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En tren de vapor, como a la antigua

La montaña, el olor a carbón y el ritmo de los vagones son la imagen antagónica de la Suiza más ostentosa

EN MEDIO DE LOS ALPES. Trayecto entre Gletsch y Oberwald.. (Foto: Archivo El Universal )

Domingo 24 de octubre de 2010 Paloma Almoguera | El Universal
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¡Viajeros al tren! Cientos de personas se agolpan a ver la llegada de la locomotora, una pequeña máquina de seis vagones que anuncia ruidosa su entrada en Gletsch, localidad en pleno corazón de los Alpes suizos.

Han pasado 28 años desde que el trayecto entre Gletsch y Oberwald, de más de cinco kilómetros, dejó de existir. Las continuas avalanchas, los desprendimientos de roca y el costoso mantenimiento lo borraron de su geografía, hasta que un grupo de amantes de viejos ferrocarriles decidió, hace casi una década, volver a ponerlo en marcha.

El renacimiento de las vías no habría sido posible sin el esfuerzo de centenares de voluntarios que, desde 1992, reconstruyen con sus propias manos el trayecto ferroviario inicialmente instalado en 1914 bajo auspicio francés.

En 1990  regresaron a Suiza dos locomotoras de vapor, fabricadas hace más de cien años, que  fueron vendidas a Vietnam a mediados del siglo XX (por cierto, fuero recibidas como  héroes).

Gletsch fue uno de los primeros destinos turísticos de Suiza. En el siglo XIX, la  alta sociedad europea se congregaba en el Grand Hotel Glacier du Rhône,  en el mismo que todavía existe después de 200 años. Entre su elenco de ilustres clientes está la reina Victoria de Inglaterra, que pasó unos tranquilos días en 1868 acompañada de su criado escocés, el popular John Brown –con quien  tuvo un sórdido romance, según las malas lenguas–.

Su estancia  le valió  a la propiedad una mención de honor en una de las paredes de la otrora lujosa posada.

Ahora, la idea es atraer a un turismo que busca  el senderismo, el alpinismo y la vida recia del campo, donde el menú consta de buen queso y agua del glaciar, fresca y traslúcida.

La brisa de alta montaña acompaña a bucólicas melodías de los cincuenta como Edelweiss, canción que toca un grupo de música en trajes de época mientras el tren, a tan sólo unos metros, se prepara para iniciar su viaje.

El pasaje, entre colosos de roca de tres mil metros y un angosto túnel que encierra al pasajero por 10  minutos, se convierte en un viaje en el tiempo.

Este reclamo para nostálgicos –abierto en los meses de verano por el riesgo de avalanchas– no es comprensible sin atender a la especial dedicación de Suiza a su red ferroviaria, una de las más extensas del mundo, con la mayor cantidad de horas en Europa.



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