vine?

El aroma relaja y apapacha. Me transporta a otra dimensión. Los mayas, dice el chamán, creían que las plegarias se iban junto con el humo del copal al cielo. Así los dioses podían escucharlas. Y, ¿saben qué?, también me lo creo.

José Colli aprendió todas estas cosas en X-pichil, su pueblo, que aún conserva la arquitectura de casitas blancas con techo de guano.

Nació en una familia de chamanes que ha transmitido las enseñanzas y tradiciones de la comunidad a sus hijos. Pero no se trata sólo de aprender. Este guía espiritual y ser sabio posee una gran paz interior y está en sintonía con la Madre Tierra. Recorre un proceso de iniciación con ayunos, meditaciones, incluso, experimenta viajes astrales. Para él no existen apegos materiales ni egos. Se considera un canalizador de espíritus y dioses con el mundo físico. De ahí viene su sabiduría y poder de sanación.

Cinthya Alva, directora del spa Wayac, reconoce a chamán José como un gran maestro en el uso de plantas medicinales. Él comparte su conocimiento y cultura para el cuidado del jardín donde se cultivan las hierbas que se utilizan en limpias energéticas, masajes y otros tratamientos.

Spa Wayac, "el soñador", se construyó con forma circular para que la energía fluya bajo una palapa alineada con las estrellas.

Igual que en los pueblos aquí se dan sobadas, se aplican ventosas, se hacen limpias con huevo y se ofrecen, en cortesía, algunos remedios de la abuela: que para las quemaduras de sol, una penca de aloe con hielo que se aplica suavemente en el área afectada; que para los moscos, un repelente de citronella, hoja de tabaco machacada y alcohol.

Se equilibran chacras y se desbloquean emociones mediante las técnicas orientales tradicionales.

También se trata la depresión, el cansancio crónico, la mala digestión y el insomnio. Pero es necesario que el huésped crea y llegue con la mente abierta y dispuesta a recibir.

En los tratamientos sello del Viceroy se utilizan productos suizos de la firma Valmont.

El mío se llama Kuxtal, un baño maya de 80 minutos dentro de un vapor circular, de luz cálida, que me debe remontar al vientre materno.

En un inicio sólo pienso en mi terapeuta que debe estar pasando las de Caín, encerrada aquí conmigo, mientras yo disfruto de lo lindo con sus sobadas dejándome consentir entre fragancias de cítricos y de romero.

Mi baño consiste en una exfoliación con paños de algodón para activar la circulación; en mis piernas y espalda se restriegan hierbas curativas que nutren la piel; después, me bañan en leche y miel de abeja melipona, cuyas propiedades son ocho veces más poderosas, me cuenta Cinthya, que las de la miel de una abeja normal; un masajito en la cara y, por último, cuando creo que no podré estar más tiempo en la panza de mi madre, caen chorros de agua fresca en todo mi cuerpo. El contraste entre el calor y el agua fría vigoriza.

La piel queda tan sedosa que no dejo de sobarme los brazos después, durante la cena. La crema de miel que encontré en mi baño también es milagrosa. El aroma y el efecto hidratante perdura todo el día.

El Viceroy busca rescatar el cultivo de la abeja melipona que se ha perdido entre las comunidades indígenas. Se trata de una abeja maya, especie endémica de la región, que carece de aguijón y es más pequeñita que la normal. El jobón entero, que tiene alrededor de 150 abejas, produce un litro y medio de miel por año.

Los senderos que llevan a las villas esquivan los  árboles para dejarlos en el mismo sitio donde nacieron.

En el trayecto cruzo un puente de madera y me topo con una mujer escondida entre las plantas, pintando un cuadro sobre un caballete. El material está disponible para cualquier  huésped que guste expresarse mediante la pintura.

Por las noches hay que encender una lamparita integrada a la llave de la habitación porque en la oscuridad es muy fácil perder el rumbo. Y a la mañana siguiente, muy discretamente, el personal deja en la mesita de mi terraza, mis chilaquiles y unas conchitas deliciosas recién horneadas, dentro de una bandeja.

Cuando llegue mi último día no querré salir al mundo. Extrañaré el olor  del chocolate de las barras de jabón, el cobijo de los árboles, la hamaca y la cama de día en mi terraza, mi alberca privada, las conchas recién horneadas en el desayuno, el  risotto con queso  de bola de Yucatán, preparado por la chef Jetzabel; el joven mono araña de brazos enclenques.

No sé cuánto me dure la buena vibra ni la crema de miel de abeja melipona  que conseguí en el spa. 

Todavía quiero creer que la paz del Cosmos  estará conmigo.



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